Pensamientos sobre un siniestro

Una ambulancia

Un trayecto que he recorrido diversas veces, más o menos a la misma hora. Me sorprende la densidad del tráfico, nunca había visto tantos coches parados en esta travesía. No es normal.

La litúrgica sucesión de arrancadas y paradas se ve interrumpida por una sirena. Todos nos intentamos arrimar al máximo a la acera para dejar pasar una ambulancia. La carretera pasa justo por delante de un hospital, así que es habitual verlas pasar. No le presto más atención al asunto.

Dos o tres minutos más tarde hemos conseguido avanzar unos trescientos metros. Más sirenas nos obligan a visitar de nuevo el borde derecho de la calzada. Dos vehículos sanitarios más, a toda velocidad. Esto no es normal, ha pasado algo gordo.

Atasco y ambulancias. Llamadme lumbreras, pero hasta estas nuevas ambulancias no he relacionado los síntomas. Ha habido un accidente. Alguien ha sufrido una colisión. Alguien que conducía un automóvil… como yo. Alguien que se subió a un vehículo con la intención de desplazarse y llegar a su destino… como yo. Pero esta vez no lo ha podido conseguir. No, van tres ambulancias a buscarlo. A él y a otros que tampoco llegarán pronto a su destino.

El vehículo que me precede se detiene. Yo también, seguido por muchos más. ¿Qué habrá pasado? Tres ambulancias, ha debido ser grave. Quizá un vehículo con varios pasajeros. Al pensar esto me recorre un escalofrío. Pienso las veces que he llevado a gente. Amigos, familia, mi madre… Un error mio hubiera podido significar que las ambulancias fueran a buscarnos a nosotros. Que responsabilidad.

Arrancamos para avanzar unos metros… Quizá son varios coches los implicados. Otro escalofrío. Cada vez que salgo a la carretera, no sólo tengo en mis manos el bienestar de mis pasajeros, sino el de los otros conductores y pasajeros. Aún peor, mi propia vida está en las manos del resto de conductores. Que mal cuerpo se me está quedando.

Veo luces parpadeantes a la distancia, tras una glorieta. Amarillas y azules. Las ambulancias y la policía ya han llegado al lugar. Vaya, voy a tener que pasar por al lado. No me apetece verlo. Tomo la rotonda y no puedo evitar ver dos vehículos empotrados. Uno detrás de otro. Un alcance… un alcance brutal… a la entrada de la rotonda, en sentido contrario al mío.

Alguien está apoyado con las dos manos en el coche de atrás, con la cabeza agachada y el chaleco reflectante. ¿Será el conductor? ¿El que se comió al otro vehículo, que reducía para entrar a la rotonda con seguridad?. Quizá el primer coche frenó de golpe. Frenando desde más lejos, progresivamente, hubieran disminuido las probabilidades de ser alcanzado, se habría hecho más predecible por el resto de conductores. No, no es excusa, hay que guardar distancia de seguridad.

Por suerte, nunca me he visto en esta circunstancia. Pero creo que puedo imaginar como se siente el hombre del chaleco. Se pregunta por qué no ha guardado un poco más de distancia. Por qué no iba algo más lento. ¿Podía haber frenado antes? ¿Podía ir más lento? ¿Reaccionar antes? ¿Circular de forma más responsable? Sus pensamientos irán con las personas de las ambulancias. Serán los desconocidos del coche que ha embestido, o incluso un amigo o familiar que iba con él. Sea como fuere, los ha enviado al hospital… como mínimo. Deseo que eso no me pase nunca. Deseo que no le pase a nadie.

Pasado el punto fatídico, el tráfico se agiliza. Por fin podemos avanzar. Pero mis pensamientos siguen en esa rotonda, y en esas ambulancias. Se me cae una lágrima pensando en las víctimas inocentes, que podría ser yo la próxima vez. O aún peor, que podría ser la causa de que otras personas corran esa mala suerte.

Tranquilo, Jaume. Se te pasará. Eso no me consuela, hay gente que recordará esa rotonda toda su vida.

Foto | [mcd]