Presión de grupo y seguridad vial: un particular caso (y 2)

Un grupo de amigos bien avenidos, presionándose mutuamente las espaldas

Hace unos días empezamos a ver la apasionante historia de Escargot, una de nuestras lectoras más activas. Conductora con más de una década de experiencia, siempre se había caracterizado por respetar de forma escrupulosa los límites de velocidad. Hasta que un encontronazo con un agente de la ley y los comentarios impertinentes de un grupo de compañeros con quien suele compartir coche le hicieron dudar de sus principios.

Habíamos dejado la historia poco después de que nuestra protagonista tuviera una conversación cara a cara con un experimentado superador de límites. La conversación, junto con algunas experiencias anteriores, hicieron mella en el credo vial de nuestra heroína (sin segundas…). Pero la cosa no acaba aquí, en el sistema rotatorio, no pasó mucho tiempo hasta que tuviera que volver a tomar el volante.

[Pocos días después] me toca conducir y voy con otros compañeros. Ya de normal vamos justo de tiempo y ese jueves encuentro tractores pero no puedo adelantarlo. El resultado es que llegamos tarde y los dos que han venido conmigo hablan entre ellos y me dicen que para la semana siguiente mejor salimos cinco minutos antes. Yo quería proponerlo pero no me atrevía porque creía que a los demás les parecería mal.

Total, que el jueves siguiente me toca otra vez y además con uno de ellos. Y con otro más. Y están de acuerdo en quedar a las 7:25. Pero el otro que va a viajar conmigo es el de los 140 y me dice que ni hablar, que a las 7:30 como siempre. (…) Cuando llegan los otros y salimos, él y yo tenemos esta conversación:

– Hoy vamos a enseñar a conducir a esta mujer.

– Oye, que ya llevo diez años conduciendo y no he estado sin conducir ni dos semanas.

– Pues hoy te vas a quitar el miedo.

– De miedo nada, que no me da miedo la carretera. Lo único que me da miedo es la multa.

Y los otros dos, que creía que se iban a poner de mi parte, se ponen de parte de él.

Lo que vemos son características típicas de un grupo de personas. En primer lugar, existe una tolerancia mínima a la diferencia de opinión. De esta forma, cualquier desviación sobre la norma del grupo rápidamente es acogida con comentarios de corte negativa, como tener miedo. Y, lo que es peor, comentarios con cierto tono repulsivamente machista.

En segundo lugar, tenemos tendencia a formar bandos imaginarios. Normalmente son temporales, pero si en alguna ocasión nos sentimos en minoría, ante la perspectiva de de quedar aislado de la sociedad, tendemos a acusar el efecto rebote. Es decir, no sólo renunciamos a nuestra conducta habitual, sino que la llevamos al extremo opuesto.

Presión grupal en el interior de un vehículo

Por supuesto, la presión continuó ya dentro del vehículo, esta vez recorriendo a una serie de topicazos que, pese a exagerados (y algunos directamente falsos), a fuerza de repetirse calan en la mente colectiva.

Total, que el trozo de autovía que hacemos se lo pasan diciendo que corra un poco, que mi aguja marca siempre más de lo que corro, que el radar tiene un margen de error, que por cualquier motivo se pueden recurrir las multas, que además no todas se mandan… y yo sigo a 120.

De ahí pasamos a una carretera de 90. Con arcén, pero no llega al metro y medio y no hay ni señal de 90 ni de 100. Al principio voy a 90, pero los tengo diciendo (sobre todo él) que corra un poco más, que si el coche puede, que si me van a pintar el coche de amarillo para que sea más agresivo y me dé por correr más… Que si es mejor para el coche, que así no se dormirá el motor, que ese coche está hecho para correr…

Llegados a este punto, la voluntad de nuestra protagonista se empieza a resquebrajar. Como decíamos el otro día, intenta buscar motivos para justificar una modificación de su conducta:

Yo, por no aguantarlos, me justifico en que no hay señal de 90 y empiezo a ir a 100 a ver si con eso ya se conforman. Pero después me empiezan a decir que puedo ir a 120. Y que con esta recta ya hemos echado el azúcar al café, y con la otra ya hemos dado una vuelta al café con la cucharilla, que ir a menos de 120 por esta otra recta es un despilfarro… Total, que les hago caso y lo pongo a 120. Pero mirando por todas partes, no vaya a ser que esté el radar escondido por allí.

Y después de eso viene una carretera de 100. Ya allí me dicen que a ver si puedo correr un poco más y no sé si ya por fastidio o por diversión (que un poco hay, sobre todo por ir con ellos) o porque sí ya en algún punto alcanzo los 140.

La presión del grupo finalmente logró su magia (negra). Como tantas otras veces. Aunque no podemos decir que la protagonista esté orgullosa de ello.

A la vuelta espero tener un viaje más calmado y que la gente esté menos pesada, pero por casualidad me toca con el mismo otra vez y me dice delante de los demás que vamos a seguir con las clases de por la mañana y los otros (que no habían viajado conmigo a la ida) quieren saber de qué habla y se unen a la fiesta. Y hala, otra vez igual y yo fastidiada. Cuando llegamos me dice que así hemos ganado 10 minutos. 10 minutos que se me pasan en casa, sentada encima de la cama, preguntándome cómo cuernos he hecho para tirar por la borda 10 años de conducción responsable por 10 míseros minutos.

El uso de drogas muchas veces se inicia a causa de la presión de grupo

Por supuesto, el grupo acogió de buen grado la asimilación del nuevo miembro a sus costumbres, que cada vez quedan más arraigadas en la personalidad:

En la rueda todo el mundo se ha enterado y ya no tengo excusa para intentar quedar antes, pero a la vez le voy cogiendo gusto a correr sobre todo cuando viajo con él.

Aunque sea una comparación polémica y algo… bruta, no me parece descabellado equiparar situaciones de este tipo de modificación de la personalidad a la iniciación a las drogas. A menudo, el consumo es por diversión en el grupo de amigos juvenil, por no ser el que da la nota y no se lanza. Pero, poco a poco, aquellos que tienen la desgracia de caer demasiado hondo en una espiral pueden acabar en el abismo. Hasta el punto de echar a perder toda una vida… sufrimiento de los seres queridos, enfermedades, o incluso la muerte.

De igual forma, aunque el nuevo hábito de nuestra protagonista le permita ganar 10 minutos al día (aunque, siendo realistas, seguramente sea bastante menos, si sólo llegaba tarde cuando había tractores…). Pero con que sólo una vez en la vida la cosa vaya mal, esa velocidad extra puede causar daño, mucho daño.

¿Por qué la presión de grupo pudo con nuestra amiga Escargot? Sólo es mi opinión: probablemente porque sus convicciones no eran firmes. Y, sobre todo, porque no estaban fundamentadas de forma correcta. Una multa es lo de menos. Diez minutos al día son lo de menos. El espíritu de vivir al día nos hace elegir las recompensas inmediatas que la seguridad del largo plazo. Pero no hay que olvidarlo: hay mucho más en juego, cosas que valen más que aguantar bromas de compañeros y perder 10 minutos cada día.

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Fotos | redcargurl, Simon Sheck, Images of money