El comportamiento del conductor: cuando el shock emocional no es suficiente

Comportamiento del conductor

Uno de los comentarios más repetidos esta mañana, a consecuencia del terrible descarrilamiento del tren de Santiago de Compostela, tiene que ver con la solidaridad de las personas que desde anoche viven volcadas en Galicia por ayudar a sus semejantes ante una tragedia que, sin duda, nos ha dejado a todos tocados. El shock emocional nos empuja a la necesidad de hacer algo, y por eso las personas reaccionamos como reaccionamos; en ocasiones, incluso con una respuesta muy superior a la que habríamos tenido sin ese momento de emoción.

Explico todo esto para dar entrada a algo que entiendo necesario al hablar del comportamiento del conductor: la necesidad de una permanencia en su cambio de actitudes. Uno puede acudir a una charla de sensibilización vial y quedar muy tocado emocionalmente por lo que nos cuenta un testimonio. Uno puede ver en la tele un spot en el que una víctima de tráfico se abre ante nosotros y en ese momento nos sentimos totalmente identificados con él. Pero si ese sentimiento no lleva a un cambio permanente en nuestras actitudes respecto a la circulación…

Hay quien confunde ambos términos: profundidad del mazazo emocional versus permanencia del cambio actitudinal que se suscita. O que no se suscita, depende en buena medida del receptor del mensaje. Sin una voluntad de cambio, no hay cambio posible y el mensaje queda en la superficie. Volviendo al duro símil gallego: leemos en la red comentarios de personas de esas que los medios absurdamente llaman anónimas en los que se habla de cómo una sociedad puede olvidar sus problemas y unirse en momentos de dificultad.

Y de ahí ya hay quien infiere que es en momentos como estos donde uno cree que… Es fácil dejarse llevar por esa sensación. Y, hasta cierto punto, es comprensible, habida cuenta de la necesidad que tenemos de creer en determinadas cosas. Ojalá un hecho tan doloroso sirviera, al menos, para que la gente cambiara sus actitudes para siempre.

Comportamiento del conductor y actitud del conductor

De forma análoga, es fácil dejarse llevar por la idea de que una charla de concienciación puede hacer cambiar el comportamiento del conductor. De acuerdo, quizá puede cambiarlo durante un rato como comportamiento, pero difícilmente como actitud permanente. Existe algo que se llama hábito, y que es claramente responsable, dentro del comportamiento del conductor, de que un cambio puntual no se transforme fácilmente en una actitud proclive a la seguridad vial.

Aprendemos por repetición, de la repetición hacemos costumbre y finalmente esa costumbre la integramos como hábito. Y ese hábito es positivo o negativo, dependiendo de cuál sea el sustantivo que lo acompañe. Pero la integración hace que cambiarlo sea complicado. De hecho, un hábito sólo se pierde cuando a cambio se integra otro hábito. Yo fumaba como un carretero, así que me pasé a los chicles, pero se me caían los dientes, y ahora ya no me quedan casi uñas. Un hábito por otro.

Para integrar el hábito de la conducción segura y así desterrar los hábitos contrarios a la seguridad, no hay más remedio que, como mínimo:

  1. Tener voluntad de llevar a cabo el cambio.
  2. Tener una motivación para el cambio.
  3. Integrar el nuevo hábito con constancia.

Así, creer que por un mazazo emocional vamos a cambiar nuestros hábitos al volante supone pasar por alto algunos puntales del cambio de actitudes. Es necesario un trabajo mucho más exhaustivo. Por supuesto, las campañas de concienciación, las charlas sobre Seguridad Vial, las experiencias de los testimonios que con gran generosidad se ofrecen como ayuda, son pilares imprescindibles, y es necesario que lleguen, cada vez más, a la población. Pero esas campañas, charlas y testimonios no pueden estar solos. Sin un apoyo enmarcado en una estructura educativa global, con una vía dedicada a canalizar estos elementos de concienciación a través de los respectivos programas de formación de las personas, su esfuerzo puede quedar en un vano intento. Y sería una verdadera lástima.