En el meollo

Congestión en el centor de Barcelona

Mi dulce hermana se sacó el carnet de conducir cuando yo era bastante más joven. Cosas de la diferencia de edad (y de que yo no me lo saqué hasta ser relativamente mayorcito). Recuerdo que, durante los primeros meses, lo que más respeto le daba era ir a Barcelona. Una cosa era circular en la tranquilidad de una ciudad mediana, y otra muy diferente meterse en el meollo.

Quizá por eso, cuando llegó mi turno de sentarme a la izquierda en el doble mando, le pedí a mi profesor hacer una práctica por la ciudad condal. Aunque comportó pagar tres horas seguidas, valió la pena. En mi segundo día de tener coche ya me encontraba haciendo cola en la avenida Diagonal como el que más.

Pero aquella práctica fue un sábado de julio. Y, aunque durante los dos años y medio posteriores he circulado bastante por la gran ciudad, casi siempre ha sido por la periferia (las famosas rondas que las olimpiadas nos trajeron). Incluso alguna vez que acudí a mi antiguo despacho en la universidad en transporte privado, madrugué para esquivar las horas de máxima afluencia. No tanto por miedo a la conducción en estas circunstancias, sino porque el atasco matutino es una de las actividades humanas más penosas y pesadas.

Hasta ahora, había estado en el centro centro (repetido por énfasis) de la ciudad apenas un par de veces, conduciendo. Pero siempre en momentos bastante tranquilos, aunque no era difícil notar la diferencia entre circular por allí y mi tranquilo y apartado pueblo. En definitiva, hasta ahora había tenido la habilidad o la fortuna de evitar realmente el meollo del asunto.

Sin embargo, el pasado sábado no puede escapar. O, mejor dicho, no tuve más remedio que entrar de cuatro patas en plena congestión monumental. Además lo hice en un día de máxima afluencia. Con el tráfico desviado en varios sitios a causa de calles cortadas, para más inri.

El 23 de abril es una festividad muy celebrada en este rincón de la Península. Existe la tradición de intercambiar presentes en forma de libros y rosas. De hecho, la tradición se ha exportado al exterior hasta el punto que ahora es el día mundial del libro.

Por un día, la mayor parte de la población recuerda qué son esos bloques de papel cosido llenos de tinta. Si bien al día siguiente un gran porcentaje del millón y medio largo de ejemplares vendidos acaban calzando alguna mesa coja. Pero bueno, miserias de la sociedad actual a parte, supongo que siempre es mejor regalar libros que palos de escoba… ¿no?

Pues bien, como parte de la tradición, cada año se montan miles de paradas de libros y rosas a lo largo de las ramblas de Barcelona.Y, cada año, si la lluvia no lo impide, se congrega una muchedumbre importante. No sé cual será la estimación este año, otras veces se ha superado de largo el millón de visitantes (cuatro gatos según la policía).

Esta vez, me dejé convencer para ir a ver «el ambientazo». Aunque, en realidad, lo que ves es el cogote del de delante. Mi idea inicial era ir en transporte público, peor las circunstancias se dieron de tal forma que después teníamos que ir a otro lugar, así que no hubo otro remedio.

Congestión en el centro de Barcelona

La entrada a la ciudad por Gran Vía fue relativamente tranquila. En los semáforos sólo se acumulaban dos o tres coches. Eso, hasta acercarnos al centro. En seguida se hizo evidente que nos acercábamos a la «me» del meollo.

Giré a la derecha en Paseo de Gracia, encarando la plaza más conocida de la ciudad Condal. Con el semáforo ámbar intermitente, tuve que esperar un minuto a que se redujera la cantidad de peatones cruzando la vía. Por suerte, 20 segundos después de que su semáforo se pusiera rojo, la densidad de transeúntes disminuyó hasta el punto que pude pasar.

Sólo avancé unos treinta metros, hasta llegar a la inmensa cola de pobres diablos que habían tenido la misma feliz idea que yo: ir en coche. Había llegado a la «o» del «meollo». El centro de una gran ciudad, abarrotado y congestionado como nunca. O como siempre.

No soy un iluso. Ya tenía más que masticado que tendría que rascarme el bolsillo y pagar el aparcamiento. Lo que no me esperaba es que tanto el enorme parking de paseo de Gracia como el de la misma plaza estaban completos. Sinceramente, dudo que haya visto alguna vez el cartel de completo iluminado en aparcamientos de semejante calibre.

Estuve como unos 50 minutos para dar una vuelta por la zona, buscando la entrada a otro parking subterráneo. Durante ese tiempo, probablemente no llegué a recorrer ni kilómetro y medio, echad cuentas.

Lo que realmente me perturbó no fue la cantidad de vehículos, sino el comportamiento de los mismos ante tal situación. Si, todos estábamos cansados, y queríamos salir de allí lo antes posible. Pero, como dije, todos estábamos en igual. Por eso, la más elemental educación exige no sólo cumplir las normas de circulación, sino también mantener la cortesía y amabilidad.

Pues no, nada más lejos de la realidad. Cada dos por tres veía cambios bruscos de carril (en este caso, entiéndase brusco como meter el morro para obligar al otro a dejarte pasar, ya que en esas circunstancias era imposible hacer el típico hachazo).

El respeto por los semáforos brillaba por su ausencia. No sólo por los conductores, sino que la muchedumbre a pie también cruzaba la calle por cualquier lugar, esquivando coches y más coches.

Si ocurría lo dicho, era de esperar que las cuadrículas de marcas amarillas carecieran de sentido en aquella situación. Como todos sabemos, en realidad estas marcas en las intersecciones son un mero recordatorio de la norma fundamental: no se debe penetrar en una intersección si no se tiene la seguridad de no quedarse detenido dentro de ella.

Dicho y hecho. Sin excepciones. En cada intersección que franqueaba, me encontraba con numerosos vehículos detenidos a modo de obstáculos, que intentaban circular en la dirección transversal pese a que su semáforo estaba más que rojo hacía un buen rato. Y, naturalmente, no podían salir de allí. Y, por supuesto, si hacías el amago de quedarte antes de las marcas amarillas para evitar quedar atrapado, la genial idea era celebrada por un sonoro concierto de pito.

Las maniobras para esquivarlos son más que delicadas. Siempre hay que ir con cuidado, el de al lado podría tener la misma idea y chocar con nosotros. El más mínimo error podríamos darle un golpe a cualquiera, y entonces sí que se lía parda. No ya porque las consecuencias fueran graves, que no lo serían, sino porque los nervios de todos estaban más que en punta.

¡Qué estrés! Creo que ya entiendo por qué a mi hermana le daba tanto respeto circular por la gran ciudad.

Fotos | Jaume