¿Sirve de mucho preguntar por el gato del coche?

Coche de autoescuela

El pasado lunes explicamos que los alumnos que se presenten al examen práctico de conducir en Barcelona a partir de la semana que viene podrán ser preguntados por una serie de cuestiones relativas al vehículo tales como el mando de apertura del capó, el nivel de aceite o la ubicación del chaleco reflectante, entre otras.

La lista es extensa pero en absoluto constituye una novedad, ya que como vimos el Reglamento General de Conductores, que es el que regula los aspectos que rodean los exámenes teóricos y prácticos para la obtención del permiso de conducir, contempla que se pueda preguntar al aspirante al permiso por cualquiera de estos puntos y, en general, por cualquier tema que esté relacionado con la conducción. Esto no es una novedad, aunque sí que se diga por escrito que se va a poner en práctica lo que dicta la Ley; algo que no deja de ser curioso, por otra parte.

¿Qué se persigue y qué se consigue realmente con esta medida?

Ya hace tiempo que se están incorporando cambios en la evaluación de los aspirantes a la obtención del permiso de conducir, lo que por el principio que reza “dime cómo evalúas y te diré cómo enseñas” redunda en una formación de conductores diferente a la que existía años atrás. ¿“Diferente” es sinónimo de “mejor”? No, pero tampoco es sinónimo de “peor”. Digamos que hay un problema manifiesto y hay que atajarlo como sea.

En el caso que nos ocupa, parece que se desea que el aspirante conozca un poco el vehículo que maneja mientras está de prácticas y, por extensión, el suyo propio. Aquí podemos interpretar que esta actuación servirá de algo por cuanto se exige que el alumno se implique un poco más en su formación. Que no se quede con la idea de que está ahí para pasar el rato, sino que tiene que conocer el estado de lo que lleva entre manos, algo que en un futuro deberá hacer de forma periódica si no quiere acabar engrosando las estadísticas de las faltas de mantenimiento en ruedas y frenos, un clásico de las inspecciones desfavorables de nuestro país.

Digo que servirá de algo… ma non troppo tampoco, no nos engañemos.

Si lo que se desea para el alumno es una formación completa, y entiendo que así es, deberíamos bajar un poquitín hasta la calle y preguntarnos qué idea preconcebida trae de su casa el alumno por lo general, porque de acuerdo a esa idea se va a intentar comportar. Y esa idea preconcebida no es otra que el aprendizaje y el examen, como meros trámites que deben cumplirse obligatoriamente antes de obtener el certificado de libertad en forma de carné rosa. Y luego, a vivir, cheque en blanco mientras no te pillen y te quiten puntos.

Retrovisor

Mientras creamos que la formación vial es un mero trámite… seguirá siendo un mero trámite

Dejo de lado discursos sobre la conveniencia o no de participar en el cambio de actitudes del alumno. Para llevar a cabo ese proceso hace falta tiempo y dinero, y si hay algo que un alumno que viene por trámite no está dispuesto a dar de sí es tiempo y dinero, ya que eso choca de lleno con su planteamiento de base.

Mientras la Ley permita que existan (vamos a llamarles) procesos formativos que abunden en esta tesis, mientras la Ley apoye que la formación vial sea poco más que un trámite, poco mejorará el nivel de los conocimientos, destrezas y actitudes adquiridos por el alumno durante el proceso de enseñanza-aprendizaje. Desde luego, las ofertas que prometen el aprobado sin una formación adecuada no hacen otra cosa que perpetuar este esquema, pero aquí también cuenta el papel de la Administración, que puede (y debe) establecer un marco adecuado que garantice la formación vial de los futuros conductores.

Vamos, que con medidas como esta de ir añadiendo detalles al examen estamos atacando a la puntita del iceberg que amenaza a este Titanic que es la formación de conductores, un Titanic que muchos tenían por insumergible y que pese a estar repleto de tripulación muy bien formada e intencionada hace aguas por todas partes porque le falla algún que otro concepto básico.

Mientras no haya un programa de formación obligatoria, mientras se deje al albedrío del alumno el compromiso con su formación, mientras no se le dé a la formación vial la categoría de formación real, ya podemos preguntarle al aspirante dónde tiene el mechero el coche, que su formación será la que uno recibe como mero trámite: la justa para permitir pasar un examen y luego caer en el olvido. Falla por la base, no por el detalle.

En otras palabras, establecer un ciclo formativo es la base para que el alumno se forme de forma adecuada, y el resto son… parches de dudosa efectividad global.

Dice mi amigo Mikel Bort, cabo de los Mossos de Esquadra y experimentado conferenciante sobre todo lo relacionado con la seguridad vial, que conducir es un trabajo en sí mismo. Estoy de acuerdo con él y entiendo que somos muchos quienes lo consideramos así. Entonces, ¿por qué la formación del conductor no sigue los mismos patrones que cualquier otro programa de formación?

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