En otras manos

Mano al volante

Seguro habéis vivido algo similar a la siguiente situación. Un grupo de personas caminan por la calle, manteniendo una agradable conversación. Unos cuantos amigos, familia, una pareja… Da igual, es una simple manada de personas, iguales entre ellas, paseando por la calle en dirección a un vehículo que aguarda pacientemente en su lugar de aparcamiento

Al alcanzar el destino, todos llevan a cabo más o menos la misma liturgia de siempre: dejar el equipaje en el maletero, sentarse cómodamente, abrochar su cinturón, ayudar al patosillo de turno que no atinar con la hebilla del suyo, etc. Hasta aquí, como antes, todos hacen lo mismo, los miembros del grupo están en pie de igualdad.

Hasta que uno, y sólo uno, hace algo que los demás no. Introduce una llave en el zócalo correspondiente al costado del volante, y la gira. A partir de ese momento, la seguridad y la vida del resto están en bajo su responsabilidad. A partir de ese momento, deja de ser uno más. Ahora es el conductor.

De esto quizá no siempre somos conscientes. Y a lo mejor es incluso mejor no ser siempre conscientes de la gravedad que tiene asumir la responsabilidad de llevar a alguien en una máquina que, si algo va mal, podría fácilmente convertir un cuerpo humano en una albóndiga sanguinolenta.

Seguramente, cuando más cuenta nos damos de dicha responsabilidad es cuando no somos nosotros mismos quienes nos sentamos al volante. Más aún si, por circunstancias, estamos poniendo nuestras vidas en manos de un desconocido. Y, sobre todo, si no nos acabamos de sentir confortables con el estilo de conducción de nuestro nuevo chófer.

Permitidme que relate una vivencia reciente que tiene que ver con lo dicho. Fue hace unos dos meses, cuando me vi en la tesitura de dejar mi coche en un taller mecánico en el pueblo de al lado. Normalmente lo llevo a un mecánico que hay justo en frente de mi casa, pero por desgracia estaba de vacaciones y tenía que venir un perito a valorar los daños sufridos en un leve golpe que me dieron.

Furgoneta pick-up

Una vez dejé la llave al veterano chapista, me preguntó cómo iba a volver a casa. Le dije que iba a volver a pie. Es que es una caminata de veinte minutos por el lecho de una riera. La verdad es que es un paseo bastante agradable si no llueve (que entonces, podría bajar a nado). Aún así, el buen hombre se apiadó de mi y preguntó a otro de sus clientes si le venía de paso acercarme.

Así que, sin comerlo ni beberlo, acabé embutido en el minúsculo asiento trasero de una camioneta pick-up. Al arrancar, pensé que podría aprovechar la escasa media hora que acababa de ganar para empezar a resolver unas ecuaciones integrodiferenciales de Volterra (vale lo admito, lo que acabo de decir es una fantasmada, lo siento).

Sin embargo, pocos segundos más tarde la realidad arrastró mis pensamientos lejos de los símbolos matemáticos. Me pregunté «¿por qué vamos por la pista de tierra, en vez de por la carretera que va en línea recta entre los dos pueblos? Y, sobre todo, ¿por qué vamos a esta velocidad por una pista de tierra?». La verdad es que no me atreví a vocalizar estas dudas, pero probablemente habría recibido respuestas similares a «para evitar el tráfico» y «para llegar antes». Quiero añadir que jamás en mi vida he visto un sólo atasco en ese tramo de carretera comarcal, de apenas 1200m.

Nunca me había alegrado tanto de ver el cruce que da entrada a mi pueblo. A partir de ese punto, la carretera que deberíamos haber utilizado se convierte en travesía, y llega a morir a una rotonda abajo del todo, casi a orillas del mar Mediterráneo. Es la única calle transversal del municipio. Así que no teníamos más remedio que recorrerla en toda su longitud, nada de peligrosos atajos esta vez.

Al menos, eso creía yo. Me equivoqué. Tomamos un desvío a la derecha, y entramos en una especie de vía lateral auxiliar, paralela a la calle principal. De nuevo, no atiné a preguntar, pero imagino que el motivo era «para evitar los semáforos».

Sin embargo, los semáforos en cuestión están ahí para regular el paso de los vehículos que circulan por las calles transversales. Y esos vehículos también tienen que cruzar la vía lateral que habíamos tomado. Así que, aunque ciertamente no hay semáforos, lo que sí hay son numerosas señales de detención obligatoria.

Señal de stop

Y ya os podéis imaginar lo que pasó. En efecto, mi improvisado chófer circulaba demasiado deprisa, y vio al otro coche (que tenía prioridad, debido al STOP) demasiado tarde. La pick-up clavó frenos, pero no pudo evitar pasar, y de largo, por encima de la linea de detención obligatoria.

Tranquilos, por suerte no hubo colisión. El otro vehículo atinó a desconfiar del monstruo que se le venía encima y paró antes del cruce. En definitiva, fue uno de tantos sustos que al final quedan en nada. Lo cual es lo mismo que decir que fue uno de tantos sustos que podría haber tenido consecuencias.

Y lo peor es que fue un susto con motivos. Porque los errores son humanos, y a veces la culpa es de otro… Pero, en este caso, había motivos reales. Y si esos motivos no se erradican, volverán a ocasionar sustos. La próximavez , a lo mejor peor, no hay tanta suerte.

Mis compañeros de viaje circunstanciales intercambiaron unas risas sobre lo ocurrido, tras lo cual yo me atreví a decir »si acaso, déjame aquí, que yo vivo más o menos a esta altura del pueblo«. Circunstancialmente era verdad, pero probablemente lo habría dicho igualmente.

Al apearme, de una pieza, en un primer momento agradecí no tener que volver a ver esas personas nunca más. O, mejor dicho, esperaba no tener que volver a verlas cuando yo esté a los mandos de mi propio vehículo.

Mientras caminaba hacia mi humilde morada, reflexionaba sobre la impresión que había tenido de aquellas personas. Y me preguntaba qué impresión daría yo a alguien que se siente por primera vez en mi coche.

Yo, honestamente, no cambio un ápice mi actitud al volante cuando llevo a gente. A parte de tener en cuenta la masa extra (que se nota), conduzco exactamente igual que si fuera sólo. Porque si alguien pone en tus manos su vida, que es el mayor voto de confianza que se puede realizar, ¿qué menos que cuidarla igual de bien que la vida propia?

Fotos | aithom2, New Basque,