Rosa y Boby

Boby

Rosa y Boby eran una extraña pareja. Ella, una cuarentona madre de dos hijos. Él, un cocker negro mascota de unos vecinos, con un pelo largo y rizado precioso. Hasta aquella semana, apenas habían compartido unos cuantos arrumacos y movimientos de cola en el rellano del edificio. Pero ahora, durante unos días, se habían convertido en compañeros de piso forzosos a causa de un viaje imprevisto de los dueños de Boby, a quien Rosa les debía un antiguo favor.

La convivencia duraba ya unos cuantos días, y se hacía mucho más agradable de lo que Rosa pensaba. El único momento realmente malo era el paseo vespertino. “Llévalo a dar vueltas por el polígono a las afueras del pueblo, nosotros solemos dejarlo suelto para que corra un poco“. Durante los primeros días, no se atrevió a liberarlo de la cadena. Pero ese día, armada de confianza, decidió dar un paso adelante y permitir que su amigo circunstancial de cuatro patas pudiera campar a sus anchas.

Boby corrió arriba y abajo durante un buen rato, feliz. Pese a ciertos nervios iniciales, Rosa empezaba a disfrutar al ver como volaban al viento los rizos de color azabache. Tampoco había otros perros al rededor que le molestaran. Todo iba bien.

Empezaba a oscurecer, por lo que nuestra protagonista decidió que era hora de volver. “Boby, ¡ven! ¡Vamos!… ¡Qué vengas te digo!“. El can, que aún tenía unas cuantas energías que quemar, no acababa de reconocer la autoridad de su supuesta dueña temporal. Aunque estuvo tentado de volver, decidió que aun quedaban esquinas por olisquear.

Rosa, como no podía ser de otra forma, se puso algo nerviosa. Ante su inexperiencia en estas lides, aprovechó un momento que Boby se detuvo a olisquear un árbol al lado de una enorme fábrica textil para intentar atraparlo con una vigorosa carrera.

Craso error. Boby reacción justo a tiempo, y se lanzó a la fuga. “Oh no… Boby, ¡la carretera!“. La carrera desesperada del can le dirigía derecho a la calzada de una transitada nacional, precisamente un tramo al final del descenso de un puerto, donde los vehículos circulan cercanos a los 100km/h.

Boby

Aquél día yo volvía del trabajo, cansado como siempre. Iba bajando el puerto de forma tranquila, haciendo uso del freno motor. De repente, a lo lejos, vi como una mancha negra cruzaba la carretera, de izquierda a derecha según mi punto de vista.

El coche que iba delante de mi frenó ligeramente para dejar pasar el perrito. Extrañado, vi a una mujer joven, de unos cuarenta años, cruzando corriendo detrás del animal. Frené y puse las luces de emergencia para avisar a los que venían por detrás. “Vaya forma de cruzar la carretera“, pensé.

Una vez en el otro lado de la carretera, la fuga de Boby quedó cortada por la verja de una plantación. Rosa lo alcanzó, e intentó atraparlo con la mano derecha. El ágil bicho se zafó, y se lanzó a cruzar la carretera de nuevo.

Yo ya había rebasado a ambos. Aún más atónito, vi por el retrovisor que el chucho hacía un quiebro y se lanzaba al asfalto de nuevo. Iba a cruzar justo por delante del coche que me seguía a mi. Mal momento…

Por suerte, Boby reaccionó y viró justo a tiempo. A través del retrovisor, me dio la impresión que rebotó en el lateral de la rueda delantera del coche. Pero seguía corriendo… Segundos más tarde cruzó la carretera por detrás del coche que casi le arrolla, sin más problemas por su parte.

Rosa debía estar fuera de si. “¡Lo van a matar!“. Cegada, corrió detrás del cachorro a través de la carretera. No llegó al otro lado.

Un coche del sentido, que probablemente no había podido ver toda la escena por una curva, no atisbó a la señora que corría detrás del can que acababa de pasar.

Ella, una cuarentona madre de dos hijos quedó inconsciente, tirada en el arcén. Él, un cocker negro mascota de unos vecinos, con un pelo largo y rizado precioso, siguió corriendo por el polígono durante un rato, hasta que tuvo la sensación de que nadie le perseguía.

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La historia que acabo de compartir con vosotros es de ficción, basada en hechos reales de los cuales un servidor fue testigo. De hecho, transcurrió prácticamente como la he contado; con la excepción que tanto la mujer como el perro consiguieron cruzar sanos y salvos la carretera por segunda vez. Casi un milagro, seguramente era más probable el desgraciado final ficticio.

No sé si realmente se llamaban Rosa y Boby, o si era la mascota de unos vecinos que estaba exiliada por un viaje. Ni si estaban paseando por aquél polígono, o bien el perro se había escapado.

En cualquier caso, lo que si sé seguro es que la situación fue de lo más peligroso. De lo más inquietante. Unos metros más adelante tuve que pararme en una vía de servicio para recobrar el aliento y coger energías para recorrer los 20km que me quedaban hasta casa.

No pasó nada, pero no me costó absolutamente nada imaginar un final más cruel para la amistad entre una cuarentona y un cocker negro.

Fotos | Oliver Pechenet, Shamaasa, Jake Guild

  • Escargot

    A mí se me hiela la sangre cada vez que veo un animal cerca de una carretera.

    Por desgracia conozco una historia parecida aunque no sé muy bien cómo pasó todo, pero el tren golpeó al dueño y al perro y los mató a los dos. Creo que el perro, pasando por cerca de las vías, se quedó enganchado y el dueño intentó soltarlo. Era el hermano de una amiga de mi hermana.