El riesgo es real

Antes de nada, quiero decíos que este quizá sea el mensaje más difícil que he escrito en el año y cuarto que llevo colaborando con Circula seguro. Porque esta vez no hablamos de casos hipotéticos que ejemplifican peligros hipotéticos. Tampoco hablamos de un susto que, por suerte, finalmente quedó en nada.

Esta vez, hablamos de vidas humanas reales que terminaron de forma desgraciada, injusta e inmerecida. Como todos sabéis, la semana pasada ocurrió un accidente de tren terrible, realmente horrible. Un suceso que nos deja a todos compungidos, y con razón.

¿Sabéis que es lo más difícil de escribir al respecto? Tener que decir esa pobre gente se vio inmensa en esa terrible tragedia… por su propia culpa.

Lo sé, decirlo es casi repugnante. Pero aunque podemos hablar de que podría haber habido mejores pasos seguros para cruzar las vías, en última instancia, toda esa gente sabía que cruzar unas vías andando es muy peligroso. Se vieron ante la elección de esperar un par de minutos para cruzar por el paso subterráneo, o bien atajar, aceptando el riesgo.

En realidad, todos nosotros nos enfrentamos a diario a decisiones de ese tipo. En todos los ámbitos de la vida, y la seguridad vial no es una excepción. Es el concepto de continuo seguridad-riesgo que Josep a menudo menciona.

Cada uno de nosotros es perfectamente capaz de conducir de forma mucho más rápida de lo que lo hacemos. Por ejemplo, al ver un semáforo en rojo, podrías simplemente acelerar y no parar. ¿Por qué no lo hacemos, normalmente? Pues porque sabemos que existe el peligro de colisionar con los vehículos del a vía transversal. Y ese es un riesgo que no aceptamos.

No obstante, creo que estaréis de acuerdo en que sí que existe una gran cantidad de situaciones en que un elevado número de conductores deciden, conscientemente o no, aceptar correr cierto riesgo extra para ganar unos segundillos. Es decir, implícitamente, al cometer una imprudencia el conductor considera que el riesgo generado es aceptable.

Quiero pensar, y no dudo que sea así, que valorar un riesgo como aceptable no suele deberse a deseos destructivos. Todo lo contrario, se debe a considerar dicho peligro es pequeño, insignificante. Es una continua devaluación del riesgo real, probablemente debido a que «lo he hecho otras veces y nunca ha pasado nada».

No obstante, no conviene olvidar que estamos hablando de vidas humanas, reales. Si la catástrofe de Castelldefels nos ha enseñado algo, es que, aunque improbables, los riesgos de los que siempre hablamos existen… y son realmente graves. Inaceptables.

Lo que me hace estremecer aun más es pensar en todas esas estadísticas sobre siniestralidad que escuchamos en los telediarios después de cada fin de semana. Detrás de esos fríos números, ¿cuanta gente ha sido víctima de una elección en favor de la agilidad, menospreciando los riesgos?

La respuesta sólo puede ser: demasiada gente. Porque unos segundos no valen una vida humana. Ni siquiera,ponerla en riesgo.

Foto | Ramón Cutanda