Lo sé, las he puesto yo

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María Jesús y su inseparable acordeón, cuando yo no era más que un retoño despeinado, popularizaron el gesto de los “pajaritos”. Juntar el dedo pulgar con los otros cuatro, para después abrir la palma de la mano. Y así cíclicamente.

No es sólo un baile infantil de los 80, sino que a menudo se solía utilizar para comunicar a un despistado conductor que se había dejado las luces encendidas, cuando ya no eran necesarias.

Pero los tiempos han cambiado. Hace ya varios años que existe la recomendación de circular con las luces encendidas, podemos verla en muchos paneles luminosos. Incluso los políticos se han puesto de acuerdo en el tema. Así, pues, cada vez parece más incomprensible que la gente siga efectuando el famoso gesto a mi paso.

El caso más extremo me sucedió hace unos meses. Yo acababa de salir de mi garaje, había dejado el coche parado justo en frente para bajarme a cerrar la puerta. Un adorable anciano, seguramente aburrido por la ausencia de obras en mi población, se acercó y me comunicó que las luces del coche estaban encendidas.

No es que quiera hacer alarde de lógica, pero es de suponer que si acababa de encender el coche, seguramente también había sido yo el que había puesto las luces. Y eso fue apenas veinte segundos antes. Así que gracias por decirme que están encendidas, pero ya lo sabía, las he puesto yo. Estando parado donde no suele haber coches, parados como es un vado, los otros coches agradecerán la visibilidad extra.

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La verdad es que llevar las luces encendidas es una buena idea. Apenas afectará al consumo (el alternador seguirá funcionando como hasta ahora), y las nuevas luces de leds consumen realmente poco. Y la ganancia en visibilidad de cada vehículo está fuera de toda duda.

Primero, hay que entender que nuestros ojos no ven los objetos que nos rodean, sino que ven la luz que proviene de ellos. Por eso, si no hay ninguna fuente de luz a nuestro al rededor, no podemos ver nada.

De día, la luz proviene del sol, revota en los objetos a nuestro alrededor y entra en nuestros ojos. Por lo tanto, la visibilidad depende de la cantidad de luz disponible en el ambiente.

Eso tanto vale para los coches que circulan por una carretera, como para los edificios y árboles que hay a su alrededor. Eso quiere decir que la intensidad luminosa que nos llega es prácticamente la misma. En un vistazo, un coche no destaca por encima de un edificio a la distancia.

Sin embargo, si tenemos los faros del coche conectados, estamos generando más luz. En un simple vistazo fugaz, rápidamente detectaremos que hay una fuente de luz más intensa que las demás. Y eso es precisamente lo que cuenta a la hora de conducir, ver rápidamente al resto de vehículos en movimiento.

Muy pronto en mi vida de conductor, aún en la autoescuela (o sea, hace un año), pude comprobar que esto era así. En una de mis primeras prácticas, miré por el retrovisor y, en la distancia, vi a un coche con las luces encendidas. Tardé un poco más en comprender había otro coche mucho más cerca, sólo con las luces apagadas. Y eso en pleno mediodía de julio, completamente despejado. Desde entonces, apoyo incondicionalmente esta iniciativa.

Por lo tanto, es de esperar que este vetusto gesto desaparezca cada día más de nuestras carreteras. Es más, cada vez que alguien lo haga, si la situación del tráfico lo permite, me pararé unos segundos a explicar que mis faros están encendidos a consciencia, por seguridad.

… A no ser, claro está, que mi interlocutor quiera únicamente rememorar su infancia. En ese caso me limitaré a acercar las manos a mis hombros, agitando los codos arriba y abajo.

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Fotos | María Jesús, MSVG