La cruda historia del conductor que se droga mientras que sus acompañantes callan por temor

Fiesta en Ibiza

De vez en cuando *el alumno* llega a la autoescuela con *un acompañante* y me pregunta si esa persona puede venir con nosotros mientras hacemos la práctica. Nunca me niego. Sé que a veces el acompañante viene sólo para no quedarse colgado en la calle durante una hora, y sé que otras viene para evaluar a mi alumno y así luego darle su parecer sobre por qué no quiero que vaya a examen todavía. Son gajes del oficio que me tomo con buen humor. Hace ya tiempo que entendí que todos saben más de mi trabajo que yo mismo, de manera que acepto que el acompañante opine acerca de mi labor como docente a cambio de *que se mantenga en silencio* durante la práctica.

Hace unos días, mi alumna Ana se presentó con Eva, una amiga suya que no quería evaluarme sino que se negaba a congelarse en la calle durante una hora. Al poco de comenzar la clase, tuve que dejar un momento a ambas chicas a solas en el coche para recoger una documentación en la autoescuela, y al volver me las encontré debatiendo sobre una llamada que al parecer había recibido Eva en su móvil. La había llamado Eli porque Isi estaba muy cabreado con todas ellas. *Isi se negaba a llevarlas* aquella noche de viernes en el coche porque había corrido de boca en boca que él se metía de todo y que *daba miedo* su forma de conducir. Total, que se habían quedado sin medio de transporte para *ir de fiesta* a la discoteca de un mal comunicado polígono industrial.

Las chicas estaban *al borde de la desesperación.* Se habían quedado sin coche horas antes de salir por ahí. Y todo porque alguna amiga común, seguramente Rut, se había ido de la lengua al decirle a Isi que daba miedo acompañarle cuando había tomado un poco de todo. La conversación derivó hacia la escasa actividad neuronal del cerebro de Rut. Tanto Ana como Eva se mostraban perplejas por la enorme candidez de esa amiga común al haber sido tan inocente de espetarle a Isi su peor defecto.

“Pero, ¿cómo puede haber sido tan tonta de decirle algo así?” “Si es que es normal. Es que no me extraña que Isi nos haya dejado colgadas. Me dicen a mí que da miedo cómo conduzco y les digo que ya se pueden ir caminando.”

Fiesta desenfocada

Total, que el *drama* era que las habían dejado sin poder ir de fiesta y la culpable de todo era Rut. Y los dramas, a según qué edades, se magnifican hasta límites imposibles, de manera que me encontré en un *fuego cruzado* difícil de cortar y encauzar hacia mi propósito como profesor de prácticas. Decidí emplear entonces mi perfil de profesor de teórica y fui dejando que el debate fluyera mientras le pedía a mi alumna que hiciera estacionamientos sin ningún tipo de riesgo, sólo para evitar que su permanente estado de distracción nos metiera en un apuro.

Tras mucho aguantar faltas de silencio en el coche, *mi única reflexión en voz alta* al acabar la práctica vino a ser algo como: “Si lo que decís sobre Isi es cierto, entonces quizá vuestro problema de verdad no es exactamente que os hayáis quedado sin coche.”

*No estoy seguro de que entendieran* lo que les quería transmitir, pero aquellas chicas tampoco parecían demasiado predispuestas para abrir sus mentes a una nueva realidad. El drama seguía siendo haberse quedado sin medio de transporte para irse de fiesta. El próximo día, ya sin la acompañante Eva, espero poder charlar tranquilamente con Ana sobre los riesgos de subirse a según qué coches con según qué conductores al volante. Eso, si es que la chica continúa con vida, claro.

Foto | GuerreroTook, inocuo