La excitante atracción por las emociones intensas

Viena Auto

Salía de uno de esos restaurantes de comida rápida que abundan por nuestros centros de ocio tras haberme metido entre pecho y espalda un bocadillo de jamón. Fue entonces cuando vi a un chico a bordo de un… bueno, no importa qué marca ni modelo, dejémoslo en que era un coche. De repente el mozo le metió un buen castañazo al acelerador al pasar unos resaltos para acabar frenando justo antes de doblar la esquina del edificio del restaurante. Sucedió en el lugar que muestra la foto.

Extrañado por aquella forma de actuar, tuve la humorada de ir tras el vehículo caminando tranquilamente. Unos metros más allá aguardaba el coche mientras su conductor se disponía a realizar un pedido en la ventana de atención a vehículos. Sin más, me acerqué al muchacho y le pregunté por el acelerón y frenazo que acababa de dar, que a mí me parecía a todas luces innecesario.

— Hola. Perdona, una pregunta…

— Sí. Dime, dime.

— Mira, es que tengo una curiosidad. He visto que antes de pararte aquí habías pegado un acelerón para pasar el resalto de goma y luego has metido un frenazo de la hostia antes de girar. ¿Para qué lo has hecho?

Su primera reacción fue de asombro. Luego me repasó con la mirada de arriba a abajo como preguntándose quién era yo para dirigirme a él y, más aún, quién era yo para cuestionar su forma de conducir por allí. Sin inmutarme por su aparente suficiencia, esperé pacientemente a que aquel buen hombre me explicara el porqué de su acción.

— Pero… ¿tú de qué vas?

— ¿Yo? De nada. Simple curiosidad. ¿Para qué lo has hecho?

Mantuve impertérrito mi mejor cara de tonto durante el tiempo necesario como para esquivar todos sus ataques y menosprecios no verbales… y al final el muchacho cantó. Me explicó de muy buenas maneras que le gustaba sentir la aceleración en su cuerpo. Que notaba cómo se le ponía el corazón a cien cada vez que pisaba gas a fondo y cada vez que frenaba apresuradamente para demostrarse a sí mismo el completo control que poseía sobre la máquina. El chico fue explicándome con todo lujo de detalles cuáles eran sus sensaciones y finalmente comprendí que aquellas pruebas de poder lo catapultaban a un estadio que sólo podía compararse con el éxtasis que alcanzaba al culminar el acto sexual con su novia.

Me pareció extraño, ya que en el momento que vi pasar al chaval acelerando y frenando, sólo pensé en lo contradictorio de sus actos y en los dolores de cabeza que iba a tener en tiempos de crisis para pagar los derroches originados por sus curiosos hábitos al volante: gasolina, suspensión, frenos…

Y eso, sin contar que se le podía haber metido por el medio alguna persona que, como yo, saliera tranquilamente después de echar un bocado en el restaurante. Pero supongo que esas eran cuestiones menores comparadas con el subidón que experimentaba el chaval, dónde va a parar.

Foto | Josep Camós

  • Le habría venido bien que fuera al revés… ¡ejem! que viniera de la curva, y que hiciera la machada sin percatarse del resalto.

    Bajo mi punto de vista, siempre que su susto, o posibles daños del vehículo no repercutieran a una persona inocente cercana… pues perfecto.