Parte médico de incapacidad vial, ¿utópico o posible?

Médico y paciente

Imaginemos una situación como otra cualquiera de las que suceden cada día en España. Se presenta una persona en la consulta del médico y le confiesa con sorna que desde hace unos meses tiene una gran dificultad para distinguir las señales de tráfico. Vamos, que no las ve hasta que no las tiene a un palmo de sus narices… El médico, atónito, hace la exploración de rigor y tras confirmar una pérdida de agudeza visual deriva al paciente hacia el servicio de oftalmología para que le echen un buen vistazo.

Cuando por la tarde el médico cuelga la bata y el fonendoscopio, se va a su casa y allí se sienta en el sofá a ver la tele, de pronto repara en un detalle aterrador. Aquel paciente ha acudido a la consulta conduciendo su coche… y se ha marchado de vuelta a casa conduciendo su coche. ¿Cuántas señales no habrá visto por el camino? ¿Cuántos coches, camiones, motos, bicis y peatones le habrán salido de la nada si ese hombre ha tenido que circular contra la luz del sol vespertino?

Al médico se le han quitado las ganas de cenar. ¿No hay nada que él pueda hacer?

Conductores ciegos

Con la tele encendida y el volumen silenciado, el médico sigue haciendo conjeturas. ¿Acudirá ese paciente al oftalmólogo tal y como él ha prescrito? ¿Seguirá conduciendo mientras no se le soluciona el problema? Y entonces, el médico se lamenta. ¿Cuándo va a haber alguien que le diga a ese paciente que en su estado ponerse al volante es una temeridad? Pero decírselo en serio, claro, que cuando él se lo ha hecho ver el paciente se ha echado a reír y ha murmurado algo incomprensible que ha sonado a “vale, vale, que sí, que sí”. ¿Habrá que esperar hasta la próxima renovación del permiso de conducir para que se remedie el asunto? ¿Cuántos años tardará en llegar ese momento?

El médico sabe que su paciente, sentado al volante, es un riesgo para la seguridad de todas las personas que se pueda encontrar al paso con su vehículo, y se fija en otro detalle más. Cuando entra en la consulta una persona que padece una enfermedad tipificada que le impide realizar su trabajo habitual en su mayor parte, el médico expide un documento donde se reconoce la incapacidad laboral del paciente. De esta forma, el paciente deja de trabajar mientras no se encuentra en plenitud de facultades. ¿O acaso alguien se comería una sopa preparada por un cocinero que estornuda a cada minuto?

Salvo casos de aberrante explotación laboral, está comúnmente aceptado que un trabajador enfermo coja la baja hasta que esté en condiciones de reincorporarse a su puesto de trabajo. No es plato de buen gusto para nadie. Ni para el trabajador, que lo pasa mal pensando en cómo se lo encontrará todo cuando vuelva, ni para la empresa, que tiene a una de sus piezas fuera de juego, ni para los compañeros, que a menudo se encuentran absorbiendo un aumento de trabajo mientras el trabajador enfermo está en su casa. Sin embargo, a pesar de todos estos contras, se acepta que un enfermo descanse de trabajar hasta estar suficientemente recuperado.

Con la conducción no sucede así. Y eso que conducir es una actividad compleja. Desde luego, a nivel psicológico lo es más que algunos trabajos. Sin embargo, no se suele aceptar que un conductor deje de conducir simplemente porque se lo recomiende el médico. Y tampoco existen los recursos suficientes como para garantizar que un conductor que pierde, aunque sea de forma temporal, las aptitudes psicofísicas necesarias para la conducción realmente se aparte del manejo de vehículos. Falta establecer un protocolo de actuación similar al que permite que un médico firme una baja laboral. Falta que el médico pueda firmar una incapacidad vial temporal.

Técnicamente no parece tan complejo, ya que las ya existentes redes de comunicación podrían facilitar enormemente la gestión de las bajas y la transmisión de los datos al organismo competente. Quizá habría que ver cómo se informaría de la incapacidad vial del afectado sin quebrantar el principio de confidencialidad entre médico y paciente. También habría que saber cuántas bajas viales estaríamos dispuestos a sufragar o, lo que es lo mismo, cuál sería la cuota de conductores que hubieran perdido las debidas aptitudes que estaríamos dispuestos a consentir en nuestras carreteras… con todo lo que eso conlleva. Y finalmente habría que ver cómo se lo tomaría el paciente, que no es lo mismo que un médico te diga que no puedes trabajar que te niegue el derecho a salir en coche durante el fin de semana…

¿Podría existir un parte médico de incapacidad vial? Se admiten apuestas.

Y tú, ¿dejarías de conducir si el médico firmase tu incapacidad vial temporal?

Asesoramiento | Doctor Josep Serra

Foto | Seattle Municipal Archives, * Kicki *