Empatía en el semáforo

Salida de un semáforo: Preparados, listos, ¡ya! Salida de un semáforo: Preparados, listos, ¡ya!

Dicen los entendidos en Fórmula 1 que unas de las pocas cosas que el Ferrari de Alonso esta temporada son sus magníficas salidas. Arguyen que se debe a su evolucionado KERS. Yo, humildemente, discrepo. Tengo el palpito de que se debe a que el piloto procede de un país donde somos especialistas en salir disparados de un semáforo.

No me negaréis que lo llevamos en la sangre. Da igual si vamos a pie, en coche, bicicleta o moto, ejercemos gustosos el derecho capital a pasar cuanto antes mejor. Incluso si ello supone alegar daltonismo voluntario, todo vale para alargar unos segundos el siempre escaso verde.

Pero, ¿qué tiene de especial un semáforo que no tenga cualquier otro tipo de señalización en intersecciones? Luces de colores; vale, sí. Pero me refiero a algo más característico: que no tenemos más remedio que estar todos quietecitos durante cierto tiempo.

Una perogrullada, sí. Pero es algo que no ocurre en ningún otro sitio, de forma regular. En algunas intersecciones (stops, cedas, rotondas, etc.) a lo mejor tenemos que detenernos unos instantes, pero en estos casos el conductor sigue circulando: tiene que atinar con el momento justo para salir de forma rápida pero segura.

En cambio, en un semáforo sabemos que no vamos a poder avanzar en un rato. Es un momento de relax, de prospección nasal y, a menudo, de mirar a nuestro alrededor.

Por lo tanto, todos esos vehículos, que normalmente vemos entidades abstractas, patosas y peligrosas que pueblan el tráfico a nuestro alrededor, de repente se convierten en meros receptáculos habitados por personas. Personas que, por primera vez, podemos percibir.

Esto vale tanto entre conductores como con los peatones. De hecho, yendo a pie, uno puede acercarse a la ventanilla, golpearla con un nudillo y comprobar que el coche no es Kitt ni una bestia de metal. Se baja un cristal y lo que hay detrás es un ser humano.

Semáforo

Hace unos días tuve la ocasión de observar una de estas interacciones entre peatones y conductores, difícilmente posibles si no es en semáforo. Iba caminando por una avenida muy similar a la Meridiana de Barcelona. Por deformación tras escribir casi veintidós docenas de artículos en Circula seguro, no pude evitar fijarme en que en el siguiente cruce un coche había quedado detenido justo en medio del paso a peatones, atrapado por una luz roja.

Por si el haberse pasado de la ralla no era lo más raro de la situación. Vi como, en dos ocasiones, el coche pegaba un arreón hacia adelante. Como si quisiera salir, pero abortando la operación a los pocos centímetros. A todo esto, el semáforo de peatones resplandecía en verde, por lo que obviamente el coche no podía salir.

El tercer arreón ocurrió justo cuando un viandante que iba por delante de un servidor intentaba cruzar la calle (por cierto, muy similar a la del Clot). No es de extrañar que el peatón se asustara. Dio un salto atrás, y dedicó un par de gestos al conductor. Se encaró a la ventanilla (a cierta distancia, eso sí), señaló repetidamente su sien y luego la línea regordeta pintada en el suelo donde se supone que el vehículo tendría que aguardar su turno.

Al otro lado de la ventanilla, el conductor hacía gestos de “calma, calma”. Me quedaré con las ganas de saber qué habría dicho si los papeles se hubieran invertido. De hecho, es la misma pregunta que me hago siempre que veo una “púa”.

El peatón asustado y enfadado y yo llegamos juntos a una isleta que hay en medio de la intersección. Justo entonces, el monigote verde que protege la segunda mitad del cruce empezó a parpadear. El peatón, quien hacía unos segundos no había dudado en dar lecciones, se apresuró y logró llegar a la otra acera no demasiado tiempo después de que se pusiera en rojo, esquivando a los vehículos que querían empezar a pasar.

Ironía. Carescía de empatía. Embriaguez de egocentrismo… No lo sé.

Sólo tengo claro que, en un semáforo, donde todos volvemos a ser personas, el hecho de que el tráfico es un hecho colectivo y social cobra más en evidencia que nunca. Porque, como decían Eros y Ricky, no estamos solos.

En Circula seguro | Alargar el verde
Fotos | Jglsongs, Mista stagger lee

  • escargot

    Touchée.

    En los semáforos estoy en punto muerto vigilando el semáforo de los peatones. Cuando veo que parpadea, me pongo alerta. Cuando se pone en rojo, piso el embrague y pongo primera. Y sí, espero a que el mío efectivamente esté en verde… pero de los que no nos los saltamos te podría decir sin temor a equivocarme que salgo la primera el 95% de las veces.

    Y alguna vez me he quedado en medio como el jueves, situación en la que para no convertirme en un bocata de coche he tirado hacia delante. No soy una conductora ejemplar, Jaume, y tú y yo lo sabemos. 😉

    Creo que un día hablasteis del cambio que suponía un gesto de disculpa en situaciones de este estilo. A mí creo que me amansa un poco, pero sólo desde que empecé a pensar sobre eso. Porque a pesar de todo tal vez uno de mis compañeros tenga razón cuando dice que para conducir uso el cerebro reptiliano. Y me fastidia porque sé que eso es contrario a la seguridad, pero soy así y no sé cómo cambiarlo. Aunque lo intente siempre tengo ese poso asalvajado. Y no, si me vas a preguntar por lo que hablamos hace unos meses… creo que en el fondo no le gusta a nadie de los que van conmigo. Puede que ni al que estabas pensando.

  • Elisa

    En este país que clásicamente ha sido de salir rápido, como bien dices, ahora ha aparecido el otro extremo: el que no sale. ¿Y por qué no sale? Pues porque ahora los coches, como en el reciente anuncio de la DGT, parecen coches-oficina, y los semáforos, pues se usan para repasar el correo. Es increíble como esta nueva adicción está cambiando los patrones de nuestra vida, conducción incluida.