«Adorables» crí@s…

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Es posible que, en el futuro distante, las técnicas de reproducción asistidas avancen hasta el punto de crear úteros artificiales donde se formen seres humanos perfectos y adultos. Algo así como en la serie de culto> Kyle XYcapaces de movernos por nosotros mismos. Pero aún no hemos adquirido los conocimientos, paciencia y responsabilidad necesarios para hacerlo de forma segura.

En otras palabras, que el comportamiento de un crí@ es errante, caprichoso, voluble, y esencialmente impredecible. Y si eso se mezcla con la cercanía de tráfico, el cóctel es mortal.

Como ell@s no son capaces de poner la sensatez necesaria para convivir en un mundo lleno de peligros, debemos ser nosotros los encargados que su comportamiento sea el correcto. Y si no lo es, que al menos las consecuencias no sean catastróficas.

La primera línea de defensa son los adultos que los están acompañando en ese momento, claro. Padres, abuelas, hermanos mayores, canguros, profesores… lo que sea. Pero ni el más atento de los cuidadores puede evitar el 100% de los movimientos inesperados. Simplemente, son demasiado traviesos. Imprevisibles.

Ahí es donde entra la precaución del adulto que va los mandos de un vehículo. Como es imposible prevenir lo imprevisible, si vemos que hay niños cerca, o si una señal triangular o cualquier otro indicio nos avisa de ello, debemos actuar como si lo imprevisible fuera a ocurrir.

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Alguno de vosotros estará pensando que digo todo esto porque me ha ocurrido algo con un crí@. Pues sí, fue hace unos meses. Volvía tranquilamente a casa, con mi madre. Ya casi llegábamos, a penas faltaban dos manzanas para llegar. Pero el peligro puede estar en cualquier sitio, recordarlo.

Como muchas calles de pueblo pequeño, aquella calle es estrecha, muy estrecha. Aceras de medio metro, calzada de unos dos. Dos y medio a lo sumo. Dos mujeres adultas de etnia romaní conversaban amigablemente en la orilla izquierda, con sendos retoños de las manos.

Yo me acercaba por su espalda. Pero sin oscuras intenciones, lo prometo. No me fié, solté el acelerador. Y continué mirando hacia la izquierda mientras avanzaba a paso de tortuga.

Estaba ya llegando a su altura, a penas me faltaban unos ocho metros (y no exagero la proximidad), cuando de repente uno de los chavalines gritó y pegó un salto hacia la derecha para perseguir al otro. Es decir, hacia la calzada… justo delante de mi capó.

A 30km/h, ocho metros se recorren en 0,96 segundos. Dicen que el tiempo de reacción medio es de un segundo. Pero claro, eso es si te pilla por sorpresa (que, por desgracia, es lo que suele pasar). Si estás atento, si has previsto que pudiera pasar, puedes reaccionar antes. Además, no miré la aguja, pero probablemente iba aún mucho más lento, precisamente por haber dejado de acelerar.

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En resumen, final feliz. Me paré en seco, y pude lanzar una miradita a la madre del susodicho, quien se ocupó en explicar amablemente a su hijo que no se debe actuar de esta forma, haciendo uso del lenguaje gestual (vamos, con la palma de la mano). Cuando todo pareció estar bajo control, arranqué de nuevo.

Unos metros más adelante me detuve en un stop. Le dije a mi señora madre «acabamos de salvarle la vida a un crí@». ¿Exagerado? Quizá sí. Pero a lo mejor no. Y es que ese «a lo mejor» ya es suficiente para justificar tomar precauciones siempre que lo imposible parezca sólo improbable.

Sigo pasando por esa calle muy a menudo. A veces recuento la anécdota, y pienso que en esa esquina pudo haber cambiado mi vida. Racionalmente, no hubiera tenido la culpa. Pero aún así

Lo admito, yo también he sido «adorable». Recuerdo una ocasión, cuando mi edad apenas rozaba la doble figura, en que bajaba del coche de mi padre con una pelota en la mano. Me puse a botarla mientras caminaba hacia la acera, y votó justo en el bordillo. Como os podéis imaginar, salió disparada hacia la carretera, y yo detrás de ella.

Cuatro carriles, dos a cada sentido. Pero el balón y yo llegamos a la orilla opuesta sanos y salvos. Supongo que los semáforos estaban en rojo. O quizá alguien vio pasar la pelota y dedujo que podía salir una larva humana corriendo detrás, y ese día me salvó la vida.

En definitiva, lo imprevisible, lo improbable… casi nunca pasa. Pero una vez es suficiente para arruinarlo todo. Si cada vez que puede llegar a pasar nos comportamos como si fuera a pasar, eso que tenemos ganado.

Paciencia, en su irreversible camino al ser humano adulta, como todas las larvas los crí@s acaban llegando a la fase de capullo. Sólo que en vez de envolverse en fibras de seda, los adolescentes se comportan como tal. Pero eso es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión.

Fotos | jlmaral, Andrew Mason, zaqi