En ocasiones, tenemos prisa

Reloj de arena

En ocasiones, tenemos prisa. Nadie me va dar un premio por haber escrito esa frase. En el mundo acelerado en el que nos ha tocado vivir, mucha gente incluso añadiría ¿y cuándo no tenemos prisa?.

Pero no, me refiero a que hay ocasiones particulares en las que verdaderamente tenemos prisa. Ocasiones en que cada tic del reloj nos equivale a un turno en la ruleta rusa: cualquiera puede ser el último. Y como somos animales racionales, no podemos evitar que cada disparo en vacío del reloj nos obligue a avanzar un paso más por la calle de la amargura.

No hace falta ser un lince para darse cuenta que el estado de ansiedad causado por la prisa extrema no es el idóneo para realizar una actividad compleja y exigente como es la conducción. Podríamos recurrir a tópicos como «más vale llegar tarde que no llegar muerto», o algo del estilo «no vale la pena jugarse la vida por unos segundos».

A mi esta segunda reflexión siempre me ha suscitado cierta curiosidad. «no vale la pena jugarse la vida por unos segundos». ¿Hay algo por lo que valga la pena jugarse la vida?

En definitiva, vivir a menudo conlleva sopesar riesgos. Por ejemplo, de pequeños aprendemos (de nuestros padres,… o a las malas) que coger un cuchillo por el filo conlleva un alto riesgo de hacernos daño. Por lo general, consideramos que dicho peligro es inaceptable, por lo que elegimos la opción segura de utilizar el mango.

A menudo, la aceptabilidad de un riesgo depende de la recompensa que obtengamos a cambio. Por ejemplo, yo que siempre he sido un escalador bastante patoso, considero que el riesgo de encaramarme a un árbol conlleva un inaceptable riesgo de hacer el ridículo. Pero si mi gatita quedara encallada en la copa de un gran pino no dudaría en desafiar la ley de la gravedad.

En circulación, podemos aplicar el mismo razonamiento. Por supuesto, todos sabemos que subirse a un vehículo entraña un riesgo, como cualquier actividad humana. La seguridad total, por desgracia, no existe. Pero no es menos cierto que la no observación de las normas de prudencia y responsabilidad básicas incrementa en muchos enteros la probabilidad de provocar un siniestro.

Sobre todo, si tenemos en cuenta que a ganancia real en tiempo obtenida con la mayoría de imprudencias es, en realidad, bastante pequeña. Por ejemplo, yendo a 130km/h en vez de a 120km/h, tan sólo ahorramos 23s cada 10km. Sin embargo, la mayoría de semáforos tienen un ciclo mucho más largo, por lo que nos tendremos que parar en el mismo sitio, y salir al mismo tiempo que al vehículo legal que hayamos podido adelantar. ¿De verdad valía la pena?

El tiempo vuela

Yo, en ocasiones le doy la vuelta al argumento. Me pregunto «¿qué debería estar ocurriendo para que, de verdad, me valiera la pena correr ese tipo de riesgos en la carretera?». A estas horas, mi somnolienta mente es capaz de pensar en dos escenarios de extrema urgencia.

Pienso, en primer lugar, en el hipotético amor de mi vida. Por ejemplo una muchacha morena, de preciosos y vivaces ojos marrones, con su simpático portafolios rojo. Pero, hipotéticamente, algo terrible le ha pasado. Se debate entre la vida y la muerte en el asiento trasero de mi berlina. Llamo al hospital, pero no hay ambulancias. Sin embargo, preparan el quirófano y creen que la podrán salvar… siempre que llegue antes de que se desangre por completo. Al ritmo actual, no debe faltar mucho.

El segundo escenario, no menos peliculero, es una variación del típico dilema del botón rojo. Supongamos que el planeta Tierra va a ser destruido, a no ser que alguien pulse un botón rojo (o introduzca unas cifras en una terminal, que para el caso es lo mismo) antes de que termine una cuenta atrás. Por desgracia, la persona que se iba a encargar de salvar el planeta ha muerto de aburrimiento, y sólo yo soy consciente del incipiente Armagedón. Para más inri, me encuentro a varios kilómetros y tengo que conducir hasta el botón rojo tan rápido como sea posible.

En ambos casos la cuenta atrás sería apremiante. El tiempo disponible es notablemente inferior al que se tardaría en llegar según el desarrollo normal de la circulación.

Ojalá nunca me vea en situaciones como las relatadas Pero si se diera el caso, tengo por seguro que no vacilaría lo más mínimo en dar todo lo que hubiera en mi para llegar a tiempo. Ni límites de velocidad, ni señales de prioridad, ni semáforos… nada de nada.

Por supuesto, eso incrementaría mucho la probabilidad de sufrir un accidente que me impidiera llegar. Sin embargo, dadas estas extremas e hipotéticas circunstancias valdría la pena. Llegar tarde sería exactamente igual a no llegar. En ambos casos, las consecuencias de no llegar significarían el final de mi mundo, ya sea metafórica o literalmente.

Pero tranquilos. Todo esto no son más que imaginaciones, situaciones irreales propuestas con la intención de plantear un dilema moral (y, no creáis, siento un alivio al recordarme a mi mismo que no son más que fantasías).

Sin embargo, si uno se sienta en un banco y observa el tráfico que, día a día, segundo a segundo, surca los océanos de asfalto que inundan el mundo moderno casi llegaría a pensar que hay más novias desangrándose y botones rojos a punto de estallar de lo que suponíamos. ¿De verdad tenemos tanta prisa?

Fotos | enanon, H. Koppdelaney

  • 50615

    En una ocasion presencie un accidente de motocicleta , se fue contra un coche que iba en sentido contrario… llame a emergencias y me dijeron que la ambulancia tardaria unos 20 minutos en llegar… ni corto ni perezoso lo meti en mi coche y en menos de 7 lo deje en el hospital en condiciones casi perfectas… solo puedo decir que es la unica vez que me siento orgulloso de haber roto algunas normas de circulacion , pero lo considere necesario… solo decir que la furgoneta mia no bajo de 130 en ningun momento , y que el motorista salio casi perfecto , nada mas alla de una fractura de hombro y un tobillo un poco tocado , algunos desgarros internos leves y una pequeña conmocion…

  • Adrian Garcia Gonzalez

    Una pregunta: en caso de emergencia médica justificada, que pasa con los límites de velocidad y los radares?

    • morgon

      En las emergencias médicas ni siquiera los vehículos de emergencia están autorizados a saltarse las normas de circulación, y si lo hacen , es bajo la entera responsabilidad del conductor en caso de que ocurra un accidente; ahora bien, es lógico que, al ver un coche de policía, una ambulancia, un camión de bomberos o de protección civil en servicio de emergencia todos los conductores hagamos lo posible por facilitarles el paso para que lleguen cuanto antes a su destino.
      En el caso de particulares como cualquiera de nosotros, legalmente no estamos autorizados, sea cual sea la emergencia, a saltarnos ninguna norma de circulación, aunque eticamente hablando hagamos lo imposible por ayudar.

  • indyber

    Yo he pasado por el caso 1 (en versión menos salvaje, no se moría) llevando a mi mujer al hospital por algo que parecía un cólico y luego no fue nada…

    Ya era casi de noche -en Valladolid- y llevaba las luces largas y los warning y pitando en todos los cruces, cada vez que adelantaba a alguien…reconozco que ni miré límite de velocidad ni nada por el estilo, únicamente no poner en riesgo a nadie en ninguna circunstancia…

    No tardé ni la quinta parte de lo que se tarda normalmente desde donde vivía (La Cistérniga, un pueblo a las afueras), eso sí, después de unos 15-20Km me bajé del coche como si hubiera hecho 500Km, por la concentración y la tensión, supongo.

    Evidentemente conducir así, salvo urgencias médicas, no está justificado en absoluto.

  • morgon

    Por suerte o por desgracia nunca me he visto en una situación como esa, pero el día en que tenga que decidir entre una persona y las normas de circulación obviamente elegiré a la persona.