Lo complicado que resulta pedir perdón

Mala educación

El otro día presencié un acto de mala educación, por desgracia bastante frecuente en los tiempos que corren. Resulta que un coche circulaba dubitativamente por una avenida, ralentizando mucho la marcha porque no sabía si tenía que girar en el cruce que iba a pasar o no.

A todo esto, su semáforo se cerró, y se abrió el de los vehículos que cruzaban la avenida en cuestión perpendicularmente, pero él , en lugar de detenerse en su lado del cruce, decidió que como tenía que seguir recto, *para qué iba a esperar a que se le volviera a abrir su semáforo*.

Resultado: casi se lleva por delante a tres motoristas. Ante los pitidos generalizados que se llevó el conductor temerario, su respuesta fue tan simple, sencilla y “troglodita” como *bajar la ventanilla y mostrar al aire su dedo corazón*. Eso sí, bien secundado por los dedos corazones y los insultos de todos los que le acompañaban en el coche. Un ejemplo de poca vergüenza y “buena” educación ambulante, sí señor.

A raíz de esto, se me antoja imprescindible reivindicar la *sencilla fórmula de levantar la mano para decir: “perdón, me he equivocado, lo reconozco”*. A todos nos mosquea mucho que nos hagan guarradas al volante, y no sé a vosotros, pero a mí la mala leche se me va de inmediato si veo que el conductor infractor se disculpa. Es indicativo, además, que los que no se disculpan suelen ser los que las hacen más gordas.

Todos somos humanos, podemos equivocarnos, y es muy fácil pedir perdón. Insultar, hacer gestos ofensivos o sencillamente pasar de todo como el que oye llover, sólo puede hacer que empeorar las cosas, *sobre todo cuando no llevas ninguna razón*.

Por eso insisto: a veces es más importante de lo que nos pensamos levantar la mano entonando el mea culpa y *pidiendo disculpas cuando hacemos algo que sabemos que no está bien*. Al fin y al cabo, se supone que somos seres dotados de una inteligencia privilegiada, ¿no?

Foto | Terra Motor

  • Hace unos días me pegaron una “segada” en plena rotonda. El frenazo que le metí al alumno fue de los que hacen antología. Hice sonar el claxon de puro cabreo.

    El conductor del otro coche, el que había hecho un recto por el carril interior de la rotonda y había pasado por delante de mis narices, frenó en la calle a la que había accedido y me saludó con el dedo corazón, alzándolo bien visible fuera de la ventana.

    Recuperándome del susto, musité la que entiendo que debía ser la profesión de su madre. Pero mi cabreo siguió durante un rato, porque a mi alumno hubo que darle una sesión extraordinaria de confianza. Lo único que hacía era repetir una y otra vez: “no lo he visto y tenía que haberlo visto; tenía que haber frenado yo”.

    Más de un HIJO DE LA GRAN PUTA (y ahora no lo digo musitando sino gritándolo con toda la rabia) hace de su capa un sayo mientras conduce, ajeno al hecho de que lo rodean personas que lo único que quieren es conducir sin más, sin acabar el día haciendo un parte.

  • Lo que yo te digo siempre, Josep. Con esa gente persecución y aniquilación… son mucho menos gallitos una vez los has sacado del carril con medio coche destrozado y dolores por todos lados. Cuando les coges del cuello entonces mentan a su mamá, pero no con el mismo sentido que tú lo has hecho ahora, sino para pedirla sopitas…