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Convoy de vehículos de juguete

En una agradable conversación sobre conducción y seguridad vial con una amiga surgió a colación situaciones en que dos, o más, vehículos circulan juntos. Si quisiéramos ser peliculeros, sería lo de «siga a ese coche».

Imagino que muchos profesionales de la carretera estarán muy acostumbrados a este tipo de desplazamientos en grupo. No es difícil de encontrar en nuestras carreteras comitivas de camiones, de autobuses escolares o de hinchas de fútbol, convoyes especiales con sus vehículos de seguimiento, etc.

Sin embargo, en la automoción cotidiana es una situación que se da con menor frecuencia. Yo, personalmente, creo que no necesitaría todos los dedos de las dos manos para contar las veces en que he formado parte de una comitiva (que, con una única excepción que recuerde, normalmente fue de dos vehículos).

En aquellas ocasiones, lo primero que procuré tener en cuenta es que, pese a ir juntos, seguíamos siendo vehículos diferentes, cada cual responsable de sus movimientos. Y, por lo tanto, hay que respetar absolutamente las mismas reglas que con cualquier otro coche. Empezando por la distancia de seguridad Convoy de Porches(que desgraciadamente brilla por su ausencia en muchas de las caravanas profesionales mencionadas). Y continuando por las intersecciones: qué el otro entre a la rotonda o pase el semáforo en ámbar no significa que lo pueda hacer yo.

La situación resulta más compleja si los diferentes conductores del séquito tienen estilos muy diferentes. No sólo en cuanto a velocidad, sino también en elección de carril, adelantamientos, agilidad en las intersecciones, etc. Tener que adaptar el comportamiento de uno mismo para no perder al grupo causa cierto estrés, sobre todo si uno se ve obligado a actuar de forma que considera menos segura.

En este sentido, es fácil llegar a tener la sensación que el otro conduce por ti. Lo más curioso de la naturaleza humana es que todos los conductores tendrán la sensación de estar modificando sus costumbres. Por ejemplo, uno se quejará que nunca había corrido tanto para evitar que el otro se escapara; quien a su vez replicará que nunca había ido tan lento.

Esto tiene mala solución, más allá de los remedios universales para las relaciones humanas: armarse de paciencia y hablar. Los conductores deberían celebrar una pequeña reunión antes de la partida para consensuar una táctica común para el trayecto. En los puntos en que no haya acuerdo, debería aceptarse siempre la opción más prudente, aquella que no haga que ningún conductor se sienta inseguro.

Quizá eso acabe causando cierta frustración en los de tendencia más fitipaldesca. Es otro recoveco de la mente humana; no es que haya una diferencia apreciable final en un kilómetro por hora más o menos, o aguantar cinco segundos extra en una rotonda. El simple hecho de no poder ir como uno desea y está acostumbrado, sobre todo en algo tan interiorizado como la circulación, es psicológicamente frustrante.

En mi humilde opinión, lo importante en la parte de la paciencia es entender que, dentro de unos margenes razonables, ni ir (un poquito) más despacio incrementa drásticamente la seguridad; ni ir algo más rápido reduce significativamente el tiempo del trayecto. Lo primero más que lo segundo por lo que, como dijimos antes, la opción más prudente siempre debería tener prioridad.

En última instancia, siempre queda la opción de, simplemente, no ir en convoy. Si todos los conductores conocen el camino, simplemente pueden ir a su aire. Si uno no lo conoce, siempre puede recurrir a los métodos tradicionales en solitario: leer bien los carteles, mapas y (siempre con extrema responsabilidad) el GPS.

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