La historia de mi amiga Paquita

Niños en el coche

Quiero agradecer a Jaume que me brinde la posibilidad de encaramarme a este estrado, permitiéndome exponer a todo el mundo mi forma de ver las cosas. Él pone palabras y orden a mis pensamientos, presentándolos ante todos vosotros.

¿Quién soy yo? No importa. Soy un simple observador, alguien que contempla el devenir del mundo desde un palco preferente en la tercera fila del aula de tercero de educación básica. Pero la protagonista de esta historia es mi vecina y amiga de toda la vida, Paquita.

Tendríais que conocerla, es la mejor amiga que os podáis imaginar. Vive en el piso de abajo, desde el jardín de infancia siempre hemos ido juntos a todas partes. Nos pasamos las tardes en el parque jugando a pelota, los fines de semana solemos ir de excursión al monte con nuestros padres, y un montón de cosas más.

No es que tenga edad para guardar muchos recuerdos. Pero en todos los buenos que tengo, siempre está ella. No sé que voy a hacer ahora que tiene que irse de la ciudad…

Como vivimos tan cerca, y mi padre entra a trabajar temprano, siempre he ido al colegio con Paquita, en el coche de su familia. Con ella y Marquitos, ese hermano menor tan plasta que tiene.

Lo que vengo a contar ocurrió a mediados de la semana pasada. Resulta que este fin de semana pasado era el cumpleaños de mi amiga. Sus padres le habían prometido comprarle ese regalo que tanto deseaba. Precisamente, iban a ir a comprarlo después de dejarnos en clase.

Tenían que ir hasta la capital y volver a tiempo para recogernos. La madre de Paquita, que siempre se preocupa demasiado por todo, pensaba que no les iba a dar tiempo y estaba algo nerviosa, pidiendo a su hombre que no perdiera tiempo.

Nos dejaron delante de la puerta quince minutos antes de lo normal, se despidieron rápidamente y emprendieron el viaje. A Paquita le brillaban los ojos de ilusión al verlos marchar, pensando en que la próxima vez que los vería, llevarían consigo lo que ella llevaba meses pidiendo. Estaba tan ilusionada…

Familia en coche

Siempre se me han dado bien las mates. No así a Paquita, las odia. «Ufff, aún queda una hora para tener mi regalo, ¡y además es de mates!», me dijo.

Cuando la seño estaba a media división con no sé cuántos decimales, entró el director en clase. Siempre ha sido un hombre serio, de lo más soso. Pero nunca le había visto esa cara. Lanzó una breve mirada hacia nosotros, en la tercera fila. Susurró algo al oído de la profesora, a quien también le cambió la cara.

«Francisca Díez, ¿puedes acompañarme un segundo?». Ella se sorprendió. Pude ver acompañaba al director del colegio, al otro lado de la puerta les esperaba su hermano pequeño. Y, a su lado, un policía.

Al terminar la clase, ella aún no había vuelto. Yo no sabía muy bien que hacer; sin ella, ¿me vendrían a recoger sus padres? De repente, me vino el director y me dijo que él me acompañaría a casa. No quiso, o no supo, explicarme qué pasaba.

Ya en casa, el director habló un par de minutos con mi madre, que se puso muy triste. Comimos en silencio. Ese día, por primera vez en mucho tiempo, encendió la televisión mientras estábamos en la mesa. Me dijo que esa tarde no iría a la escuela; y que a partir del día siguiente tendríamos que caminar juntos hasta la casa de mi tío, quien me llevaría al cole.

Yo sólo atiné a preguntar si el tito también me llevaría a la casa rural que los padres de Paquita habían alquilado para su fiesta de cumpleaños este fin de semana. «Creo que no va a haber fiesta, vida», respondió mientras le empezaban a brillar los ojos.

Desde ese día, sólo he vuelto a ver a Paquita una vez más. Dijo que venía a despedirse, que se iba de la ciudad. Para siempre. Se va a vivir con sus abuelos. Prometimos mantener el contacto, aunque me olvidé de darle la postal que había preparado para su cumpleaños.

Nunca olvidaré el brillo de sus ojos cuando se despedía. Un brillo muy diferente al que tenía sólo hace unos días, cuando se despedía de sus padres.

Este lunes he ido al colegio en el coche de mi tío… sólo.

Foto | ToriaURU, Marthax.

Postdata: Esta historia es pura ficción. Pero, por desgracia, hay miles de historias que no lo son…

  • joxepo666

    Joer! Pobre criatura, se me han saltado las lagrimas. Por desgracia, es la única forma en la que la gente se da cuenta de lo que supone, sino, mientras no les toca, todo le mundo es “inmune” y “controla”.

    • Jaume

      Si, estoy de acuerdo.

  • escargot

    Soy profe y, si entrara alguien a sacar a un alumno por esas causas… de verdad, no sé qué le diría. La tarea de dar una mala noticia es algo que nadie quiere que le toque. 

    Con todo el cariño del mundo y sí, ya lo sé… pero eres retorcidete, Jaume. 😉 

    • Jaume

      ¿Así que el famoso pitufo gruñón también es profe? Curioso 😀

      • escargot

        ¿Eh? ¿Qué tengo yo de gruñona? XD

        • Jaume

          No, tú no. Tu compañero de la rueda, supongo que trabajará de lo mismo.

          • escargot

            Pues sí, y además se le da bastante mejor que a mí.

            Con eso no me fastidia, al revés… es un buen compañero. Pero con todo lo demás…

          • escargot

            Ya sé lo que estás pensando… que deberíamos dar ejemplo. Lo sé.