La canción triste del monigote rojo

No pases, por favor

No, no quiero verlo. Me voy. Que me sustituya el verde un rato, no quiero estar presente. Luego vuelvo.

(…)

Ya me toca. Vaya, aún está esto así. Qué panorama. Yo ya intenté avisar. Siempre lo hago. «No es el momento, aguardad un poquito». Lo repetía una y otra vez. Estoy seguro de que me vieron, no pueden decir que el mensaje no llegó. Aún así, no puedo evitar sentirme mal.

Yo estoy aquí para ayudar. Es mi finalidad, lo que da sentido a mi existencia. Y creo que mi cometido es conocido por todos. Todos aprenden de pequeñitos que, cuando me ven, deben quedarse quietos un rato. Sólo un ratito. Nunca estarán solos, yo les hago siempre compañía.

Pero no me puedo atribuir todo el mérito. Es un trabajo en equipo. Cuando llega el momento, cedo el testigo a mi amigo color esperanza, que amablemente acompaña a todos los viandantes al otro lado.

Lo que no entiendo es la cantidad de gente que ignora mis consejos. ¿Creen que les hago esperar por gusto? ¿No ven lo que puede llegar a doler un golpe de uno de esos coches? Sí. Hoy lo han visto.

Mira, ese es el padre. Le recuerdo, le he visto por aquí muchas veces. No me extraña que esté tan nervioso. Yo no sé lo que haría, la verdad.

Lo que no es tan razonable es que chille de esa forma al chico de la berlina. Él tenía luz verde, puedo dar fe. Además, yo mismo he visto a ese padre cruzar de la mano con sus hijos pasando a mi lado.

Yo y mi hermano

Si, recuerdo haberlo visto hacer caso omiso de mi advertencia muchas veces. Me estremecía todas y cada una de las veces. Hasta hoy, nunca pasó nada. Pero pudo pasar… O, mejor dicho, sí que pasó algo. Porque lo de hoy es consecuencia de aquellas veces.

Yo intentaba aumentar mi brillo colorado para advertirles, pero no había nada que hacer. Buen hombre, ¿cómo esperas que me hagan caso si tú mismo has desprestigiado mis señales?

Y no es que sea el único. Ni mucho menos. Cada vez que aparezco, veo como me reciben con cara de hastío. Yo intento ser amable, me disculpo por hacerles esperar. Intento hacerles ver que, por su bien, es mejor dejar pasar con tranquilidad esos monstruos de cuerpo metálico y pies gomosos.

Tampoco les hago esperar tanto, ¿verdad? Siempre les prometo que mi primo circular no tardará más que unos segundos en aparecer para que los motorizados les permitan el paso.

Yo no quiero asustar a nadie. Ni hacerle perder el tiempo. Sólo quiero ayudar. Evitar que pase… lo que desgraciadamente acaba de pasar. Es descorazonador. ¿Qué pensarán de mi todos los que deciden pasar de mi luz? Yo, viendo lo que veo ahora, si sé qué pienso de ellos.

No, no quiero verlo. Me voy. Que me sustituya el verde un rato, no quiero estar presente. Luego vuelvo.

  • nomar55

    Un buen post; sí, señor. Además; Jaume, con él demuestras ser elocuente y estar dotado de ciertas dotes poéticas.

    No sé, queda mucho por hacer en este sentido de educar al peatón. Sin embargo, y volviendo la vista atrás en el recuerdo, creo que se ha avanzado bastante en este aspecto (hace 30 años prácticamente nadie respetaba los semáforos en rojo), aunque no sea más que porque el parque automovilístico ha aumentado tanto en las últimas décadas que por lo menos algunos peatones ya temen cruzar la calle con el muñequito rojo encendido, por si acaso… Naturalmente, el objetivo a alcanzar debe ser el sustituír el indefinido “algunos” por “todos”.

  • escargot

    Reconozco que no siempre hago caso al muñequito rojo (en cambio, cuando conduzco, sí que respeto los semáforos), pero…

    Hace años hubo un atropello muy cerca de donde vivía, en una avenida de unos seis carriles. A la salida de un colegio, en un paso de cebra con semáforo, atropellaron a un crío. El conductor no huyó.

    Se presentó allí una ambulancia, la Policía… y llamaron también a los padres del crío. La madre, en cuanto llegó, se fue corriendo a la ambulancia. El padre apareció por la otra punta de la calle, esquivando coches en las dos direcciones a lo largo de seis carriles y fuera de cualquier tipo de paso. Se fue directo a pegar al conductor, que estaba con la Policía y sin poder creerse lo que había pasado. Y la Policía tuvo que protegerlo del padre.

    Cuando salió la noticia en el periódico daban estos datos: el conductor iba a la velocidad adecuada, tenía el semáforo en verde y dio negativo en el control de alcoholemia. El crío, aunque tenía el muñequito rojo, lo había ignorado y se había avalanzado contra el coche. Al ver a su padre cruzando los seis carriles resultaba evidente dónde había aprendido a hacer eso.

    Varios años después volví por ese barrio y entré al bar al que iba a veces cuando vivía allí. Hablando salió el tema y me dijeron que el chico había estado grave pero había salido adelante. Pero esto habría sido evitable.

  • Papapete

    Gran monologo interior!!!

    Por otra parte entrando en el tema del post no somos conscientes muchas veces de las posibles consecuencias que nos puede produrcir.Aunque en algunas sutuaciones,contadas esto no supone en peligro,pero en contadisimas ocasiones.