Las terracitas y la seguridad vial

Terracita de verano

El verano sigue su camino, y en estos días tan calurosos muchos aprovechamos para cambiar un poco el ritmo de vida, relajarnos en alguna playa tranquila, tomar alguna que otra cosa en una terraza a la sombra… Al fin y al cabo, para eso se supone que están las vacaciones, ¿no? Ya volverá el lejano septiembre con sus preocupaciones de cada año.

Miro a mi alrededor desde la terraza en la que me estoy tomando una cerveza. Al otro lado del chaflán en el que me encuentro sentado, más allá de unas jardineras decoradas con plantas artificiales, una pareja bromea y hacen fotos el uno del otro. Guiris con aspecto de gamba etilicoide los dos.

De repente, me entra en acción el chip de la seguridad vial cuando veo que a mi alrededor está todo lleno de coches apelotonados en doble fila, invadiendo parte del chaflán en el que se asientan mi silla y mi mesa. No tengo tiempo ni de emitir un chasquido de reprobación cuando me llega, mejor que en sensurround, el inconfundible ruido de un choque.

Como si llevara instalado un automatismo en mi interior, giro la cabeza a la vez que me incorporo para ver a un motorista tendido en el asfalto, boca abajo, que se asemeja a un militar que reptase por el suelo pero vestido de bermudas tejanas y camiseta gris. Su montura presenta una herida leve en el intermitente derecho y el coche contra el que ha chocado reposa allí mismo. De su interior salta un chaval delgado y moreno, con el pelo corto, camiseta azul ajustada, bañador negro largo y chancletas de playa. Está muy nervioso.

La pareja guiri ya está junto al motero, que ha caído a sólo medio metro de la mesita veraniega que ocupan y que se incorpora por su propio pie mientras se alza la visera de un manotazo. Deduzco que el de la moto venía con prioridad pero demasiado rápido y que el del coche ha ido sacando morro entre vehículos mal aparcados, terrazas y veraneantes, hasta que la moto ha impactado sobre la aleta del otro vehículo. Los gritos que profieren algunos de los congregados asustan aún más al chico del coche, que según balbucea iba poco a poco porque no veía nada con tanto lío de coches y gente.

Pareja tomando algo en una terraza

Mientras el sonido se me atenúa como si atravesara una sordina antes de llegar a mí, me abstraigo pensando en la pareja guiri de las risas y las fotos. Hace un instante un chaval con casco ha saltado por los aires y sólo la casualidad ha hecho que no acabe empotrado en la mesa, ocasionando a la pareja unos daños que desconozco pero que mis amigos Jaume y Pep Serra trabajando codo con codo quizá podrían aventurar. Esa terraza invadiendo el asfalto y la amalgama de coches mal aparcados convierten el suceso en algo absurdo y evitable, una burla a la seguridad en toda regla.

El chaval de la moto tiene prisa. Él y el playero del coche han intercambiado datos y ya está. Sin esperar a que lo vea un médico, el chico de la moto se calza el casco y se va volando mientras el chaval del coche se sienta en la mesa de los guiris. “Una cocacola, por favor”, oigo que le dice entre jadeos al dueño del bar mientras yo regreso a mi mesa, que ahora ya no me parece un oasis en medio del asfalto sino una trampa mortal emplazada allí gracias a la ocurrencia de algún loco.

Aparece en la escena un coche patrulla de la Policía Local y se añade a la ensalada variada de vehículos tirados en mitad de la calle. Uno de los agentes baja del coche con mucha parsimonia. El otro está hablando por la radio. El primero de ellos se acerca a la terraza donde me hallo y me pregunta por un accidente del que ha sido informado.

Le indico dónde está el chaval del coche y le resumo lo que he visto. Aprovechando que estoy en racha, le comento el problema de las terrazas en los chaflanes y de los coches mal aparcados. El agente se levanta, sonríe mustio, se encoge de hombros y se despide con un lánguido: “Esto es todo cosa del Ayuntamiento. Si quiere, vaya allí y reclame. Yo, más, no le puedo decir”.

(Este relato es una ficción inspirada en un hecho real que me hizo llegar Pep Serra.)

Foto | Jon E. Eguiluz, Juan Pablo Olmo