La resistencia al cambio, mala compañera de viaje

El cambio, motor de seguridad vial

Cuando hablamos de posibles maneras de reducir la siniestralidad vial suele aparecer un argumento que se esgrime en forma de eslogan: Menos multar y más educar. Y así es frecuente que acabemos hablando de cómo tener una cierta educación en torno al problema de la carretera repercute más o menos en la mejora de la seguridad vial.

Pero entonces topamos con una pega. En la mayor parte de los casos, la mejora de la seguridad vial no viene dada exactamente por la educación de los conductores, sino por su reeducación. Y una cosa no es, ni por asomo, lo mismo que la otra.

De forma intuitiva cualquiera dirá que un conductor con muchos años de experiencia difícilmente cambiará su modo de conducir por mucho que se lo digan la DGT, los medios de comunicación y un agente de la Guardia Civil. Y no es que el conductor haya olvidado lo que significan las señales o haya perdido la capacidad de reaccionar ante ellas. Es que, sencillamente, le cuesta cambiar su forma de actuar. Se ha convencido de que le va mejor haciendo de su capa un sayo y no comprende cómo cambiar de actitud le puede reportar un beneficio.

Perro husky en un coche

Quizá la culpa de todo la tiene el perro de Paulov, aquel chucho que babeaba de forma cuasi libidinosa cuando su amo le tocaba la campanilla. A ver, que nadie piense mal, que lo único que hizo aquel científico ruso llamado Paulov con su perro fue someterlo a una especie de tortura psicológica mediante la cual el animal aprendió a relacionar algo que en principio no le decía nada, como era el sonido de una campana, con una suculenta comida hasta el punto de salivar al oír la campana aunque no hubiera carne a la vista. La experiencia de aquel pobre can nos explica cómo aprendemos a asociar emociones involuntarias con hechos que en principio son neutros. Y de forma indirecta, explica nuestra resistencia al cambio.

Explicado en dos patadas, podríamos decir que los seres más o menos racionales tendemos a buscar el placer y, sobre todo, a huir del dolor. Así, se puede decir que nos resistimos a cambiar porque el cambio representa un factor de inestabilidad y, por tanto, de inseguridad, lo cual nos incomoda y nos hace sentir mal. El miedo, en definitiva, es el principal componente de la resistencia al cambio. ¿Miedo a qué? A una situación diferente que desconocemos o que implica una pérdida de algo que poseemos.

Limitación de velocidad reiterada en Becerril de la Sierra

Volviendo al mundo del volante, bien puede suceder que un conductor pase frente a una señal de limitación de velocidad algo más rápido de lo que ahí se marca. En principio ese gesto no le reporta al conductor ningún tipo de emoción. ¿Ha sido un acto involuntario, un despiste? Tanto da. Simplemente ha pasado por ahí con un cierto exceso de velocidad sin mayores consecuencias. Pongamos que en la siguiente señal el conductor sigue circulando con exceso de velocidad sin que pase nada. Y en la siguiente, lo mismo. Y luego, otra vez. Y así en unas cuantas ocasiones.

Poco a poco, el conductor va aprendiendo a relacionar un límite de velocidad con una sensación emotiva que lo empuja a saltarse la limitación. De hecho, se siente mejor ahora que va más rápido de lo que marca la señal, y casi ha comenzado a olvidar que antes respetaba los límites. Obligarlo entonces a frenar y a circular de acuerdo con la Ley es para él una pérdida de su libertad, una intromisión en su vida privada, un afán recaudatorio… Llamémosle X. En definitiva, lo que le sucede a ese conductor es que, como el perro de Paulov, babea ante la visión de una señal que puede saltarse y seguramente se cabreará cuando alguien le recuerde que esa señal obliga a algo.

Se dice que el único cambio que el ser humano agradece de forma natural es el cambio… de pañal. Cualquier otra revolución en sus pautas cotidianas le supone una amenaza. Por eso es habitual que la persona se resista a cambiar. Si tenemos claro el mecanismo por el cual nos aferramos a nuestras actitudes y, sobre todo, si nos convencemos de que ese mecanismo nos impone una forma de proceder que no siempre es coherente, estaremos dando un paso adelante en materia de seguridad vial.

Semáforo en rojo

¿Dónde está la incoherencia de la actitud del conductor que se refugia en la resistencia al cambio? Es rápido de contar. Pongamos el ejemplo de un conductor que respeta escrupulosamente los semáforos en rojo. Ese conductor comienza a trabajar de noche en una empresa que le exige máxima celeridad en los desplazamientos por la ciudad. Pongamos que se trata de un repartidor de pan caliente, o de pizzas, o de lo que sea. El caso es que cada vez que ve que un semáforo se pone en rojo el conductor se mosquea porque siente que va a perder mucho tiempo y que así va a conseguir que lo despidan. Por eso, prefiere saltarse un semáforo si ve que no viene nadie. Y al día siguiente, se salta otro. Y otro más. Y al final decide que un semáforo en rojo en una desierta calle nocturna es una señal opinable.

Y eso sucede así hasta que una noche, al pasar algo acelerado por un semáforo en rojo, choca contra un coche y resulta gravemente herido en la colisión, con la desgracia añadida de que el vehículo contra el que ha colisionado es un coche de Policía que patrullaba en silencio por aquel lugar y cuyos ocupantes han visto cómo un coche se precipita contra ellos tras saltarse un semáforo en rojo. Así lo hacen constar en el atestado y en la denuncia que interponen contra el conductor.

Ante esta situación, la empresa que contrató al conductor se desentiende del problema. El empresario no duda en declarar que él nunca ha forzado a esa persona a infringir la Ley. De hecho, ahora que el conductor ha demostrado tener una actitud tan negativa, ha decidido aprovechar que se acerca la fecha de finalización del contrato para no renovarlo. Está despedido.

¿Cuál era la lógica del conductor? Saltarse el semáforo para conservar el puesto de trabajo. ¿Cuál ha sido la consecuencia de sus actos? Acabar perdiendo el puesto de trabajo a causa de haber chocado por saltarse el semáforo. Poco importa si el empresario es más o menos cínico, ya que ese comportamiento no es modificable por el conductor. Lo sustancial es que el conductor ha caído en las redes de la resistencia al cambio, y que la lógica que le imponía ese mecanismo ha resultado incoherente.

Foto | D’aquella manera, Dan Century, Javier Costas, Blude

  • Referente a la resistencia al cambio existe otra variante que es la contraeducacion o Antipedagogia que no es nada rara.

    Lo contaba Mikel Bort en su libro de cómo aquel padre que habia increpado a un agente de la guardia urbana por multar a su chaval por no llevar casco en moto, dias antes del que luego seria un accidente mortal de su hijo en la misma motocicleta con la cual seguia yendo sin casco , luego se arrastraba llorando ante el mismo, con arrepentimiento por el flaco favor antipedagogico que le hizo…demasiado tarde.

    Yo lo he visto en los boxes de urgencias
    Ver entrar a un familair de alguien al que le estoy contando en tono no autarquico de que podria ser la ultima vez que contara lo sucedido sin casco, suturandole la brecha
    El muchacho asientiendo y llorando …y el padre diciendome que mi mision era suturarle y punto…”que de ello ya se ocuparia él”
    Yo haciendo prevencion secundaria y el incauto familiar destrozando la pedagogia…quizas el minimo resquicio de la resistencia la cambio
    en fin