¿Hay cinismo en la polémica del canje de permisos?

Canje del permiso de conducir

Esta semana ha saltado a los medios una noticia que lleva implícita la polémica. Resulta que llevamos unos años en que se canjean permisos de conducir de países extranjeros como quien hace churros. El año pasado se convalidaron en España 186.974 permisos de conducir de ciudadanos que no tuvieron que pasar prueba alguna para demostrar sus conocimientos, habilidades y actitudes al volante. El problema salta porque buena parte de los conductores que canjearon su permiso proceden de países latinoamericanos donde la obtención de esta autorización administrativa es poco menos que un trámite económico. Desde el año 2002, el canje de permisos se ha triplicado.

Vamos, que en muchos casos hablamos de permisos comprados sin que el conductor haya recibido una formación similar a la que se imparte en España, según atestiguan tanto la CNAE como la CICEFOV. Y cuando el conductor sí que ha sido formado en su país de origen, resulta que los sistemas de señalización y la misma manera de conducir son diferentes en los dos continentes.

Latinoamérica está en el punto de mira de la OMS y del Banco Interamericano de Desarrollo y la Organización Panamericana de la Salud. Ambos organismos piden que se tomen medidas urgentes para atajar la elevadísima siniestralidad que registran estos países ante un panorama futuro que no parece alentardor, sino más bien aterrador. De hecho, una de las patas para reducir las alarmantes cifras de mortalidad debida a la carretera consiste en aplicar exámenes más rigurosos, teóricos y prácticos, similares a los implementados en la UE.

Hablando con algún que otro ciudadano de estos países que ni se plantea lo que significan las palabras “seguridad vial”, a poco que le haces ver los riesgos de una conducción desatenta o le explicas la importancia de saber anticiparse a los problemas, la respuesta es esclarecedora: “Es que tú no te puedes imaginar. No tiene nada que ver lo que piden acá con lo que se hace en mi país”. Y estoy hablando de casos reales, de conductores de verdad a los que se les ofrece el canje directo pero que, por fortuna para ellos y para los demás, prefieren dar algunas clases y presentarse a examen para luego saltar con red. ¿Cuántos habrá? ¿Un caso entre 10.000? Ni idea.

En resumen, el canje de permisos de conducir indiscriminado es un coladero y un agujero en la seguridad vial. Creo que ahí podemos estar de acuerdo todos, a un lado y a otro del charco. Es necesario unificar criterios y lograr que todos los conductores, aquí y allá, tengamos una fuerte convicción por la seguridad vial. Sin embargo, ¿qué proporción de cinismo hay en rasgarse nuestras españolísimas y europeísimas vestiduras por las convalidaciones? ¿Realmente el canje indiscriminado de permisos americanos constituye una seria amenaza para nuestra impoluta seguridad nacional?

Doble espejo interior en un coche de autoescuela

Me explico. Vivimos en un país en el que, sí, se exige (al menos en la zona que yo trabajo y según sople el viento, claro está) un cierto nivel al aspirante a la obtención del permiso de conducir antes de concederle la cartulina blanca y provisional que dará pie a un plastiquito rosa superchachi. Para llegar a ese nivel el alumno habrá asistido a una serie de clases teóricas que le habrán enseñado los fundamentos de la normativa y la aplicación del sentido común en materia de seguridad vial, y habrá tomado las clases prácticas que su profesor particular haya estimado convenientes para garantizar que el buen mozo (o moza, tanto me da) será un conductor ágil y seguro a partes iguales.

Bonito planteamiento, ¿verdad? Pues tampoco es así. A teórica vienen los alumnos que vienen. El resto se quema las pestañas aprendiendo de memoria respuestas de test como quien hace crucigramas en la sala de espera del dentista. Lo gracioso del tema es que cuando esos alumnos se dignan a acudir a clase te comentan que en el aula se aprende mucho más y luego se entienden mejor los tests. Mira tú qué cosa más curiosa.

Tampoco es necesariamente cierto que el alumno se convierta en aspirante cuando lo decide su profesor. Sí, sobre los papeles es así. Y de hecho al pie de la ficha de cada uno de mis alumnos hay una frase hecha según la cual el alumno ha recibido la formación necesaria para ser presentado a examen. Sin embargo, al final quien decide en muchas ocasiones cuándo debe ir a examen el alumno es el poderoso caballero don Dinero o la voluntad de los padres del interfecto. Ya le puedes decir por activa y por pasiva que le falta un hervor, o dos, o tres o la caja entera de pastillas Avecrem, que cada uno escucha lo que quiere (o puede) escuchar. En esas circunstancias, lo habitual es que el alumno suspenda estrepitosa y calamitosamente, ergo entendemos que el sistema funciona. Pero el sistema tampoco es perfecto, por lo que de vez en cuando se escapa algún que otro espécimen al que dan ganas de pedirle la matrícula del coche que llevará para evitar cruzarse en su camino.

Por otra parte, a menudo ese plastiquito rosa superchachi se convierte tras su obtención en un cheque en blanco para cometer las más variadas tropelías. Sin nadie que controle realmente la degeneración de las aptitudes del conductor, el olvido voluntario o no de las normas y la curiosa metamorfosis de las actitudes al volante, el plastiquito rosa superchachi se convierte en un salvoconducto para circular libremente por el país de L’Oréal, en que yo como conductor hago lo que me viene en gana “porque yo lo valgo”.

Y no, no me sirven las renovaciones que se llevan a cabo cada tantos años. No me sirven porque no son más que revisiones de a tantos euros el certificado médico. Y menos me sirven, después de haber visto ya varios casos de personas supuestamente aptas que difícilmente serían capaces de atarse los zapatos mascando chicle a la vez. Tampoco me sirve de mucho el permiso por puntos como garante de las actitudes seguras de los conductores, cuando la ejecución del sistema se está centrando en eliminar sólo un par o tres de conductas de riesgo. Que está bien, pero que no es lo único que hay que reeducar. Nuestro panorama es manifiestamente mejorable.

Total, que teniendo en cuenta cómo está el patio patrio y, lo que es peor, como sigue y cómo seguirá, ¿quiénes somos nosotros para etiquetar como problema que 200.000 conductores más hayan aprendido a conducir en circunstancias tan penosas? Entiéndaseme: Son un problema, claro que sí, pero simplemente uno más dentro del deporte nacional de pasarse las normas y la seguridad vial por la entrepierna. Si se me permite la paradoja, a eso se le llama integración. ¿O no?

Vía | Revista Travesía

Foto | Josep Camós

  • Totalmente de acuerdo con lo escrito, aunque es lamentable…