La zona roja

Cartel como señal

Se llama Hans Monderman, es ingeniero de tráfico y holandés. Un buen día de 1983 mientras desayunaba mirando a la calle tuvo una idea que cambió el curso de la historia rodada de los países bajos: hacer carreteras más seguras dando la sensación de que son muy peligrosas. Las llamó ciudades sin señales y para diferenciarlas de las demás, las pintó de color rojo.

En España estamos demasiado acostumbrados a las limitaciones y prohibiciones, señales que en un espacio pequeño como una ciudad te mantiene totalmente absorto y repartiendo la atención entre las numerosas señales, los peatones y la trayectoria del vehículo. Para quien es novato es un suplicio y para quien ya es experto, salvo casos aislados, una tortura. Son tantas las normas (velocidad máxima, velocidad mínima, estacionamientos y paradas permitidas o prohibidas) que se acumulan y olvidan según pasa el tiempo y avanzamos por la urbe. Con las ciudades sin señales originarias de Holanda no ocurre esto.

A Hans se le ocurrió crear un espacio común abierto a todo tipo de tráfico (rodado, peatones, ciclistas, etc.) lo bastante estrecho como para hacer que los conductores no pisaran el acelerador y a la vez lo bastante amplio como para permitir una buena visibilidad y un cruce seguro entre vehículos. Un asfalto empedrado de color rojo las identifica como zonas sin señales, lugares en los que todo está permitido y que dejan a la imaginaria cívica del conductor las decisiones importantes. Por ejemplo se puede aparcar en cualquier sitio, pero la gente no lo hace en todos por respeto a los escaparates, a los portales y a la visibilidad de los cruces. Tampoco existe prioridad en las intersecciones, así que hay que hacerlo a la antigua y desaparecida usanza: la educación.

Tras tantos años es sorprendente que no se haya exportado a otros lugares. Los países bajos sí tienen unas cuantas, Suiza acaba de inaugurar otras y Francia tiene varios proyectos para ponerlas en marcha. Están dentro del libro blanco de política de seguridad vial de la unión europea y se espera que en las próximas décadas pueblen las grandes ciudades. Y España, que a ratos es el pasmo de europa no iba a ser menos. Concretamente en Barakaldo, una ciudad casi tan grande como la capital de su provincia, Bilbao, se construyó una de esas zonas de adoquín colorado. No duró mucho la propuesta porque al poco tiempo se convirtió en el aparcamiento público de los trabajadores que no estaban dispuestos a pagar OTA (en otros sitios llamada ORA) ni a costearse un aparcamiento privado. Conclusión: tráfico bloqueado y muchas quejas.

Partiendo de la idea de Hans y con un buen sistema educativo quizá en varios años o un par de décadas todas nuestras turbulentas, ruidosas y contaminadas ciudades estén adaptadas a este curioso sistema de circulación. Y es que, este ingeniero partió de la base psicológica del asunto que en otros países se nos pasó por alto: un conductor sólo conducirá de forma totalmente correcta cuando sienta su vida en peligro. Aunque algunos son tan sumamente burros que ni de eso se dan cuenta.

Desde luego, la señalización actual (incluída la de la foto) está muy atrasada como para ser parte del futuro.

  • Es obvio que no se haya exportado a España por la sencilla razón de que funciona a base de educación.

    Y aquí de eso no tenemos mucho.