Recordando los Alfaques 33 años después

Camping los Alfaques, 1978

El 11 de julio de 1978, hace hoy 33 años, un gravísimo siniestro vial azotó la zona costera que queda entre Sant Carles de la Ràpita y Alcanar, al sur de Tarragona. Un camión cisterna cargado en una refinería de Tarragona con propileno licuado explotó mientras pasaba por delante del Camping los Alfaques e incendió la zona de manera instantánea. 215 personas fallecieron.

Fue el siniestro más grave de la historia de España relacionado con el transporte de mercancías peligrosas, y sucedió en un país y en una época en que las siglas ADR, que corresponden al acuerdo europeo que regula el transporte de mercancías peligrosas por carretera, decían más bien poco. A partir del suceso de los Alfaques, las cosas comenzaron a cambiar.

30 de septiembre de 1957. Europa adquiere en Ginebra un compromiso de seguridad en el transporte rodado de mercancías peligrosas que se expresa por medio de las siglas ADR (del francés Accord Relatif au Transport des Marchandises Dangereux par Route y del inglés Agreement concerning the International Carriage of Dangerous Goods by Road). El ADR surge de las recomendaciones de la ONU en este terreno y abarca cuestiones relativas a la documentación de las mercancías, su embalaje, su carga, descarga y almacenaje. Con el ADR, se establecen protocolos de actuación que permiten almacenar y transportar por carretera mercancías peligrosas minimizando los riesgos.

España se suma al ADR el 19 de octubre de 1972. Sin embargo, tarda cuatro años más en tener a punto un primer reglamento sobre las actuaciones y procedimientos relativo al transporte de mercancías por carretera. De todas formas, con sólo aquel reglamento en marcha era difícil evitar un desastre como el de los Alfaques. En los días posteriores al siniestro, un editorial del periódico ABC apuntaba hacia las carencias del texto aprobado un año y medio antes:

A la vista de las circunstancias que han rodeado el luctuoso accidente de San Carlos de la Rápita, cabe preguntarse si los camiones cisterna que circulan por nuestras carreteras portando gases y líquidos inflamables cumplen estrictamente las disposiciones que contemplan el reglamento de 1976 o, si por el contrario, el propio reglamento legal es insuficiente en sus prescripciones en orden a la total seguridad del transporte. Abona esta ulterior duda la declaración que ayer hizo a la prensa el decano del Colegio de Químicos de Madrid: “Según la ley -—dijo—, el camión cisterna debe pasar una revisión cada diez años, tiempo demasiado largo.” Ningún procedimiento tecnológico admite, evidentemente, tan dilatado espacio de tiempo entre una y otra revisión rutinaria.


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Sin embargo, no era tan sólo una cuestión de suficiencia o insuficiencia del texto legal. La sentencia dictada en el caso del Cámping los Alfaques apunta al “sobrellenado de la cisterna, lo que impidió la expansión del líquido contenido en su interior a causa del calor, que en la época del año en que ocurrió el accidente era elevada”. Las altas temperaturas hicieron explotar el propileno y el vehículo se partió en varios fragmentos que quedaron esparcidos en un radio de 300 metros. En el lugar quedó un socavón de unos veinte metros de diámetro y dos de profundidad, las ruedas del vehículo quedaron pendiendo de la tapia del cámping y gran parte de la cisterna salió volando hasta caer en el interior del recinto turístico.

A partir de ahí, el propileno ardió, elevando la temperatura del aire a unos 2.000 grados centígrados y haciendo explotar tanto las bombonas de butano que había en el camping como los coches de los veraneantes. Hasta el agua de la orilla del mar, donde intentaron refugiarse las víctimas, hirvió en un intante. “Infierno” fue la palabra más empleada por los medios de toda Europa para retratar un horror que marcó profundamente a la sociedad de la época e incluso a los profesionales que se desplazaron al lugar de los hechos para socorrer y para investigar lo sucedido.

“Con mil pesetas esto no hubiera ocurrido”, resaltaba La Vanguardia las palabras de los propietarios del cámping, y es que esos seis euros de la época eran más o menos era el precio que costaba el peaje de la autopista para un camión como el siniestrado. Si el conductor hubiera tomado la ruta por autopista y no por la antigua carretera, que une Barcelona y Cádiz pasando por cada pueblo y ciudad del litoral mediterráneo, las consecuencias de la explosión seguramente no habrían resultado tan duras.

Al día siguiente de lo sucedido, el Gobierno Civil de Tarragona resolvió la obligación para los camiones que transportaran mercancías peligrosas de circular por la autopista y no por los centros urbanos. El siniestro de los Alfaques sucedió cuando el camión explotó a las 14:36 ante el cámping, pero sólo unos minutos antes había atravesado por su avenida principal el centro urbano de Sant Carles de la Ràpita, que a estas alturas del año suele estar repleto de personas, entre residentes y veraneantes.

Hoy se conmemoran 33 años desde aquel episodio de nuestra historia. ¿Se aprendió algo de aquello? Seguramente. Ha habido todo tipo de avances en materia de seguridad del transporte, el ADR funciona a pleno rendimiento y ahora la formación es continuada con cursos como el del CAP, pero también es cierto que hoy, 11 de julio de 2011, todavía resulta más frecuente encontrar transporte de mercancías peligrosas por carretera que por vía férrea. Queda mucho por hacer.