No es una cuestión de suerte, sino de buena suerte

Tréboles

En la práctica totalidad de los casos, la siniestralidad vial no es casual, sino causal. Por eso cuando nos referimos a los daños que se originan en la carretera no podemos hablar de ellos con un término como “accidente”, que evoca un aspecto azaroso que raramente se da, sino que resulta más apropiado hablar de “siniestros” o “colisiones”.

Siempre existe un motivo para que se origine un choque en la carretera. Y ese motivo, esa causa, suele ser multifactorial. Puede deberse a las condiciones del conductor, del vehículo, de la vía o la climatología, a una señalización deficiente, a una velocidad inadecuada, a una mala gestión del tráfico o, lo que sucede con mayor frecuencia, a la concurrencia de varios de esos factores.

En cualquier caso, lo que parece quedar descartado en el universo de la siniestralidad vial es el factor suerte. Y, sin embargo, lo que sí puede aplicarse al día a día de la conducción es la búsqueda de la buena suerte.

¿Dónde está la diferencia? Fácil. La suerte es aquello que el azar nos depara, mientras que la buena suerte es el resultado de aprovechar ese azar con una buena dosis de esfuerzo personal. Cuanto mayor es el control que tenemos sobre la situación, menor es la cuota de azar que precisamos para tener buena suerte. La suerte es algo efímero, porque no depende de nuestro control. La buena suerte, en cambio, es permanente.

Podemos partir de un ejemplo para aplicar esta idea al mundo del automóvil. Pongamos que voy conduciendo alegremente por una estrecha carretera secundaria. Voy fumando relajadamente mientras el aire entra por las ventanillas. De repente, una ráfaga hace que me entre humo en los ojos. Asustado, dejo caer el cigarrillo y este va a parar sobre mi pierna derecha. Instintivamente bajo la mirada para buscar el cigarrillo y así evitar que se me queme el pantalón. Lo hago rápidamente y sólo desvío la atención el tiempo justo para que un camión se me eche encima. Acabo de morir.

¿Es cuestión de mala suerte? Quizá. ¿Podría haber yo hecho algo para buscar la buena suerte? Seguramente. Sólo con no fumar al volante, me habría ahorrado esta situación.

Algún lector dirá que el ejemplo es exagerado. Puede serlo, pero lo que es seguro es que ese lector estará justificando sus ganas de no buscar la buena suerte. Dicho de otra manera: si no quieres tener un “accidente”, ¿por qué no trabajas para evitarlo? La idea es sencilla: si cada año tenemos dos millones de siniestros en las carreteras y no hacemos nada por cambiar la situación, nos quedaremos con dos millones de siniestros para el año que viene, y otros dos millones en el año siguiente, y así hasta el día del Juicio Final.

Pero no se trata sólo de nosotros mismos. La búsqueda de la buena suerte es algo digno de ser compartido. Cuando circulamos, no estamos solos en el mundo, sino que nos movemos en un entorno social. Por eso, de nada sirve que nosotros evitemos las situaciones de riesgo si abocamos a los demás a tener una colisión. Poner nervioso a otro conductor, no avisarle con antelación suficiente de nuestras maniobras o entrar en absurdos piques es trabajar contra la buena suerte. En el fondo, no es una cuestión de educación vial, sino de educación a secas.

Lo bueno de esta búsqueda de la buena suerte es que se puede comenzar en cualquier momento: hoy, mejor que mañana. De esta forma, si hoy mismo cambiamos nuestro comportamiento al volante, más posibilidades tenemos de huir de la siniestralidad vial y, por tanto, de contribuir a la reducción de las cifras de mortalidad en carretera.

¿Cómo cambiar ese comportamiento? Creando las circunstancias propicias para que se dé la buena suerte. Sólo cambiando todos esos detalles que dan pie a las cifras anuales de la DGT llegaremos a un escenario diferente. Por eso la responsabilidad última del siniestro recae en la forma de proceder del conductor: de TI, de MÍ, de todos.

Habrá quien critique esta manera de plantear las cosas, aduciendo el azar como factor inherente a la siniestralidad vial. Esto es sencillo de explicar: el que cree únicamente en el azar no entiende el poder de las personas para crear circunstancias diferentes que den paso a escenarios diferentes. Por contra, aquel que cree decididamente en su capacidad para crear circunstancias no se preocupa por el azar.

Y ahora, ¿crees que has llegado hasta este texto por casualidad?

(Basado en el libro La buena suerte, de Álex Rovira Celma y Fernando Trías de Bes)

En Circula Seguro | ¿Educación vial o educación a secas?

  • Si la siniestralidad de la carretera fuera simplemente un factor de “suerte” todos pagariamos lo mismo por nuestro seguro. Y resulta que no, que dependiedo de nuestro sexo, de nuestra zona, del uso, de la edad, de la experiencia… pagamos más o menos.

    Esto es simplemente porque no todos tenemos la misma posibilidad de accidentes, depende de nuestro perfil. De acuerdo completamente: la siniestralidad es causal.

  • Un buen artículo, si señor. La palabra “accidente” no siempre definde bien los desastres que ocurren en carretera, y es que no es lo mismo “morir en un accidente” que “matarse con el coche”.
    Por otra parte, y por desgracia para muchos, el factor suerte siempre está presente; si yo fuera el conductor de ese camión que te ha matado en el texto, y en vez de conducir un camión fuera en una scooter habría muerto en un accidente, por pura….mala suerte. De nada habría valido mis precauciones o habilidad al volante si apareces detrás de una curva en fracciones de segundo invadiendo mi carril