Impredecibilidad, o mantener el secreto de estado

intermitenteva.jpg

No saber qué va a pasar es un gran inconveniente cuando uno quiere programar sus acciones de forma que sean tan seguras como sea posible. Por desgracia, la física sólo permite qué recordemos el pasado, no el futuro (a no ser que uno esté dispuesto a ponerse las gafas del revés y vestirse con la cortina del baño a modo de túnica).

Y aunque parezca una chorrada, eso tan simple está detrás de todos los accidentes de tráfico. Si los protagonistas lo hubieran sabido, no habrían salido de casa ese día. Obviamente porque, aunque a veces parece que muchos los buscan, nadie quiere tener un siniestro. Pero, por desgracia, no es posible saber lo que va a ocurrir.

Tenemos cierto control sobre todo lo que depende de nosotros. Podemos decidir llevar una velocidad adecuada, respetar las preferencias, etc. No podemos predecir cuando va a haber un charco en la calzada, pero si no vamos demasiado deprisa probablemente podremos evitar el temido aquaplanning.

Sin embargo, lo que no podemos saber de ninguna de las maneras es lo que harán el resto de usuarios de la vía. De hecho, el propio concepto de tener unas normas de circulación tiene, precisamente, la finalidad de reducir la incertidumbre en el tráfico.

Por ejemplo, al conducir por una comarcal, puedo circular tranquilamente por mi derecha, sabiendo que si tras aquella curva me encuentro con alguien de cara, ocupará el otro extremo de la carretera.

Es algo trivial, que todos damos por sentado. Pero si no hubiera un consenso social (o una ley) que dictara por que lado de la calzada circulamos, la incertidumbre sería mucho mayor.

En ese sentido, cada vez que alguien quebranta algunos de los preceptos del reglamento, está negando la predictivilidad tan necesaria para la seguridad vial. Incluso hace algo peor, ya que el resto de conductores asumían que el comportamiento del infractor iba a ser el predecible según las normas. Predecir bajo premisas que resultan ser faltas representa un nivel de impredecibilidad mayor (léase, más peligroso) que si simplemente imperase la ley de la selva.

Dicho de otra forma, la impredecibilidad imprevista es más imprevisible que la impredecibilidad prevista.

Un intermitente con historia

Incluso si todo el mundo jugara según las normas, aún existiría cierto nivel de impredecibilidad, en especial en aquellos lugares en que las trayectorias de dos o más vehículos se cruzan: sobre todo en intersecciones, pero también en cambios de carril.

Precisamente por este motivo, los vehículos modernos incorporan de serie el mecanismo reductor de impredecibilidad por excelencia: el intermitente.

Al respecto, me gustaría compartir una anécdota. Conducía yo, teniendo como copiloto a una de esas personas que, ya sea por elección o por falta de necesidad, jamás ha estado en una clase de teórica (porque jamás se ha intentado sacar ningún permiso o licencia). Estábamos detenidos en el ceda previo a una rotonda.

Mi acompañante notó que yo hacía un amago de entrar, pero me detuve en seco al ver como un vehículo finalmente “seguía girando” al rededor de la isleta central. Justo detrás de él, un nuevo intento frustrado.

Entonces, supongo que intentando explicar para si mismo por qué había intentado salir dos veces si había tráfico, la personita de mi derecha tuvo un instante de claridad y exclamó: «pero si no ponen el intermitente».

En estas, probablemente un abogado de los que salvan el culo cuello a mafiosos, ricachones y ministros podría argüir algo del estilo de «mi cliente tiene derecho a no hacer público su destino». Ni que fuera un secreto de estado.

Aunque como técnica de privacidad, la omisión del intermitente deja mucho que desear. No sólo es una infracción del código, sino que además basta con esperar unos segundos para ver a donde se dirige el conductor en cuestión.

Eso sí, puede hacerlo bien orgulloso de haber mantenido el misterio hasta el último segundo.

Fotos | Garchauro, Mermadon_1967