La pasión por ser el primero, como factor de riesgo

Cola

Mientras esperaba con mis hijas en la cola del parque de atracciones, tres críos brincaron sobre mis pies para hacerse con una posición más aventajada en la fila. Las caras de indignación del resto de niños eran más que elocuentes. ¿Acaso aquellos tres se consideraban superiores a los demás?

Antes de que yo pudiera mediar palabra, una mujer hizo ver a los tres intrépidos niños que estaban saltándose a unos cuantos chavales que estaban allí esperando su turno para acceder a la atracción. Los niños la miraban como si la mujer les hablara en chino.

Al cabo de un momento llegó la madre de los tres pequeños disculpándose con la boca pequeña. Tras recuperar a sus niños y hacerlos retroceder hacia el final de la cola, pude escuchar cómo les decía a sus hijos que tampoco había para tanto, que aquella mujer exageraba haciendo una montaña de una cuestión menor.

Niño jugando con coches

Sin querer, se me formó en la mente lo que podría ser una secuencia de la vida futura de cualquiera de aquellos tres críos. Eran ya jóvenes conductores que intentaban por todos los medios, volantazos incluidos, pasar por delante de otros vehículos en medio de una espesa retención que había que dejar atrás para llegar al centro comercial en plena tarde del sábado. Mientras el resto de conductores esperaban pacientemente que el caos provocado por el aluvión de vehículos fuera remitiendo, aquellos tres conductores reinventaban las leyes a su acomodo en virtud de una prisa por llegar hasta aquel destino que no parecía tener espera posible.

¿Resulta exagerada esta extrapolación? No lo creo. Lo que se aprende de pequeño es la base de lo que se hace de mayor. Es cierto que la vida que llevamos nos empuja a llegar más allá que el resto de nuestros compañeros de viaje. En un mundo competitivo, ser el primero es una cuestión de supervivencia. Si no estamos despiertos, nuestro competidor se llevará el gato al agua al primer descuido. Si no somos los primeros, seremos los últimos. Y en los últimos no invierte nadie ni su confianza ni su dinero. Es lo que hay, y cuanto antes lo tengamos claro, mejor.

Sin embargo, en la carretera la supervivencia no viene dada por el número de codazos que se infligen a los compañeros de viaje, sino por el hecho de viajar ordenadamente, de acuerdo con unas normas y unos valores que se adquieren desde la más tierna infancia. El respeto por el prójimo y la capacidad de entender que no podemos ocupar el espacio de otros de forma indiscriminada forman parte de ese bagaje. No comprender estos aspectos de la vida es emprender un viaje hacia la siniestralidad que por definición resulta alejado de la supervivencia.

Decía Pitágoras: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”. Pues eso. Quienes desde pequeños aprendan a respetar un turno, entenderán que cuando convivan con los demás no tendrá sentido moral ni práctico pasar por encima del otro para llegar hasta un sitio. Al fin y al cabo, tanto el parque de atracciones como el centro comercial seguirán ahí.

Foto | Flickr (gadl, R0AN)

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  • Y a la máxima de Pitágoras me permito añadir la de la abuela : « de tal palo, tal astilla ».
    Si a la madre de los tres « colones » no le parece que sea para tanto, así irá ella por ahí con el coche, avasallando porque « no hay para tanto », y porque « yo lo valgo ».
    Y por supuesto, los niños siguen el ejemplo de sus mayores, claro.
    Educación, respeto, sociabilidad… ¿será arameo para algunos?

    Un saludo,
    Jaume