¿Qué te lleva a hacer eso?

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Hoy es domingo y es día de pocas obligaciones, así que podemos relajarnos un poquito desde nuestros asientos en primera fila de playa o desde nuestro retiro de verano (el que sea). Yo me voy a permitir hablar más o menos largo de situaciones en las que uno piensa de quién las realiza: ¿qué te lleva a hacer eso? ¿Cómo puedes pensar así? Antes tenía la idea de que cierto tipo de gente disfrutaba fastidiando a los demás, de que con pequeñas acciones aparentemente inocentes te ponían una zancadilla virtual o real. Con el tiempo quise pensar que no, que es cuestión del punto de vista y seguramente de muchos prejuicios que no sabemos que tenemos, el pensar así.

Hasta que llega alguien y te demuestra lo contrario, con pruebas evidentes, además. La cosa hay que ponerla en situación, pero sin pasarse. Me encontraba yo volviendo de la compra, en coche, por una avenida poco concurrida (en mi ciudad pocas lo son, y menos a determinadas horas). La velocidad, cómoda, unos 30-35 km/h gracias a los resaltos estratégicos y a que, encontrándome literalmente solo, iba muy tranquilito. Me aproximo a una rotonda que es un poco especial, así que para ilustrarla le he pedido a un especialista en dibujo imaginativo que me hiciese la “foto” del lugar.

rotonda.jpgEsbozo de plano de la situación

Esa es más o menos la escena. Yo mismo hacia el ceda el paso que me dirigiría a la derecha de la “foto”, y la mujer en la rotonda con la trayectoria esbozada. He de decir que yo había visto con tiempo de sobra a la mujer que conducía esa especia de compacto por dos razones: primera, iba lo suficientemente suave como para poder apreciar todo lo que pasaba a mi alrededor; y segundo, porque justo el ceda el paso hacia el que iba tiene poca visibilidad hacia la izquierda, y la gente afronta las glorietas como una etapa decisiva de un rally.

Por eso, al verla y comprobar que su trayectoria y la mía se cortarían, levanté el pie tras pasar el paso de cebra, lo que me daba unos 40 o 50 metros de margen para que la señora pasase y yo no tuviese que detener el coche (porque no había nadie, repito, circulando, y detener el coche pudiendo no hacerlo es algo que no me gusta). Qué contento estaba yo, pensaba que iba a contribuir a una maniobra de una fluidez total, algo que debería ser habitual en la circulación, y todo eso que hablamos habitualmente. ¡Qué equivocado estaba!

Mientras pensaba esas cosas bonitas, me fijé en que el coche de la señora esta reducía la marcha mientras estaba en la rotonda, es más, a medida que se acercaba al final de la ‘V’ (donde estaba mi ceda el paso, exactamente) reducía la marcha sin quitarme los ojos de encima. Cambio de planes, por muy lento que yo fuese, lo primero es que íbamos a coincidir en ese punto, y lo segundo que no me gusta jugar a nada mientras conduzco. Así que me detuve, y cuál fue mi sorpresa al ver cómo esa señora me miraba fijamente y, lentamente, se carcajeaba durante unos segundos antes de acelerar y marcharse rápidamente. ¡Lo había hecho a propósito! ¡Me había forzado a detenerme! Pero, ¿por qué?

No se cuántas posibles razones se me pasaron por la mente: desde la triste razón de que yo llevo una ‘L’ bien visible detrás (descartada porque no creo que desde su ángulo se viese), pasando por una bienintencionada razón que me decía “no la has visto reír ni carcajearse, simplemente era prudente”, razón que no me creo, sinceramente, hasta llegar a pensar que la gente a veces actúa de mala fe solo por sentirse mejor consigo misma. Una especie de autoafirmación de algo, una especie de liberación o un sentimiento de poder que es ilusorio, que no es tal, pero en ese momento “fastidiarte porque me apetece” puede que sientan algo que les reconforta.

No se trató de una maniobra peligrosa. No hubo en ningún momento peligro de colisión. No venía nadie más, no hubo peatones en peligro. Simplemente fue algo sin razón aparente, sin sentido aparente y que me tocó a mí, que estuve un buen rato refunfuñando lindezas (si, lo reconozco y me pudo el cabreo). Objetivamente, lo peor que pasó es que se me quedó una cara de tonto de libro Guinness, y lo mejor que pasó es que pude pensar un poco en por qué la gente hace cosas para fastidiar, y además siente placer. Solo se me ocurre la frustración personal o un complejo de inferioridad bastante intenso. O una personalidad infantil que no me gusta encontrar cuando voy por ahí con mi coche.

Foto | xornalcerto