‘Road rage’, o la importancia de controlar nuestras emociones en el coche

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Se conoce como road rage el fenómeno por el cual cuando dejamos de caminar por la calle y nos sentamos a los mandos de un vehículo cambiamos nuestros comportamientos, de manera que nos dejamos llevar por la ansiedad y el enfado hasta el punto de que como conductores tomamos decisiones erróneas, debido a que nos dejamos dominar por la ira de la carretera, que es lo que significa textualmente road rage.

Esta agresividad no es más que una prueba de la necesidad de controlar nuestras emociones en el coche. La conducción, pese a que se trata de una actividad compleja y sofisticada, en la que entran en juego nuestras aptitudes psicofísicas y nuestras habilidades más racionales, relacionadas con la toma de decisiones, al final se convierte en una actividad emocional que conviene tener bajo control.

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¿Por qué la conducción deriva muchas veces en agresividad? Cuando caminamos por un lugar tranquilo, las cosas que nos rodean se nos acercan a una velocidad de aproximadamente 1,39 m/s (unos 5 km/h). Tenemos la percepción de que dominamos los riesgos que nos acechan (un agujero en el suelo, un árbol en mitad del camino, una persona que se cruza en sentido contrario) porque viajamos a una velocidad natural para nosotros.

Si cambiamos el escenario y pensamos, por ejemplo, en caminar por una calle comercial abarrotada de gente una tarde de sábado, quizá nuestra sensación ya no sea la misma. Gente que se cruza aquí y allá, personas que caminan y de repente interrumpen su paso, alguien que se acerca corriendo y con el que quizá es mejor no tropezar por si se trata de un carterista… La percepción del riesgo es diferente porque el escenario es más agresivo, y nuestra reacción acusa esa diferencia: nos ponemos nerviosos.

El ‘road rage’ y la violencia vial: estresando a los demás para sentirnos más tranquilos

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Si a un escenario agresivo le añadimos una mayor velocidad, el problema se agudiza. En vez de movernos a 5 km/h, ahora lo hacemos a 80 km/h, conduciendo un lunes a primera hora por una circunvalación en la que el resto de conductores se mueven de forma inesperada, con repentinos cambios de carril, frenazos y maniobras extrañas que utilizando la lógica no comprendemos. A 22,22 m/s (unos 80 km/h), la percepción del riesgo es mayor, y de forma instintiva reaccionamos como reacciona cualquier animal que se siente agredido: con estrés para dar una respuesta más exigente de lo normal, y con agresividad para defender nuestra integridad y así sentirnos más seguros, más tranquilos.

La paradoja está en que esa defensa de nuestra integridad, si se da por la vía del road rage, va a motivar que otros conductores se sientan agredidos y que a su vez puedan reaccionar de forma agresiva también, incrementando nuestra agresividad con más reacciones incomprensibles y temibles. Al final tenemos la espiral de la violencia vial, contenida en un estrés colectivo que no se canaliza más que en reacciones violentas y decisiones extrañas que, vistas desde fuera, son difíciles de comprender.

Road Rage

Como ocurre con cualquier espiral negativa, es necesaria una ruptura para que exista un punto de inflexión y una mejora de la situación. En el caso de la agresividad al volante, es necesario tomar conciencia de la importancia de controlar nuestras emociones en el coche. Sólo comprendiendo que lo que sucede fuera del habitáculo es una consecuencia del estrés, que ese estrés se acentúa con la velocidad porque una mayor velocidad conlleva menos tiempo para gestionar las situaciones complejas, que la complejidad de esas situaciones se agudiza cuando nosotros nos dejamos llevar por las emociones, podemos avanzar en la senda de disminuir el road rage y aumentar la seguridad.

En el fondo, es cuestión de mirar las cosas con cierta perspectiva. Comprender que quienes actúan llevados por la ira de la carretera en realidad lo hacen muchas veces por no saber gestionar sus emociones, por lo que si respondemos de forma airada únicamente contribuiremos a agravar el problema. Poner las cosas en su sitio, valorando los riesgos de un comportamiento irracional y ponderando la agilidad que deseamos para nuestro trayecto, con la seguridad de hacerlo de forma reflexiva. Gestionando nuestras emociones de manera que no interfieran negativamente en nuestra seguridad ni en la de los demás. Que al final es de lo que se trata.