Educación Vial: De tal palo, ¿tal astilla?

Educación Vial de padre a hijo

El pasado mes de junio, el catedrático de Seguridad Vial de la Universidad de Valencia y presidente de Fesvial, Luis Montoro, publicaba en la revista Travesía un artículo con un punto de partida que por sí sólo ya arranca un debate de lo más suculento. La tesis esgrimida podría resumirse en un castizo refrán: De tal palo, tal astilla.

Decía Montoro a modo de ejemplo:

En un estudio que realizamos en la Universidad de Valencia descubrimos que los jóvenes más multados tenían padres con un largo historial de infracciones de tráfico y esta negativa transmisión de valores era reconocida por ellos como uno de los motivos de sus comportamientos de riesgo y de falta de respeto de las normas.

Si esto es así, ¿debemos pensar que de un padre infractor saldrá un hijo infractor? ¿Debemos creer que la mella que deja un padre en su hijo es tan profunda que no hay posibilidad alguna de cambio?

Los niños hacen lo que ven hacer a sus mayores, tal y como muestra este vídeo. Para un niño, un adulto es el puente entre él y el resto del Mundo, de modo que adopta sus formas para relacionarse con el resto de las personas. Eso por sí mismo no es bueno ni malo. Simplemente forma parte de la socialización básica de la persona. En realidad, el problema social viene cuando el modelo adulto no se relaciona con el resto de la gente de una forma constructiva. Tanto da que hablemos de apedrear a un animal como de pelearnos con el resto de conductores, por citar un par de ejemplos de los que se ven en el vídeo. El niño que ve hacer eso tomará esas actitudes como referencia de lo que hay que hacer cuando uno está en el Mundo. En palabras de Montoro:

Hay graves contradicciones en la transmisión de valores y modelos desde que somos niños y que son el origen oculto de muchos siniestros de tráfico. En este contexto, se podría decir que una buena parte de la culpa de los accidentes de los niños y de los jóvenes la tienen, en gran medida, los adultos.

Claro. Es como el caso del médico que, con un cigarro en los labios, le ordena a su paciente que deje de fumar. A medida que educamos a nuestros hijos, caemos continuamente en tremendas contradicciones, aunque seguro que para todas ellas tenemos una excusa de lo más (auto)convincente.

Le decimos al crío que no cruce si el semáforo está en rojo, pero luego nosotros pasamos porque, total, no viene nadie. Reprimimos al niño por haberse peleado en el colegio, pero luego gritamos e insultamos al resto de la Humanidad cuando estamos al volante, y es que dejan conducir a cualquiera. Castigamos al chaval por habernos desobedecido descaradamente, pero luego montamos en cólera cuando nos multan, que sólo lo hacen para jodernos el día y para sacarnos la pasta.

La lista de contradicciones sería inacabable, pero el niño, que tiene todo el tiempo del Mundo y un disco duro acabado de formatear, va tomando buena nota de todas esas incoherencias. Ojo, que a él no le parecen incoherentes, sino absolutamente normales. Si lo hacen sus mayores, será que está bien. ¿O no?

Conversación entre padre e hijo, base de la Educación

Entonces, y vuelvo a la pregunta que da título a este post, ¿no hay nada que hacer con el hijo de un conductor que no respeta absolutamente nada? ¿Debemos condenar de forma casi genética a los hijos de sus hijos y que la maldición recaiga sobre su estirpe hasta la duodécima de sus generaciones, en plan maldición bíblica?

Hombre, quizá sea un poco excesivo. Reflexionando un poco, me remito a lo que veo cada día entre mi heterogéneo alumnado y sé que encuentro de todo.

Ahí está el alumno que viene con el cerebro sorbido por sus padres y sus amigos para que apruebe como sea, “y luego ya aprenderás”. Y yo siempre me pregunto cómo aprenderá, si el modelo que lo guía ya da por supuesto que la convivencia en la carretera se adquiere por ciencia infusa. Y luego llego a la conclusión de que he sido ingenuo, ya que este alumno no aspira a circular, sino simplemente a conducir, a menear un cacharro con ruedas por aquí y por allá, que es lo que ha visto que hacen los demás cuando se sientan al volante.

Pero también veo el caso contrario. También me viene el alumno que dice que su padre puede ir cantando misa en arameo y para atrás, que él quiere sentirse seguro cuando lleve su coche y que no se conforma con aprobar el examen de marras. Que, para él, su vida está por encima de todas las tonterías que le han contado. Que ahora que comienza a saber circular se ha especializado en abroncar a sus padres por no hacer un stop como es debido o por salir de las rotondas cortando el viento y los carriles a su paso.

Y escucho esas palabras y me cae una feliz lagrimita de esperanza, la verdad. ¡Qué monstruos he creado, que son capaces hasta de convertirse en repelentes niños vicentes para con sus mayores! Bromas aparte, es todo un lujo ver que un joven se rebela contra las majaderías que desde pequeño ha visto hacer a su alrededor. Y es todo un honor presenciar ese cambio de actitudes, contrario a la filosofía determinista que condena al hijo a hacer lo que su padre hace.

Aunque, como dice Montoro, “las sociedades y las personas conducen como viven, como son y como piensan, especialmente influidos por los valores aprendidos desde la infancia”, podemos tener la esperanza de que el conductor, sobre todo el conductor novel, siembre la semilla de la conducción segura. Mientras el atávico sistema compuesto por esos cazurros que aprobaron el examen “y luego aprendieron” no les frustren la vocación de ser seguros al volante…

Foto | Richard Masoner, chefranden

Vídeo | Children see, children do

En Travesía | La transmisión de modelos y valores negativos a niños y jóvenes

  • PAL

    Un post fantastico. 😉

    Poco antes del examen practico, discutia con una amiga. Ella se presentó por primera vez con unas 20 clases practicas, porque “como todo el mundo sabe”, con 20 hay suficiente.
    Yo me iba a presentar con mas de 40. Pues no le entraba en la cabeza que hubiera esperado tanto, cuando “podria haberme presentado hacia tiempo”. Yo le decia que sí, y que con suerte podria haber aprobado… pero que queria salir al mundo sabiendo conducir. Entonces fue cuando ella esgrimió el ya gastado argumento de que aprendes cuando ya tienes el carnet. Le repliqué que sí, que cuando tienes el carnet sigues aprendiendo, pero que no puedes salir de la autoescuela siendo un peligro publico.

    Por cierto, a veces la vida es justa: ella aprobó a la quinta y yo a la primera.

  • No es que la vida sea justa. Lo que ocurre es que muchas veces es lógica. 😉

  • Yo tuve un amigo que hacía todo igual que su padre porque sí, no sé si me dijo que porque si no su padre le llamaba la atención.

    Hacía cosas como ir a 180 por autovía e incluso por alguna nacional “porque así es mejor”.

    Si llegaba a la ciudad de noche, se tomaba la molestia de quitarse el cinturón y QUITAR las luces de cruce para dejar las de posición “porque en ciudad vas despacio y con las farolas ya ves”, aunque no se cortaba de ponerse a 120 en alguna avenida…

    O, por ejemplo, hacía los cruces en punto muerto. Me explico, si llegaba a un cruce en tercera y tenía que girar, frenaba, ponía punto muerto durante el giro, y una vez enfilada la nueva calle, metía segunda (o tercera nuevamente) y seguía la marcha.

    Todas estas cosas las hacía porque se las había visto hacer a su padre de toda la vida y él lo hacía así por no tener la mínima personalidad de tener sus propias ideas y su propia forma de conducir.