La paradoja del (pre) conductor ya sensibilizado

Autoescuela Miguel

Tú preguntas a tus alumnos por sus ideas preconcebidas sobre el factor de riesgo que vas a trabajar, luego les das información pura y llana, más tarde les dejas explicar cuáles son sus hábitos, después les muestras el testimonio de una persona que explica en primera persona las consecuencias de ese factor de riesgo y tras el shock emocional dejas que tus alumnos asuman un compromiso de cambio en sus comportamientos, comprobando finalmente los logros de la sesión.

Esa es la estructura de un curso de sensibilización basado en el cambio de actitudes, tal y como me la enseñaron en su momento. Ahora bien, lo que no me explicaron es cómo trabajar con aquellos alumnos que ya tienen claro un factor de riesgo y pese a ello son obligados a estudiar, pongamos por caso, tasas de alcoholemia absurdas desde el punto de vista de la seguridad vial cuando resulta que ellos son abstemios, o el peligro de la carretera cuando ellos han sufrido de cerca un drama vial. Por poner dos ejemplos reales como la vida misma, digo.

Puede parecer una exageración pillada por los pelos, pero creo que no lo es. Cada día tengo más alumnos musulmanes en el aula de enseñanza teórica y según su religión, que siguen con mayor o menor fervor, esos alumnos tienen prohibido el alcohol. En consecuencia, lo de la tasa máxima permitida de alcoholemia les suena a ciencia ficción. Se lo estudian porque hay un examen que pasar, pero a veces me pregunto si no se mirarán el resto del temario con similar escepticismo.

Y si estos casos parecen curiosos o casi humorísticos, los hay que resultan preocupantes.

Coche siniestrado

Cambio de escenario. Esto pasa cuando hablo de los peligros de circular sin cinturón de seguridad y al pinchar un vídeo en clase, siempre advirtiendo previamente del contenido, me encuentro con que alguno de los chicos aparta la mirada con semblante triste. Lo detecto y enseguida me acerco a él por si se encuentra bien. En la mayoría de los casos me explica que él, o alguien cercano a él, sufrió un siniestro a bordo de un vehículo y por tanto ya viene sensibilizado de casa.

Llegamos a la enseñanza práctica. Aunque más de uno desde fuera puede pensar en el cliché del joven loco por conducir a doscientos mil kilómetros por hora, luego resulta que en realidad eso no tiene por qué ser así. Hablo de mi caso personal y puedo contar con los dedos de una mano el número de alumnos a los que he tenido que amonestar por un comportamiento inadecuado en el vehículo.

Despistes los hay, y muchos. Impericias, lógicamente también. Errores de observación, los que quieras y más. Pero kamikazes al volante, más bien pocos. Al revés, cada día me encuentro con más alumnos que me cuentan historias para no dormir, como que un amigo murió en la carretera o que ellos mismos viajaban en un coche que acabó dando tres vueltas de campana. No les pidas que corran porque no lo van a hacer. Por contra, lo que muchos de ellos tienen ya antes de ponerse a los mandos es un miedo feroz a lo que les pueda pasar yendo en coche. Es cuestión de trabajarlo, claro.

Conductor joven

Y llegamos al momento del examen práctico. El protoconductor, convertido en aspirante por un día, tenso por el momento que le toca pasar, cae en un momento de debilidad por la conjura de los elementos que lo rodean, revive su drama personal y sin querer va ralentizando la velocidad del vehículo mientras el examinador le va diciendo que tome más y más velocidad.

Es un contrasentido. Realmente, el examinador sólo está verificando que el ritmo del futuro conductor sea el adecuado, pero como no conoce al aspirante no tiene ni idea de cómo le están sonando sus bienintencionadas palabras mientras a nuestro alrededor vuelan el resto de los coches pasadísimos de vueltas entre temerarias maniobras que milagrosamente no acaban como el rosario de la aurora. Suenan de fondo las Walkirias y el aspirante ve charlies por todas partes. Vietnam existe.

Creo que esta es una de las caras de la moneda de la que casi nunca se habla. Alguno me dirá que mejor para ellos si ya tienen claros los peligros de la vía, pero esa es una visión tan reduccionista que no la puedo compartir. No me parece respetuoso encogerse de hombros ante un problema que con el tiempo y a causa de la intolerable actitud de esos conductores que parecen sacados de una caverna puede derivar en una amaxofobia de lo más amarga. No creo que nadie se merezca eso.

Foto | Autoescuela Miguel, Josep Camós, Andy Karmy
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