Las manos al volante… aunque sea mientras hablas

Lenguaje visual

¿Cuáles son los límites de la *libertad de expresión* mientras nos hallamos al volante? Hace unos días un lector nuestro, Juan, nos ponía sobre la pista de un asunto más que preocupante. Nos contaba Juan que yendo en coche vio algo extraño en la forma de proceder del conductor del vehículo que circulaba delante suyo, y aunque por la forma de comenzar la historia parece un chiste de Eugenio, lo cierto es que la anécdota da para una seria reflexión:

“Iban tres sordomudos hablando con el *lenguaje de signos…* ¡incluido el conductor!. *Soltaba el volante* para hablar y prestaba atención por el retrovisor para ver lo que decía con sus manos el pasajero del asiento trasero. Tardaba unos largos segundos en hacerlo *y luego miraba hacia adelante* para corregir la trayectoria del coche, que para nada era recta.”

No, no es un chiste, desde luego.

Lenguaje visual

Confieso que el mensaje de nuestro lector me descolocó un poco. Nunca se me había pasado por la cabeza esa modalidad de *distracción,* con desatención de los mandos incluida. Pero, bien pensado, es lógico. Si para hablar con lenguaje de signos son necesarias las manos y para escuchar, los ojos, es de cajón que esta actividad puede resultar *incompatible con la conducción.* Al testimonio de Juan me remito.

Aún estuvo de suerte nuestro comunicante, ya que al parecer el diálogo transcurría con muy buenas maneras. No quiero pensar qué hubiese sucedido si en vez de una charla amigable la cosa se hubiera decantado hacia una *violenta discusión.* No es que me lo tome a broma ni que frivolice con los problemas auditivos de las personas sordas (que son sordas, y no “sordomudas”, ya que estamos). Simplemente especulo con lo que podría llegar a ocurrir mezclando signos y volantes.

Pero, más allá de la historia que nos explicaba Juan, se me ocurre más de un caso de _conducción sin manos._ Y es que hay personas que aunque no empleen el lenguaje de signos para comunicarse son incapaces de mantener *las manos quietas* y sobre el volante. Es parte de la *comunicación no verbal* que caracteriza a la forma que tenemos de entendernos con otras personas. Sin esa comunicación, gestual y de mirada en este caso, a veces no somos capaces de conversar con plenitud.

Gesticulamos mucho y miramos mucho también. Hacemos muecas para denotar ironía, alzamos el dedo índice para expresar autoridad, separamos los brazos cuando nos indignamos, los cruzamos para mostrar nuestro desacuerdo, los alzamos cuando entendemos que algo clama al Cielo, los dejamos caer en señal de derrota, miramos hacia un lado cuando dudamos, inclinamos la cabeza cuando consideramos la aportación de nuestro interlocutor, asentimos o denegamos con el rostro para mostrar nuestra conformidad o nuestra disconformidad, o incluso algunos arqueamos una ceja para manifestar nuestra incredulidad. *Son muchos los gestos* con los que podemos adornar una conversación cara a cara, y que se pierden cuando hablamos por teléfono o por la radio, por ejemplo, a no ser que sepamos paliar la carencia visual con un buen registro de inflexiones vocales, que son parte del llamado paralenguaje.

La comunicación gestual y la mirada enriquecen la conversación y garantizan la eficacia de la comunicación. Sin embargo, el problema lo tenemos cuando mezclamos esa comunicación no verbal con la conducción, si para eso tenemos que desatender los mandos básicos de la máquina que manejamos. *Ahí nace la incompatibilidad.*

Lenguaje visual

También hay personas a las que les cuesta mantener una conversación *sin mirar a su interlocutor.* Es una cuestión no sólo de buena educación, que también, sino de la necesidad de comprender al máximo lo que el otro nos está contando. Comunicación no verbal vista desde la perspectiva del que oye sin mirar pero necesita ver para escuchar.

Este fenómeno lo experimento yo con algunos de mis alumnos. Ya en las primeras clases prácticas, los pongo a prueba sin que ellos lo sepan. Mientras están comenzando a menear el coche por ellos mismos, les hablo un poco y contemplo su reacción natural. Algunos de ellos, sólo algunos, mientras conducen y les hablo comienzan a girar la cabeza para *mirarme atentamente* como si en mi cara estuviera la solución al misterio de la vida. Rápidamente detecto el problema y les informo de que para escuchar no siempre hace falta mirar. Especialmente, ni hace falta ni es recomendable cuando hay un árbol que se empeña en acercarse al coche.

Reímos entonces. El susto queda en un susto, y la anécdota queda en anécdota con formato de chiste. Justo como ocurría con la historia del coche que vio Juan, sólo que en aquel caso no estoy demasiado seguro de que aquel dicharachero conductor no le pueda ocasionar un nuevo susto a otro conductor.

Foto | Mario Carvajal

En Circula Seguro | “No distraigan al conductor”, cartelito demodé