Diario de un conductor de furgonetas blancas™ (1)

Descargando la furgoneta

No llego. Me lo monte como me lo monte, no llego. Son las dos menos cuarto y allí cierran a las dos, y como les llegue a menos cinco me ponen cara de perro y no me dejan descargar. Y no puedo volver con lo que llevo en la caja. Pero es que no llego. Joder, si el tío aquel del Astra no se hubiera parado en el semáforo podría haber ganado unos minutos. Y si la tía aquella se hubiese espabilado al meterse en la rotonda no me habría tenido que comer el trailer cargado de tochos durante tres calles seguidas.

El caso es que no llego. Voy a ver si le pego un toque al cliente y consigo que me espere un momento… “¿Oiga? ¿Sí? Mire, que soy el transportista de Floripóndiez SL, que le llevo su pedido pero que… que me he encontrado con un accidente en la carretera y voy un poco justo y que llamaba para decirle si me podrían esperar, que voy enseguida. Sí, si ya lo sé, pero es que el tráfico está fatal hoy… ¿Sí? Venga, vale, gracias. Le meto caña y enseguida estoy ahí”.

Ha colado.

Y el agarrao de mi jefe, que es incapaz de comprarme un manos libres para la furgo. Como me paren, se me cae el poco pelo que me queda…

Conducción nocturna

He salido de casa esta mañana a las cinco y media. A las seis menos algo llegaba a la fábrica. He estado empaquetando las últimas cajas del pedido más gordo, que se ve que los de la noche no han tenido tiempo porque se les ha cascado una de las máquinas y no sé qué. Total, que al final he salido con casi un cuarto de hora de retraso, pero he hecho la primera ruta sin mayor problema, que a esas horas las calles no están puestas y puedes moverte por la ciudad como pez en el agua. De vez en cuando pasa una patrulla, aflojas un poco y luego a seguir, que la cosa no está como para hacer el tonto, que si llego tarde el jefe me monta la de Dios.

La segunda vuelta es la más… jodida. Es cuando salen los coches por todas partes. Se ve que a la gente se le pegan las sábanas y luego van como locos por ahí. No se dan cuenta que con un cacharro como el mío no se puede andar jugando, que como se pasen un milímetro les meto un viaje que se acuerdan de mi para toda su vida. Pero se ve que no aprenden, oye. Me pasan por aquí y por allá y encima se me quedan a un palmo del morro frenándome la marcha. Hay más de uno que tenía que dejar el coche en su casa, que parecen que no se den cuenta de que los hay que estamos trabajando.

Y luego viene la hora del bocata. Una cervecita y entonces me toca echarles un cable a los del almacén, que a veces parece que le piden permiso a un pie para mover el otro. No se dan cuenta de que si ellos no corren me toca correr a mí, así que me pongo allí a dar cuatro voces mientras voy cargando las cosas. El problema es que muchas veces que la burra ya está cargada aparece de pronto la niña de la oficina con un montón de albaranes de cosas que nadie sabía que tenían que salir. Y ahí sí que se monta el Cristo.

A correr tocan. Hago lo que sea. Lo mismo me meto en la línea de máquinas que me pongo a empaquetar que me lío a cargar las cosas tal y como caigan. Y el jefe, dando gritos para que todo salga a la voz de ya. Cuando eso pasa, que es casi cada día, me toca pisarle bien. La parte buena es que a esas horas apenas están cuatro desgraciados como yo por la calle, los representantes y alguna que otra abuela con el coche para ir a comprar, así que en un pispás estoy donde sea. A no ser que me pase como hoy, que me he encontrado a una panda de inútiles por el camino que no me dejaban meterme por ninguna parte. Es lo que pasa cuando se me echa encima la hora de la comida. Que la gente sale de todas partes y se meten por todo el medio.

Y a comer.

Carajillo

Y a la vuelta de la hora de la comida, más de lo mismo. Lo que pasa es que ahí ya voy un poco tocao, que se conoce que con el buche lleno y el carajillo y toda la historia cuesta más menearse. La parte buena es que a esas horas hago los clientes más fáciles. Tengo más kilómetros por delante, sí, pero luego son un par de sitios en los que hay que descargar. En cada uno de ellos me pego una buena paliza moviendo bultos arriba y abajo, pero bueno. Cada vez queda más cerca la hora de irse a casa.

Y vuelvo a la fábrica y ahí está el jefe, siempre dispuesto a darme una sorpresa. Hoy toca llevar unos muebles a su casa, que los de la tienda los han dejado en la fábrica porque la factura la pasa por la empresa para desgravársela luego. Total, que me toca cargar una mesa y un armario que le han traído y subírselo al chalet que tiene tres pueblos más allá, a la buhardilla que tiene habilitada como salón. Menudo home-cinema se gasta el tío, por cierto… Con lo que se ahorra con mi sueldo y el de los compañeros, vive como Dios.

Y vuelta otra vez. Subo a la oficina y recojo los albaranes de lo que tengo que hacer mañana. Son un montón. Cada día hago más y más clientes y las horas no dan para tanto, pero parece que nadie se da cuenta. Me voy al almacén y cargo todo lo que puedo para que quede lo menos posible pendiente de cargar por la mañana. Cuando antes pueda salir, mejor, que con la lista de clientes que llevo no sé cómo me lo voy a montar. Bueno, sí: volando de un lado al otro.

Y llego a casa. Me ducho, ceno algo, me quedo frito en el sofá y cuando me desvelo, me voy a la cama. Estoy reventado. Y mañana, más.

[Continuará]

Foto | satguru, comcinco, Paco Esteban