Hacer cola, o colarse

Gente guardando cola

En la vida ocurre muchas veces que dos o más personas quieren acceder a un lugar, o a un servicio, donde sólo cabe un usuario a la vez. En el mundo animal, probablemente, eso desencadenaría una lucha de poder. Pero como somos civilizados (en teoría), entre todos hemos acordado unas reglas que nos permiten discernir el orden en que se otorga el turno. Básicamente es lo que llamamos hacer cola.

Hacer cola es algo que todo llevamos dentro, estamos más que acostumbrados a ello. Sobre todo, lo llevan dentro las embarazadas de mellizos. Desde pequeñitos nos enseñan a ponernos uno detrás de otro y acceder al aula de forma ordenada cada mañana. Lo tenemos tan interiorizado que basta con ver un montón de gente para que nos venga la frase «¿quién es el último?», incluso si no estamos muy seguros de qué aguarda delante del gentío.

Hay colas postmodernas, basadas en adquirir un boleto numerado que nos permite demostrar que, efectivamente, hemos esperado el tiempo preciso sin trampa ni cartón. Pero la técnica clásica de la cola sigue siendo la misma de siempre: ponernos todos unos delante de otros, en fila, con el acuerdo tácito que los últimos en llegar se ponen detrás, y que a uno no le corresponde el turno hasta que no queda nadie por delante.

Sin embargo, oh míseros humanos, siempre que hay una regla, sea escrita o tácita, aparece alguien con deseos de burlarla para obtener un beneficio. En las colas es algo, desafortunadamente, tan común que incluso tiene nombre: colarse.

El colarse es un arte tan milenario como la propia cola. Podemos encontrar millones de variantes. Yo recuerdo que el truco de moda en mi colegio, de pequeño, era buscar algún conocido entre los primeros de la fila y lanzar una propuesta indecente: «si me cuelas, te cuelo».

Incluso se llegaba a escenificar: el recién llegado se ponía justo delante de su compinche, porque voluntariamente le había cedido el puesto: le había colado. Acto seguido, decía «ahora te cuelo yo», por lo que el compinche recuperaba su posición, pero ahora con su descarado amigo justo detrás. De esta forma, el que llevaba rato en la cola no veía comprometido su lugar. Pero el nuevo había adelantado al resto, que no podían quejarse debido a que (según la lógica prepuber) el compinche había cedido su puesto voluntariamente.

Cola de aventureros esperando acceder al Dragon Khan

En circulación motorizada, todo esto no es muy diferente. Hay muchas ocasiones en que dos coches no pueden pasar a la vez, por lo que simplemente guardamos cola. La técnica es similar, el primero en llegar se pone delante, los demás esperan detrás. Es lógico que se haga así, los recién llegados no pueden ponerse delante, porque ya hemos dicho que sólo puede pasar un coche a la vez.

Los ejemplos en que se utiliza la técnica estándar de la cola son numerosas: semáforos, stops, incorporaciones a autopistas, atascos, etc.

Aunque todo lo que estoy diciendo parece (y es) de perogrullo, si lo piensas tiene bastante lógica. Es normal que el primero en llegar sea también el primero en pasar, una vez exista oportunidad de hacerlo de forma segura. Es la manera más justa, todo el mundo pierde el menor tiempo posible. Si el último en llegar fuera el primero en pasar, el primero de la fila debería esperar a que todos los demás hubieran pasado, ¿no?

Sin embargo, como en las colas normales, siempre hay quien quiere saltarse las normas sociales en beneficio propio. No hay más que pensar en los numerosos hachazos que uno puede observar de forma rutinaria en cualquier atasco. O vehículos a dos ruedas que zigzaguean entre coches en los semáforos, a menudo obligando a que sean adelantados dos o más veces (si son ciclomotores o bicicletas) .

Otro ejemplo: siempre me ha causado curiosidad el motivo por el que un coche que venía detrás de mi durante kilómetros, al llegar a un semáforo en rojo decide cambiar de carril y ponerse a mi lado. Pero, chiquillo/a, si no me has adelantado hasta ahora es que vamos a la misma velocidad. Entonces, ¿qué ganas?

Todo esto se puede catalogar como descortesía, mala educación, tener morro, ser un hijo de caradura,… Pero ayer mismo presencié un caso que, además de todo eso, creó auténtico peligro a otros usuarios de la vía. Os cuento.

Cola de vehículos

Yo circulaba por una autopista, bastante concurrida, pero aún podíamos circular cerca de la velocidad máxima permitida (80km/h en ese tramo). Me aproximaba a una incorporación saturada. Como siempre, la fila de vehículos había apurado todo el carril de aceleración, y estaban esperando justo al final; será que les gusta el riesgo de despegar en pista corta, pero eso es otra historia.

Como en el segundo carril no había nadie, puse el intermitente y me desplacé a la izquierda para facilitar la incorporación. El coche que me seguía hizo lo mismo, y como además estábamos todos respetando una distancia de seguridad digna del nombre, quedó un hueco bien hermoso para que pudieran entrar unos cuantos coches de la fila.

Lo que vi a continuación me dejó patidifuso. Como dice el anuncio de radio La Colifata, el ser humano es maravilloso.Camiones guardando fila El coche que ocupaba el tercer puesto en la parrilla de salida de la incorporación (porque debe ser una parrilla de salida, sino yo no entiendo nada) decidió que ya había esperado suficiente, y que sus dos predecesores no reaccionaban con suficiente diligencia al hueco recién creado, así que simplemente maniobró en el escaso metro que le separaba del coche de adelante y, pisando a fondo, se incorporó antes que nadie.

El coche que estaba primero en la fila tuvo que frenar en seco. Ya había avanzado lo suficiente para invadir un tercio del carril, así que el Schumacher impaciente de turno tuvo que esquivarlo, pasando a escasos centímetros. Si quisiera exagerar, diría que incluso salieron algunas chispas.

Como os podéis imaginar, no pasó nada. No sería tan macabra como para contarlo en un blog si hubiera habido un accidente (o sí). Pero podrían haber pasado muchas cosas. Podría haber habido una colisión entre el coche que se había saltado el turno y sus precedentes. O, quizá, para evitar dicha colisión, el apresurado colón habría podría haber dado un volantazo hacia la izquierda, invadiendo otro carril. O, quizá, el primero de la fila podría haberse asustado al ver un coche con el que no contaba y se podría haber desviado hacia el quitamiedos del arcén.

Y, en el fondo, todo esto sólo para ganar unos segundos. Más lento o más tarde, pero los dos coches por delante suyo habrían acabado saliendo.

Al verlo, no pude evitar retrotraerme a la época del «si me cuelas, te cuelo». Los gritos de desaprobación que se solían escuchar al final de la cola palidecen al compararlos con la posibilidad de escuchar la chapa de varios vehículos arrugarse de forma controlada para absorber la energía de un impacto. Si es que, después de todo, las normas sociales que rigen los turnos en una cola están por algo.

Fotos | F_mafra, aximixx, Nils van der Burg, hermenpaca