Fuenteovejuna, la seguridad vial te llama

Soledad en la oscuridad

Al hilo de una noticia sobre el movimiento antivacunista y la repercusión de adoptar o no medidas preventivas de forma sistemática, hace unos días encontré en menéame.net un comentario de lo más chocante que tenía que ver con la seguridad vial. Decía así:

Conocí a un tipo que hacía algo muchísimo peor. Su comportamiento era, al conducir de noche, pasar los cruces de calles donde tenía un stop sin pararse. ¿Cómo? Apagaba las luces de su propio coche para dejar el cruce a oscuras. Si veía las luces de otro coche transversalmente, que correspondían al coche que venía por la otra calle, se paraba. Si no las veía, asumía que no venía nadie y pasaba sin parar. Se quedó con cara de perplejo, como de “¿cómo no se me había ocurrido?” cuando le dije que se iba a pegar una castaña de espanto el primer día que coincidiera en un cruce con otro gilipollas que usara la misma táctica que él.

Y esto nos lleva a considerar, además del carácter infinito de la estupidez humana, algunas reflexiones sobre la estrecha relación que guarda todo ciudadano con la seguridad vial.

Suelo decir en clase que una cosa es conducir y otra muy diferente, circular. Conducir es llevar un vehículo de un punto A a un punto B, y no tiene demasiado mérito: con un poco de entrenamiento, hasta un mono del zoo lo puede hacer. Circular es otra cosa. Circular supone conducir… pero dentro de un entorno social. Circular es un acto social, y por lo tanto cuando uno circula está obligado a tener presentes a los demás.

SoledadEsto, que es más que nada un recordatorio por si alguien se acaba de incorporar a nuestra creciente comunidad de lectores, significa sobre todo que las reglas del juego son para todos, que no sirve la idea peregrina de “yo con mi vida hago lo que quiero” porque cuando sacamos nuestro coche a la calle no estamos conduciendo, sino circulando, y cada una de nuestras acciones puede repercutir en la vida de los demás.

Así es. Se calcula que por cada fallecido en un siniestro vial sufren unas cien personas alrededor de la víctima, ya sean parientes cercanos o lejanos, amigos, compañeros de estudios o de trabajo, vecinos y demás allegados. Pero es que incluso hasta la persona más gris, huraña y solitaria del mundo, esa por la que nadie llorará cuando haya muerto, influirá en el resto de usuarios de la vía si de repente decide no seguir unas pautas elementales que son necesarias para la convivencia.

En circulación, esas pautas de convivencia son las normas.

Yo puedo estar más o menos de acuerdo con una norma, puedo comprenderla o no, puedo discutirla y debatirla, pero debo respetarla, no por la norma en sí ya que esta siempre es susceptible de ser cambiada, sino porque cualquiera de los demás, cualquiera de vosotros, tiene derecho a esperar de mí ese respeto por las reglas del juego. A eso se le llama principio de confianza.

Pero para que ese principio funcione adecuadamente, todos tenemos que regirnos por unas mismas normas, las que sean, pero para todos las mismas. Y aquí es donde más problemas encontramos, cuando un conductor decide que lo más inteligente es desconectar las luces al acercarse a un cruce, cuando es más que evidente que la idea es como poco surrealista. Y como ese ejemplo tan ilustrativo, cualquier otro. ¿Qué pasaría si yo decidiera de repente que en una carretera de un carril por sentido voy mejor y más a gusto por la izquierda porque así veo de cerca los árboles de ese lado? Pues eso y no otra cosa es lo que hacemos cuando reinventamos las normas a nuestro acomodo.

La norma no siempre resulta fácil de seguir, de acuerdo, pero es que nadie dijo que sería fácil, esto de circular. De hecho, circular es en sí mismo un trabajo, una tarea a la que debemos dedicar todo nuestro empeño. De lo contrario, cuando nos inventamos nuestras propias normas porque nos parece más sencillo así, estamos hablando en un idioma que los demás ni siquiera conocen.

Y hablo del binomio “conducir-circular” porque es lo que más se estila entre conductores, pero realmente cualquiera que salga a la calle, aunque sea a tirar la basura, está circulando. Si una persona baja en pantuflas hasta el contenedor y una vez allí tiene que salir de la acera a la calzada para arrojar su bolsa, más vale que mire si viene o no un coche. Y más le vale no sólo por los daños que pueda recibir si es atropellado, sino porque poniéndose ante el coche que viene le va a arruinar la vida a un pobre tipo que pasaba por ahí y que sin comerlo ni beberlo se va a ver metido en un follón de proporciones épicas.

Por lo tanto, ya tenemos dos vertientes sobre las que reflexionar. De un lado, tener presente que toda persona que sale a la calle lo hace circulando y que, por lo tanto, la seguridad vial es una materia que nos afecta a todos. Del otro lado, tener presente que la ética nos ayuda a decidir cómo actuar cuando estamos en la calle, esto es, circulando. Y si en ese uso de la ética no vamos todos a una, como en Fuenteovejuna, mal asunto.

Foto | ruurmo, JB London

  • nomar55

    El comentario que citas me recuerda a alguien que dijo que circular en los cruces a 200 km/h era mucho menos peligroso por permanecer menos tiempo en el cruce que si fuese a 50 km/h.

  • escargot

    Ese comentario es una patochada. Aparte de demostrar mucha falta de sentido común y de respeto por los demás, la actitud es inútil. Igual tengo visión de superhéroe y no me he enterado, pero si voy de noche por la carretera con las largas puestas y hay alguien haciendo en sentido contrario la curva a la que voy a entrar, ni lo veo a él ni veo sus luces pero sí que noto que mi campo de visión se aclara un poco o que un elemento de la carretera se ilumina de pronto y puedo poner las cortas antes de deslumbrarle.

  • 52093

    ¿Cuántas veces hemos oido…”Por aquí no pasa nadie nunca…”?
    Hasta que pasa…