Es imposible controlar el 100% de infracciones

Combo doble, al menos.

Combo doble, al menos.


Este mundo en que vivimos es muy repetitivo, y también lo es nuestra sociedad: cada vez que las autoridades “sacan de la manga” una nueva forma de controlar las infracciones, un nuevo sistema infalible o un helicóptero especial, las reacciones son más que previsibles: aquí vuelven ellos a intentar recaudar al máximo a nuestra costa. Claro que “nuestra costa” se asimila a que queremos hacer las cosas como nos sale de ahí, en lugar de ser buenos y cumplir las normas.

El tira y afloja es épico, y no tiene solución. Primero por lo que encabeza este post, es imposible controlar el 100% de las infracciones; segundo, porque no tiene sentido seguir perdiendo neuronas y tiempo en plantearnos si las autoridades buscan llenar sus arcas, si buscan reducir la mortalidad, o si buscan educarnos. ¿Por qué no tiene sentido? Porque no tenemos que esperar que alguien nos eduque: somos adultos y nosotros somos quienes, de forma individual, debemos distinguir entre “bien” y “mal”.

Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres

Pitágoras era muy sabio, y más de 2.500 años después de su muerte, esta frase sigue siendo válida (y lo que te rondaré, morena). Lo comentamos más veces, pero la única solución para reducir al mínimo las infracciones es la educación. No hay vuelta de hoja, no hay que buscar alternativas, ni justificar nada: educación, desde la base, en casa, con los niños.

O bien, qué malvados los guardias, el gobierno y la DGT, que quieren financiarse sacándonos el dinero injustamente.

Echar balones fuera, pensar que es ingenuo hacer una labor solitaria, individual, en nuestras casas y con nuestros hijos porque los demás seguirán haciendo las cosas mal es, a la vez, egoísta y vago. En estos casos, si uno se molesta por estas líneas, lo mejor es que se pare a reflexionar sobre la similitud de echar balones fuera con reforzar su propia posición egoísta.

Y es que a veces caemos en el derrotismo. A todos nos pasa: pensamos en que no hay remedio para una sociedad que vandaliza un servicio público que antes pedía (o un servicio público, sin más); no hay remedio para quien aparca en una plaza para minusválidos y no duda en encararse con quien le indique, amablemente, que no es minusválido (aunque en realidad tiene una carencia esencial); no hay remedio para quien engaña, quien insulta, quien desprecia y margina.

La vida es así, pero las razones anteriores son falsas: sí hay remedio. Al menos en nuestro ámbito de influencia. ¿Idealismo? No, principios. Precisamente para poder garantizar que no se produzcan infracciones no hemos de confiar en el vigilante y en el que impone los castigos, sino en los individuos, que son los que han de ser honestos cuando los estamos viendo, pero más aun cuando nadie mira.

¿Quieres que la DGT deje de expoliar tu economía? Pues no les des pie a que lo puedan hacer. Si no, tú te arriesgas, tú pagas.

Foto | FaceMePLS