Mastodontes, alevosía e insolidaridad vial

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Vivimos en una sociedad donde el tamaño importa, es inútil que nos esforcemos en negarnos. Tener un coche enorme, un 4×4 o un vehículo utilitario deportivo (SUV, de las siglas en inglés) se ha convertido en cuestión de estatus social, más que de necesidad de movilidad.

La leyenda urbana afirma que los vehículos grandes son más seguros. Eh… ¿de verdad? Yo no me siento nada seguro cuando tengo los faros de xenón de uno de estos mastodontes a la altura de mi luneta trasera.

Claro, estos vehículos están muy bien si uno tiene que pasar por una pista forestal. Ahí es donde está su hábitat. En ese caso, no me veréis hablando de insolidaridad, sino más bien disfrutando.

Pero todos sabemos que un enorme porcentaje de estos vehículos raramente llega a tocar el polvo. Y, los que lo hacen, muchos son después utilizados también en el día a día. En una ciudad llena de utilitarios, motos, ciclomotores y cada día más bicicletas, son como ballenas en una pecera.

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Para empezar, son insolidarios por su tamaño. La ciudad no está diseñada para vehículos bestiales. Sobre todo, los aparcamientos. Si uno quiere aparcar a su lado, y poder salir con cierta comodidad y dignidad, al final se ve obligado a invadir la siguiente plaza. Al final, alguien acaba encajonado, o se pierden plazas.

Por su volumen, además, molestan la visión del resto de usuarios de la vía. Que si necesitas todo ese especio para llevar carga, como un camión o una furgoneta, pues no hay más remedio. Pero, si solo llevas pasajeros, podrías arreglártelas con mucho menos.

Una consecuencia más del tamaño es lo que comentaba antes. Tienen las luces prácticamente a la misma altura que el retrovisor de los turismos, cosa que provoca bastantes molestias. Los faros tan altos ¿de verdad iluminan la carretera?

El segundo punto que quiero tratar en que el uso de estos vehículos para finalidades no deportivas es el consumo. Sí, ya, aquí volvemos al mismo asunto de siempre, «si lo puedo pagar, es asunto mío». La respuesta es la misma de siempre: «pues no, es asunto de todos». Por varios motivos, entre otros la economía del país (incluso la mundial) depende mucho del consumo de petróleo. Y, por supuesto, el consumo se convierte en contaminación que nos afecta a todos y enferma nuestro único planeta.

Otro aspecto es la probabilidad de sufrir accidentes. La creencia de que son vehículos más seguros es bastante infundada. Un turismo de tamaño medio, con el mismo equipamiento de seguridad, siempre será mucho más seguro.

El peor riesgo que sufren los vehículos demasiado grandes es el vuelco. El motivo es que su centro de masas se encuentra a mayor altura de lo habitual. Si os interesa, algún día puedo hacer un artículo explicando exactamente como se razona exactamente esta afirmación, pero por ahora me parece que todos estaremos de acuerdo en ella.

Además, el aumento de masa aumenta proporcionalmente la distancia de frenado. Es decir, por ejemplo un mastodonte que pese el un 25% más que un turismo equipado con los mismos frenos, recorrerá un 25% más de distancia antes de detenerse.

Un argumento que se suele escuchar es que la masa extra hace más difícil que se produzcan derrapes. Esto es completamente falso. Es cierto que el peso incrementa la adherencia de las ruedas, pero la fuerzas que éstas deben realizar para mantener el vehículo en la trayectoria aumenta en la misma proporción. Por lo tanto, tienen exactamente la misma probabilidad de derrapar que vehículos más pequeños calzados con ruedas de la misma calidad.

Lo peor de todo esto es que, a menudo, el conductor de un mastodonte tiene tan interiorizado el mito de su seguridad, que puede incluso a olvidar ciertas precauciones básicas. Añade un poco de sentimiento de «tengo un cochazo y soy el rey del mundo, apártate de ahí renacuajo», agita, y sirve un frío cóctel mortal.

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En una cosa les voy a dar la razón: si ocurre lo peor y colisionan con otro vehículo, la bestia más grande tiene las de ganar. Si es que aplastar a otras personas es ganar algo, vamos. No me parece una actitud muy ética.

La seguridad pasiva de los turismos es la que es. Ha mejorado mucho, y esperemos que lo siga haciendo a buen ritmo, pero tiene sus limitaciones. En una colisión con un coche tan grande, no sólo la energía a disipar es enorme, sino que los puntos de impacto son muy diferentes a los normales. El pobre turismo no tiene nada que hacer, lleva las de perder.

En cierta medida, es un comportamiento alevoso. El mastodonte disminuye el riesgo de recibir daños, a costa de producir más daños a los demás.

Aquí hay cierto dilema moral. Alguien podría decir que para protegerse a él, y a los suyos, no le importa poner en peligro a terceras personas. Yo no soy nadie para poner en duda la escala de valores de otras personas, eso es obvio. Pero sí que puedo decir que a mi me resultaría difícil vivir sabiendo que alguien ha muerto por mi causa, sobre todo sabiendo que si hubiera llevado coche más pequeño sus probabilidades de supervivencia hubieran aumentado mucho, y las mías a penas hubieran decrecido.

La seguridad vial debe ser para todos. Sino, mi próximo vehículo seria un tanque. Eso sí que es un cochazo.

Fotos | Eric Borda, nestor galina, kevin.j