La chica de la curva

Curva

Seguro que conoces la historia, en alguna de sus infinitas versiones. Trata sobre un aguerrido conductor, que vuelve a casa por la noche circulando por una vía secundaria allende las montañas. La oscuridad es total, tan sólo rota por la luz de los faros de su propio vehículo. Hace un buen rato que no se ha cruzado ni un alma en su camino.

De repente, ese mismo haz de luz ilumina el dedo pulgar levantado de una joven de aspecto angelical. El conductor, en parte cautivado por la belleza, en parte preocupado por encontrársela sola y desvalida en medio de la nada, frena para detener su vehículo dócilmente al lado de la muchacha.

Sin mediar palabra, abre la puerta y toma el asiento del copiloto. «Te llevaré al siguiente pueblo, no puedes estar por la carretera sola a estas horas de la noche». La única respuesta que obtuvo fue una sonrisa. El conductor vaciló unos instantes. Observar a la autoestopista aparecida de la nada borraba cualquier pensamiento de su mente. No era sólo por su belleza, notaba algo… irreal en ella.

Al poco, nuestro protagonista se dio cuenta de que estaba detenido en medio de la carretera, así que decidió arrancar. El trayecto transcurrió sin novedades durante unos cuantos kilómetros de aquella carretera de montaña. La nueva acompañante no parecía interesada en hacer el menor aprecio a los tímidos intentos del de iniciar una conversación por parte del conductor.

Sin previo aviso, con una voz mezcla a partes iguales de sensualidad y profundidad de ultratumba, la chica pronunció las siguientes palabras: «cuidado con esa curva, ahí fue donde tuve el accidente y morí».

Con los ojos como platos de desconcierto, el conductor giró su cabeza a la derecha, intentando dirigir la mirada el rostro de la muchacha en busca de una explicación. Pero no logró ver a nadie. Tan sólo el asiento, tan vacío como estaba cuando inició el viaje. No pudo salir de su asombro.

Curva por la noche

Tras el asiento vacío, lo próximo que vio el conductor fue un majestuoso abeto que lo esperaba al otro lado de la cuneta. Si hubiera habido alguien en las cercanías, habría dicho que lo que ocurrió a continuación fue horrible, dantesco. Sin embargo, desde el punto de vista del hombre todo fue bastante rápido y pacífico. Simplemente, notó como el tronco del árbol lo catapultaba hacia un lugar del que no volvería jamás.

Sólo es una historia para contar alrededor de la hoguera, con la linterna enfocada directamente a la cara. Sin embargo, como suele pasar con la mayoría de los cuentos de la tradición oral, tiene moraleja. Más allá de la necesidad de comprobar la presencia de signos vitales en cualquiera que recojamos, la lección que aprendemos de esta historia es que todos los ocupantes de un vehículo pueden causar un accidente si su comportamiento no es adecuado.

Dicho de otra forma, cualquier ser humano que se encuentra en un vehículo juega un importante papel en la seguridad del mismo. Incluso podríamos generalizar lo dicho para incluir los peatones: La seguridad vial no depende únicamente de los conductores, sino que la colaboración de todas las personas que se encuentren en la vía pública o sus inmediaciones.

Todos somos responsables de nuestra propia seguridad. Pero también de la seguridad de todos aquellos que nos rodean, conocidos o no. Por eso siempre decimos que la seguridad vial es un hecho social. No tiene que convertirse en una obsesión, eso nunca sería bueno; se tiene que convertir en un hábito. Interiorizar la responsabilidad vial hasta que forme parte de nuestra misma naturaleza.

Aunque a menudo no lo pensemos, pero es así. Cuando nos subimos al coche de otro conductor, o a un autobús… Incluso cuando caminamos por la calle… cualquiera puede convertirse sin darse cuenta en una chica de la curva para otro conductor.

Fotos | Salvador Altimir, Fauxto_digit