Prohibir, obligar… formar

Gracias por cumplir las normas

A raíz del artículo de Morrillu sobre lo de hacer obligatorio el uso de protecciones en moto surgió uno de esos comentarios que es bastante recurrente cuando hablamos de seguridad vial. Lo firmaba Juan Quijano, y hacía referencia a la “manía de prohibir y obligar”:

¿Y si nos enteramos de una vez por todas que somos mayorcitos y que la gente sea responsable de sus decisiones? ¿Y si se deja de igualar la seguridad vial con prohibir y obligar?

A lo que otro comentarista, Marcos P Carmona, apostillaba:

Tiene que haber siempre margen para la libertad y la responsabilidad personal. El caso es prohibir, pero de formar a la gente, nadie habla nunca…

Prohibir, obligar, formar. Tres palabras que me dan que pensar. Pareado.

Como soy un entusiasta de mirar las cosas de lejos, alejo la lupa y me pregunto: ¿Por qué tenemos obligaciones y prohibiciones en nuestros reglamentos? Es más, ¿qué significa la existencia de un Reglamento General de la Circulación? ¿Qué es el Reglamento General de Conductores? ¿Qué papel desempeña el Reglamento General de Vehículos?

Alguno de vosotros me dirá que son textos que despliegan y articulan la Ley de Seguridad Vial en algo tangible y concreto para poder llevarla a la práctica. Y sí, no diré que no, pero no me refiero a eso. Aparto la lupa un poco más y me elevo ya por encima de la troposfera.

Prohibido el paso de carros

¿Por qué necesitamos unos reglamentos que articulen una ley? ¿Por qué necesitamos esa ley? Básicamente, porque conducir vehículos por una vía pública o privada, abierta al uso público o empleada por una colectividad indeterminada de usuarios, es una actividad que no se queda en llevar un coche o una moto por un huerto, sino que implica una convivencia con el resto de usuarios de la vía.

Y para la convivencia son necesarias las normas. Algún anarquista me dirá que no es así, pero hay muchas experiencias que nos dicen que un grupo de humanos metidos en una comunidad, una de dos: o se normativizan o se tiran de los pelos a la primera de cambio, así que para ir por la calle con un vehículo se emplean una serie de normas, que gustarán más o menos, se entenderán o no (y de eso hablaré a continuación), pero están para cumplirlas en el nombre de la convivencia.

A partir de ahí, quien no cumpla esas normas tendrá que hacer frente al cuarto jinete de los reglamentos: el del Procedimiento Sancionador, pero eso es lo de menos en el caso que nos ocupa. Allá cada uno con su bolsillo. Lo interesante está en cómo pasamos del fastidio de la prohibición y la obligación a la reclamación de más formación (ahora me ha quedado algo cacofónico, lo sé).

¿De verdad queremos formación?

Señalización confusa

Decía que en ocasiones la norma no se entiende, y con esto aludo directamente a la formación de conductores, una formación que, como hemos ido aprendiendo de estados como Suecia, Reino Unido y Países Bajos, puede (¿debe?) ser más participativa e involucrar a toda la población, sin perpetuar más la imagen de que con pasar por la escuela una vez en la vida ya basta y que lo que se aprende en la autoescuela no sirve de nada.

Se suele criticar, y mucho, el papel de las escuelas de conductores y el papel de los funcionarios examinadores en todo este asunto. No me parece mal, ya que hay bastante cosa que criticar y mejorar. Sin embargo, quizá porque durante unos años me ha tocado conocer la parte del profesor, yo pienso también en el papel que tiene el alumnado en su formación. ¿Realmente el alumno está dispuesto a aprender algo de lo que le enseñan?

Lo que he visto personalmente me dice que hay de todo, como en botica. Y que un alumno que accede al coche por primera vez, incluso con un poco de temor a sentarse al volante porque nunca antes lo ha hecho, a la larga aprende mejor que un alumno que viene medio enseñado de cualquier manera por sus seres queridos y no acepta lecciones de nadie, ni siquiera (¿o debería decir “ni mucho menos”?) de un profesor.

Coche de autoescuela

Curiosamente, y sigo hablando por lo que he visto y conocido, los alumnos de este segundo tipo son por lo general quienes luego van criticando que en la autoescuela no les enseñaron lo suficiente, realizando un fino ejercicio que no sé si calificar de hipocresía, de cinismo o de simple estulticia amparada en el socorrido principio de la memoria selectiva.

Pero para que esto no acabe de derivar en una pataleta, me refiero ahora a los otros conductores, los ya sénior, los que llevan años conduciendo™. Ya lo dije en su momento, y lo repito ahora: la experiencia no es más que un factor multiplicador, mientras que la excelencia en la conducción no es cuantitativa, sino cualitativa. Uno puede llevar muchos años haciendo una cosa. Si la hace bien, perfecto, pero como la esté haciendo mal todas esas veces…

En el fondo, hablamos de resistencia al cambio, la misma que hace que un conductor sénior al que proponemos pasar por la escuela de conductores exhiba un comportamiento a medio camino entre la desconfianza y el desdén. ¿Exceso de autocomplacencia, quizá? ¿Orgullo que esconde inseguridades, a lo mejor? Tanto da. Si a un conductor de la calle (no a un friki de la seguridad vial, no, a uno pillado al azar en el polígono del pueblo) se le propone acudir a una autoescuela, su prejuicio sobre la formación vial se pondrá en marcha con un porcentaje de probabilidad nada desdeñable.

Si somos resistentes al cambio, tanto va a dar que la palabra escogida sea “prohibición”, “obligación” o “formación”. Para empezar, o para volver al lugar de partida, resulta que un conductor bien formado comprende sin demasiada dificultad cuál es el valor de la norma, cuál el de la obligación y cuál, el de la prohibición, y eso sí que pone a prueba su sentido de la responsabilidad.

En Circula Seguro | Pues yo llevo 20 años conduciendo y…