¿Eres de los que se altera al volante? ¿Por qué ocurre?

¿Eres de los que se altera al volante?

El automóvil y la conducción tienen esa particularidad de transformar todo aquel que se sienta a su volante. Una persona nerviosa y viva puede convertirse en un conductor torpe e inseguro cuando se pone al volante. Del mismo modo una persona apacible y pausada puede convertirse en tirano, que vocifera y gesticula con todo aquel que se comporte de una forma que él considera errónea. Que aquel que no se altera al volante, ni un poco, tire la primera piedra.

Al parecer, cuando una persona se sienta al volante de un automóvil, empieza un extraño proceso en el que, ese padre o madre de familia, normalmente muy pausado, se vuelve irascible, agresivo, intolerante y capaz de lo peor con los otros automovilistas. Todo aquel que no arranque a la milésima de segundo cuando el semáforo se pone en verde, el que se salte una prioridad, no ponga el intermitente, etc, es un adversario. Todos son enemigos y se merecen nuestra ira.

Digo nuestra ira porque todos somos susceptibles de convertirnos en ese infame conductor. Según explica el psicólogo Jean-Marc Bailet, experto en conducción del automóvil, a todos nos pasa porque después de 5 años de carné, hemos construido inconscientemente nuestro propio código de circulación. Un código personal que va desde apurar cuando el semáforo se pone en ámbar o hacer un giro prohibido en una calle “porque todo el mundo lo hace” hasta los excesos de velocidad y la supuesta tolerancia personal al consumo de alcohol o de drogas -el famoso y aterrador “yo controlo”, cuando en realidad no controla ni lo que dice-.

La influencia del coche

Distancia de seguridad, acosador

Según el tipo de automóvil que uno conduzca nos volveremos más o menos tolerantes o agresivos. Por ejemplo, no es lo mismo conducir tu coche personal -que te ha costado lo suyo- que el de la empresa o uno de alquiler. Sencillamente le damos menos importancia si el automóvil en cuestión no es el nuestro. Si le dan, como que te duele menos.

Y es que el automóvil, cuando lo conducimos, es una extensión de nosotros, de nuestra familia, de nuestra casa. Del mismo modo que no nos gusta que invadan nuestro espacio personal -como ese compañero de trabajo o de la uni que siente la imperiosa necesidad de hablarte a 5 cm de la cara-, no nos gusta que se acerquen demasiado a nuestro coche. De ahí que muchas de las acciones sean percibidas como agresiones y “el otro” es el enemigo.

La influencia del entorno

Otro aspecto a tener en cuenta es el de ver en el automóvil una escapatoria a su propia realidad. Los casos más descarados se dan en Japón, sociedad en la que primero pasa el grupo, la sociedad y luego el individuo. Es un país en el que las conductas individualistas son muy mal vistas (mucho más que occidente donde son casi bien vistas). El fenómeno de las carreras ilegales, tipo Wangan o Touge, son una respuesta a esa sociedad que los oprime: por fin un obrero de la Toyota o un médico pueden ser una persona única, puede al fin ser él mismo, ganando la carrera.

¿Eres de los que se altera al volante?

En occidente ocurre algo parecido. Hay personas que, al volante, por fin pueden sentirse superiores al resto. Un obrero puede así incluso adelantar a su jefe. Y ese mismo jefe podría ver su sentimiento de superioridad reforzado al conducir un potente coche y hacer ráfagas con las luces para que la apestosa plebe se aparte del carril izquierdo.

El entorno más inmediato también nos puede influir, de manera positiva o negativa. Evidentemente, si estamos teniendo una discusión con otra persona mientras conducimos (una muy mala idea, pero no siempre puede uno elegir) seremos mucho menos tolerante con los otros automovilistas y volcaremos en ellos parte de la agresividad que reina en el coche. Aparte de que nuestro nivel de concentración baja muchísimo y los riesgos de accidente se disparan.

En una nota positiva, la presencia de niños hace que vigilemos nuestro lenguaje y nuestra actitud para evitar que los pequeños -que en realidad lo ven todo y son muy intuitivos- nos saquen los colores señalando nuestro pésimo comportamiento. Eso es cuando nuestra conducción agresiva no los marea y amenazan con retapizar el coche con un precioso “marrón burger”, con juguete del menú infantil incluido.

La realidad

Distancia de seguridad, acosador

Encuestas, estudios más o menos científicos y estadísticas, el doctor Jean-Pascal Assailly, del instituto francés Iffstar, lo resume de una manera clara, sencilla y terriblemente eficaz. “Imagina la siguiente situación: estás pegado al parachoques del coche que te precede, con las largas puestas, insultando a su conductor porque consideras que va demasiado lento y le haces un dedo cuando lo adelantas. Para la ley de tráfico es una infracción. Ahora imagina que haces lo mismo en la calle, cuando vas caminando y que te pegas a la persona que va delante, insultándola para que se aparte y enseñándole un dedo -y no precisamente el pulgar-. Aparte de ser una situación totalmente grotesca o ridícula, sería una verdadera agresión. Ahora imagina que tú eres el peatón que va delante”. ¿Da qué pensar, no?

¿La solución? En coche, como en la vida, hay que saber aprender a pedir perdón y también a perdonar, sonreír y ser tolerante (pero sin pasarse, que sino te pisan). Mientras tanto mucho me temo que la conducción altera nuestro comportamiento. Y reconocer algunas de esas conductas es el primer paso para mejorar nuestro comportamiento y nuestra conducción.

Bibliografía | “Je stresse au volant, au guidon, mais je me soigne” y “Le volant rend-t-il fou? Psychologie de l’automobiliste” de Jean-Marc Bailet.

Fotos | State Farm (1); trapgosh; newspress

En Circula Seguro | El papel de los pasajeros, ¿ayudan o distraen?

  • BorMotor

    En mi caso, soy una persona tranquila. Sin embargo, tanto dentro como fuera del coche, soy una persona a la que le enervan las injusticias y la gente que es molesta y que no piensa en los demás. Cuando ocurre eso, no puedo evitar mostrar las garras.
    Está claro que no es lo mismo un despiste que algo premeditado, aunque se nota perfectamente qué acción es de un tipo o de otro. Cuando ves que, en un cruce, no hay apenas visibilidad y que va a salir un vehículo, activas tu alerta ante la posibilidad de que el otro conductor cometa un error.
    Aun así, desgraciadamente, lo más habitual es que la persona que comete un error, lo hace porque quiere. Ayer, por poner un ejemplo, venía de pasar un día con la familia. Cogí la M-30, que estaba ligeramente atascada. Me quedé en el carril izquierdo, que era por el que circulaba antes de las retenciones. Pasado un rato, la circulación pasó a ser bastante menos densa. Los tres carriles estaban ocupados, pero por el que iba yo, sólo había dos vehículos delante de mí, circulando a unos 70 km/h (límite de 90). Cuando los tres vehículos adelantamos al último del carril central, no vi intención del de delante del todo de apartarse, así que el que yo llevaba inmediatamente delante decidió adelantar por la derecha. Yo, como sé que no está permitido el adelantamiento por la derecha, me coloqué detrás y di largas (siempre alguien se puede despistar y rectificar en cuanto le avisas). Después de insistir unos cuantos metros, la “agradable” conductora me levantó un dedo y, como vi que no se iba a apartar, hice mal y adelanté (no lo hago nunca) mientras presionaba el claxon. Sus gestos eran de que la dejase en paz, que iba a hacer lo que le saliese de ahí abajo. Y ahí se quedó, en el carril izquierdo, ráfaga tras ráfaga del resto de usuarios de la vía, fomentando malestar e infracciones en la conducción.
    Por tanto, creo que, ante un comportamiento incívico, tolerancia cero. Y si es un despiste, desgañítate para demostrar que lo ha sido.