El precio de una tarjeta roja

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Una de las grandes verdades de nuestra sociedad es que, si dos hombres se quedan sin cosas inteligentes que decir, se ponen a hablar de fútbol. E, inevitablemente, acaba saliendo el tema de lo malos que son los árbitros. Hace poco tuve una de estas conservaciones, que me llevó a un razonamiento interesante. Me gustaría compartirlo con vosotros.

El fútbol y la circulación tienen en común que ambos son aspectos importantes en nuestra cultura. Como tales, en gran parte refleja como somos. Claro que generalizar siempre tiene el inconveniente que dejamos de los matices y peculiaridades de cada uno. Aunque también es cierto que, al final, todos somos menos singulares de lo que nos gustaría.

El argumento futbolístico iba así. Para que la competición sea justa, es obvio que ambos equipos deben jugar con las mismas reglas. Imaginaos que uno de los equipos decidiera que puede coger el balón con la mano, no estarían en igualdad de condiciones, ¿verdad?

Hasta ahí, está claro. Existe un reglamento, que ambos equipos conocen de antemano. Pero, ¿qué ocurre si alguien decide saltarse una de las reglas establecidas? Muy sencillo, el reglamento lo tiene en cuenta, estableciendo qué es falta y qué no; y que sanción merece cada violación de la normativa.

Este es el espíritu original de las normas, según mi humilde punto de vista. Al fútbol se juega de una determinada forma, y no se deberían hacer cosas prohibidas por el reglamento. Cualquiera que quiera jugar al fútbol, y no a otro deporte, debería querer respetar las normas a rajatabla. Las faltas y sanciones sólo están como provisión excepcional para ocasiones en que alguien no consigue actuar de la forma correcta.

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Sin embargo, se puede hacer el argumento al revés. Viendo como juegan algunos equipos de primera división, parece que es la interpretación mayoritaria por estos lares.

Esta forma de ver las cosas afirma que el equipo tiene derecho a saltarse las normas del juego, siempre y cuando acepte la sanción: que el equipo contrario disponga de tiros francos, y que de vez en cuando algún jugador se deba perder un partido.

En base a esto, hay equipos cuya táctica se basa directamente en incumplir el reglamento hasta cierto punto, ya que el precio a pagar en forma de faltas y sanciones es aceptable para ellos (y si los árbitros hacen mal su trabajo, aún más). Por lo tanto, pierden el tiempo deliberadamente, acribillan a las estrellas rivales a faltas hasta recibir la primera tarjeta, y un largo etcétera.

Ahora bien, esto sólo lo hacen con ciertas partes del reglamento. Por ejemplo, nadie (excepto Pepe, quizá) pega patadas en la boca a los rivales. Y, a menudo, parece que no es porque les falten ganas. Es que el precio a pagar (una docena de partidos sin jugar) es excesivo.

Por desgracia, a mi me da la sensación que esta es la postura aceptada por la gran mayoría. Cuando hay una pena máxima, el culpable siempre es el árbitro. Supongo que consideraramos que el precio a pagar por lo ocurrido es demasiado grande. Sin embargo, pocas veces he visto que se culpe al jugador por haber violado las normas del juego. Por cierto, normas que ya conocía cuando saltó al terreno de juego.

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No me negaréis que todo esto no se parece, y mucho, a lo que día a día vivimos en la circulación. La mayor diferencia es que en vez de ganar o perder, en la carretera se llega sano y salvo… o no se llega.

El principio es similar,… a priori. Cada conductor debería circular de la forma que sea más seguro para todo el mundo (no sólo para él mismo). Para que sea así, hay un reglamento que todos conocemos más o menos, y debemos respetar. Si alguien fracasa al intentar seguirlo, la propia ley trae un capítulo sancionador.

Ahora bien, tal y como se hacen ciertas reformas legales, parece que cada vez más se tome la misma interpretación tramposa del fútbol. En vez de prohibir las conductas que resultan peligrosos (para nosotros o para los demás), simplemente ponemos un precio a las imprudencias.

Tomando el típico ejemplo facilón de la velocidad: «Tranquilo, corre tanto como quieras. Mientras tengas el dinero para pagar la multa, y los cursos para recuperar puntos de vez en cuando, no pasa nada».

El problema es que, en la carretera, el verdadero precio de una infracción es el peligro de muerte. Los afectados no son unos cuantos aficionados descontentos; sino viudas, huérfanos, madres que sobreviven a sus hijos…

Las similitudes con el fútbol no acaban aquí. Si hay futbolistas expertos en fingir faltas para engañar al árbitro, los conductores compran avisadores de radar. Y, por supuesto, si nos ponen una multa, la culpa siempre es de quien la policía o la dirección general. La culpa nunca es de quien rompe la ley.

Fotos | wjarrettc, Markus Dallarosa, Sin amigos