«Tú tienes que dejarme pasar, porque estás girando y yo sigo recto»

Voy a hacerme eco de dos dichos modernos, que por hoy vamos a elevar a la categoría de hechos. El primero asegura que, si cualquier cosa ocurre dos veces, entonces automáticamente es suficientemente importante como para escribir sobre ello. En esta ocasión, el suceso repetido tiene que ver con las normas de prioridad.

Todos sabemos que son inmensamente enrevesadas, con miles de excepciones: caminos de tierra, incorporaciones, vehículos prioritarios, estrechamientos, pendientes, semáforos, señales verticales, señales horizontales, rotondas, y un largo etcétera. Pero, por hoy, nos centraremos en el caso más simple: un cruce de dos calles, sin ninguna señalización.

En este caso, a no ser que yo haya olvidado muchas cosas, la ley es clara. Si durante en algún punto la trayectoria que quiero seguir en la intersección hay algún usuario que quede a mi derecha, debo cederle el paso. Es decir, yo no me muevo hasta que mi derecha quede libre. En ese momento, tendré prioridad sobre los vehículos que queden en la intersección.

Con esto en mente, voy a explicaos un caso que he vivido dos veces (y por lo tanto ya es digno de mención, como decíamos); aunque no me extrañaría que fuera más común de lo que debiera. Yo circulaba por una calle que terminaba en otra perpendicular. Es decir, un cruce en forma de «T». Mi intención era girar a la derecha.

El cruce en cuestión tiene muy mala visibilidad. La calle por la que yo salía tiene una discreta pendiente, así que el coche sigue bastante inclinado cuando estamos llegando a la intersección. El muro de una casa y los coches aparcados dificultan la visión aún más.

Los que se aproximan a mi por mi izquierda provienen de una pendiente bastante suave antes del cruce. Pero justo después de la intersección hay una subida bastante pronunciada. Por ese motivo, los coches que siguen recto suelen acelerar para llegar a la rampa con momento suficiente. En definitiva, pasan follados muy rápido por delante del cruce.

Pero estos vehículos se acercan al cruce por la izquierda. Es decir, yo tenía prioridad sobre ellos. Yo, y cualquiera que viniera por la calle que terminaba, girara hacia el lado que girara. Pues resulta que no… o al menos eso piensa mucha gente. Y lo que ello comporta: un «huy», y un «Tú tienes que dejarme pasar, porque estás girando y yo sigo recto».

Aquí es donde entra el segundo dicho de hoy: cualquier cosa que uno pretenda decir sobre seguridad vial, nuestro máster Josep Camós ya lo ha tratado, y mejor. Hace ya dos años y medio nos avisaba de la existencia de esta leyenda urbana.

¿Cuál es el origen de esta leyenda? Pues no lo sé a ciencia cierta. Pero me aventuro a formular una mera hipótesis. Como siempre, lo fácil es culpar a las rotondas. Con ellas, nos hemos acostumbrado a que la prioridad es de «quien está dentro». Y aplicamos ese mismo principio a todo sin discriminar… pero es que las glorietas son una excepción explicita a la norma general.

El caso concreto de este cruce se arregla simplemente poniendo un ceda (o mejor un stop, dada la mala visibilidad). Pero, si ahora tenemos que señalizar todos los cruces individualmente, ¿por qué tenemos reglas generales? A lo mejor, la exajerada sobrecarga de señales en la que vivimos es debida a que necesitamos que nos recuerden lo básico, y nos lleven de la manita. Da que pensar…

Más Información | “Él va primero porque yo giro”
Fotos | richirik, Adrian Short