Nieve en Cataluña y comportamientos emocionantes, pero efímeros

Nieve

Hemos pasado en Cataluña una *semana divertida* (entiéndase que algo es divertido como contraposición a que algo es aburrido). Ha nevado de forma excepcional y las infraestructuras no han soportado el envite. De hecho, en buena parte de la geografía catalana todavía no se han resuelto algunos problemas de suministro, y lo que les queda.

Sin embargo, no me voy a dedicar a criticar en este post si las *vías* están o no preparadas para una situación así o si los *servicios de emergencia* se coordinan de forma adecuada cuando hay miles de personas atrapadas en las carreteras. No me voy a meter con si es mejor *paralizar la actividad de un país* o si preferimos vernos incomunicados. Para eso ya están otros medios de comunicación y la clase política en pleno, dispuestos a sacarse los ojos los unos a los otros tras el temporal.

Yo voy por otro lado. Y por eso voy a referirme al *comportamiento observable* durante estos días en algunos conductores.

Nevando sobre la calzada

De entrada, hay que matizar que aunque las previsiones meteorológicas habían avisado con bastante precisión del follón que se podía armar durante el lunes, 8 de marzo, ni las empresas ni los gobiernos parecieron considerar que realmente la cosa fuera tan seria, por lo que en general *no se interrumpieron los quehaceres cotidianos* de la sociedad. Cada persona salió de su casa por la mañana, cogió el coche o el autobús o el metro o el tren como cada día y se fue a trabajar, a estudiar o a hacer cola en el paro. Hacía mal tiempo, sí, pero… ¿a quién le sorprende eso en invierno?

A mediodía las cosas se pusieron feas en toda la provincia de Barcelona. Y el problema se precipitó con celeridad. Como la mayoría de las personas habían seguido su ritmo habitual, los problemas de falta de fluidez del tráfico clásicos en horas punta existieron. Y como la vía no pasaba por su mejor momento, *el tráfico se desbordó.* A partir de ahí, la nieve hizo el resto. Al final hubo miles de personas afectadas, familias que tuvieron que alojarse en polideportivos a modo de náufragos atendidos por caridad, pasajeros retenidos en trenes que ni iban ni venían… En fin, un verdadero drama.

La parte positiva de este episodio está en la misma naturaleza del ser humano. Ante un problema el hombre puede tener dos reacciones: *o se crece* y vence la dificultad *o se viene abajo* y sucumbe. Por fortuna, en la carretera se vieron más actitudes de las primeras que de las segundas. En ese sentido, puede ser maravilloso y hasta emocionante ver cómo personas que no se conocen de nada entierran el hacha de guerra con la que las estigmatizó Thomas Hobbes, se arremangan y se ponen a ayudar al prójimo como si no les viniera de aquí.

Y ha sido en estos días cuando *más actitudes proclives a la seguridad vial* he visto a mi alrededor. Sobre todo, en el apartado de compartir la vía y de comprender que la prioridad de paso, por ejemplo, puede convertirse en una agradable moneda que cambia de mano con la facilidad que se gesticula diciendo: “no, pasa tú, pasa tú”.

En estos días he visto empujar coches entre varias personas que ni siquiera se hablaban el día antes. He visto conductores que moderaban la velocidad de forma instintiva para permitir que el otro tuviera tiempo a pasar entre los estrechamientos que dejaban las enormes montañas de nieve acumuladas por un particular que se dedicó a barrer la calzada con su tractor de forma completamente altruista. He visto *lo grande que puede llegar a ser el ser humano* cuando comprende que, o colabora con sus semejantes, o sucumbe al problema.

Nieve fundida

Y la parte negativa es que *la nieve acabó por fundirse.* Y con ella, esta concepción del mundo. Con la nieve relegada a campos y cunetas, Hobbes vuelve a recordarnos que *el hombre es un lobo para el hombre.* Y el conductor, el amo de la carretera. No aprendemos ni que nos metan en el Polo Norte durante siete meses. Con el deshielo los ánimos se caldean nuevamente. Suenan los cláxones y la gente vuelve a pelearse por cualquier nimiedad. Vuelta a la realidad.

Fotos | Josep Camós

  • Pues yo no encontré tan divertido circular con toda esa nieve. De hecho, me negaba a hacerlo, no quería salir de casa en cuanto vi lo que pasaba, y es que ni siquiera tengo cadenas. Y eso que por mi pueblo pasó el ojo de la tormenta, porque nevó unos pueblos más al sur y unos pueblos más al norte, pero nada de aquí.

    Pero mi madre quedó atrapada en un pueblo donde sí había nevado (donde, de hecho, el hospital a día de hoy sigue funcionando gracias a generadores diésel). Así que me vi obligado. Iba con el “cerito” bien apretado, apenas a 30km/h. De hecho, fuimos todos con tanta precaución que ni siquiera llegué a derrapar, lo cual es casi decepcionante :p

    Lo que sí que es cierto es que, como dices, había mucha solidaridad vial en estas circunstancias tan extremas. Pese a ir tan lento, en ningún momento se notó el acoso del “chupaculos”. Ni se hicieron adelantamientos en los pocos lugares disponibles para ello. Cuando cruzabas la mirada con otro conductor, ambos hacíamos el típico gesto de “a ver si juntos poco a poco salimos de ésta”.

  • Divertido como contraposición a aburrido, Jaume. 😛

    Yo viví en primera persona algunos problemas serios derivados de la acumulación de nieve y hielo en las carreteras. Quedé aislado y mi familia no pudo llegar hasta casa, teniendo que alojarse en una casa de acogida (mejor eso que la alternativa: un polideportivo y una mantita). Por eso decía que dejo de lado los problemas de las infraestructuras y prefiero centrarme en la nota positiva de todo este chou.: el comportamiento cívico de las personas.

    Finalmente, entiendo que a los lectores que nos siguen desde lugares como Burgos o Madrid, por ejemplo, donde nieva que es un gusto, todo esto les suene a exageración. Pero por desgracia no lo es. La situación se desbordó y no había forma humana de reconducirla. Pero eso… es otra historia.