¿Denunciarías a un conductor que infringiera la ley?

Falta de distancia de seguridad, una infracción muy frecuente

Me ha llamado la atención una nota breve de esas que recoge la plataforma Ponle freno en su página web. En ella, un comunicante llamado Adolfo pedía algo así como la creación de un cuerpo policial de investigación de Tráfico que basaría su trabajo en las denuncias formuladas por los ciudadanos. “Sería por medio de un número de teléfono en donde todos los conductores daríamos solo la matrícula del conductor que consideremos hubiese cometido una infracción”, argumentaba el autor de la propuesta.

Y me dio por pensar en las implicaciones de algo que, por cierto, ya contempla nuestro marco legislativo. Y es que cualquier ciudadano puede denunciar ante las autoridades a otra persona por la comisión de una infracción de tráfico. De esta forma, ante la sociedad todos somos corresponsables del mantenimiento de la seguridad vial en nuestro país. Porque si vemos que alguien infringe las normas y no lo denunciamos, estamos dejando que siga haciéndolo y perjudicando a los demás. ¿O no?

Dejando de lado lo embarazoso de esta cuestión, al final lo que importa es si la gente sacaría, o no, partido a las posibilidades que le proporciona el sistema. Y de ahí, la pregunta que da título a este post: ¿Tú denunciarías a un conductor que infringiera la ley?

Examen

Veamos las cosas con una cierta perspectiva. Para empezar, la gran mayoría de los conductores españoles no tiene muy claro cómo se regula normativamente el tráfico. Hace unos meses dio los números el catedrático de Seguridad Vial Luis Montoro: Sólo un 3,5% de los conductores está en condiciones de superar eso que se denomina técnicamente “prueba de conocimientos teóricos para obtener el permiso de conducción” y que en la calle se conoce como el (temido) examen de teórica.

Ojo, que tampoco hace falta sacar demasiados datos numéricos. Con sólo echarle un vistazo a cómo está el patio, uno ya comprende que el conductor medio olvidó hace años cuestiones tan importantes como la prioridad de paso en las intersecciones, el uso de los indicadores de dirección o la normativa que regula a día de hoy el adelantamiento a ciertos vehículos como las bicicletas, por ejemplo.

Como me paso varias horas al día dando vueltas por la ciudad, en cada una de mis jornadas laborales tengo la oportunidad de ver decenas de muestras de esa subcultura del conductor que poco tiene que ver con leyes y mucho con el arte de arrimar el ascua a la sardina propia. Efectivamente, cada cual ve la vida dependiendo del color del cristal con que la mira. Y lo mejor llega cuando, en virtud de ese arte de la tergiversación de la legalidad vigente, un conductor pretende dar lecciones de circulación a otro.

Aquí la lista de anécdotas personales se me antoja infinita, pero puedo destacar aquel escándalo que me montó un día el conductor de un turismo después de que yo rebasara una línea continua en el desarrollo del adelantamiento a un ciclista por una carretera convencional. Puedo hablar también de aquella ocasión en la que un conductor frenético me abroncó porque mi alumno señalizó una parada con el intermitente correspondiente al lado en que realizaba la maniobra y no con las luces de emergencia. También estoy en disposición de contar cómo un conductor pretendía que yo me tragara su tesis según la cual un vehículo que sigue de frente en un cruce sin señalizar tiene prioridad respecto de uno que le viene por la derecha, sólo porque este último va a cambiar de dirección.

Conclusión de urgencia: Sin garantizar que los conductores tengan un conocimiento mínimo de la normativa que rige en cada situación, ¿cómo le vamos a pedir a nadie que esté al tanto de lo que hacen los demás y los denuncie si lo considera necesario?

Vigilancia entre ciudadanos

Por otro lado, la simple idea de imaginar a una persona denunciando a otra me retrotrae a turbias escenas extraídas de ese pasado que desgraciadamente vivieron y sufrieron nuestros abuelos: “Pepito me ha perjudicado en una partida de mus, por lo tanto lo denuncio y que se fastidie”. Y ya tenemos la puerta abierta a la caza de brujas.

Es evidente que para que una denuncia prospere debe acompañarse de una prueba. Sin embargo, como el nuestro no es un sistema perfecto, me dan mareos sólo de pensar que una extraña conjunción astral de esas que a veces suceden le acarreara una serie de inmerecidos problemas y molestias a un ciudadano más o menos inocente. Y conste que el umbral de lo que yo considero “problema” arranca en el momento en que la Policía requiere a ese ciudadano para una “comprobación rutinaria”. Porque si uno no ha hecho nada, no tiene por qué ver alterada su vida ni siquiera en el menor de los detalles.

Y nada, que estas cuestiones le hacen plantearse a uno si es serio que un conductor que posee según qué bagaje cultural pueda erigirse en vigilante de los demás. Y, además, teniendo en cuenta que la erótica del poder cambia al más pintado, me pregunto si cualquier hijo de vecino con ínfulas de ser superior al resto de sus semejantes puede resultar ser el mejor guardián de la carretera.

Vía | Ponle freno

Foto | Josep Camós