Democracia

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La teoría parece sencilla. Como agregación de personas condenadas a compartir demarcación geográfica, la sociedad elige unos cuantos representantes, de entre los más cualificados, que se encargarán de estudiar las normas por las que se rige nuestra convivencia. En teoría, las leyes que nos conviene más a todos, que para algo los ponemos para que nos representen.

Vale, ahora todos los que miramos los telediarios día a día, estamos rodando por el suelo sufriendo un ataque de risa. Pero se supone que es así. Si hay una ley, en principio es por nuestro bien común. Y las de Seguridad vial no son una excepción.

A mi, personalmente, argumentar las cosas diciendo cosas por el estilo «la ley es así, y hay que cumplirla» no me gusta. Dudo que haya utilizado este recurso en los poco menos de diez meses que llevo dando la lata por aquí.

Aunque debo admitir que, como argumento, es bastante contundente tomando en cuenta el principio democrático que comentábamos. Si hemos elegido bien, la gente que nos dirige es la más preparada para determinar la forma más segura, para todos, de circular. Y, por lo tanto, las personas de bien cumplimos la ley por principio. A sabiendas de que lo hacemos por el bien común.

Pero, precisamente por eso, si hemos elegido bien, las leyes se aprueban por un motivo. Es decir, en estas condiciones (¿ideales?), detrás de cada precepto legal hay un principio perfectamente lógico que lo justifica. Esa justificación es, en sí, es el mejor argumento. Debería ser suficiente motivo para actuar de forma correcta, hasta el punto que en un mundo perfecto, donde todo el mundo actuara de per se de la mejor forma posible, ni siquiera haría falta gobierno.

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Ahora llega cuando comparamos la teoría con la realidad. Con lo bien que sonaba, ¿verdad? Hablando sólo de seguridad vial, que es la materia que nos ocupa (y porque repasar la situación política actual al completo me acercaría peligrosamente a la adicción al prozac).

Tampoco quiero entrar en la nueva ley de Seguridad vial, que Josep ya se encarga de perder pelo por ella. Sobre el asunto, sólo preguntarme si una ley que no gusta ni a los profesionales del sector, ni a la mayoría de los conductores, realmente se puede considerar bien común.

Lo que quiero analizar es el cumplimiento de las leyes que ya están vigentes, desde hace muchos años, y que todos conocemos. Esas que están ahí desde que nuestros representantes decidieron que eran las más adecuadas para ayudarnos a circular con seguridad, orden y sentido. ¿Las cumplimos?

Pues hombre, más o menos. Hay algunos preceptos que se cumplen de forma mayoritaria. Por ejemplo, aparentemente cada vez nos ponemos más el cinturón de seguridad.

Pero hay otros apartados de la ley que, de tener sentimientos, llevarían décadas de baja por depresión. Seguramente, el ejemplo paradigmático es la velocidad. ¿O es que alguno de vosotros consigue ir 50km/h por una gran avenida sin sentirse como Rambo, acosado?

Pero, en realidad, los ejemplos son interminables. Uso de intermitentes, elección de carril en carretera, zonas de parada y estacionamiento… En fin, probablemente la existencia de un blog como éste es el mayor indicativo de que la circulación, en general, no es como debiera ser.

Es decir, hay una serie de leyes conocida, que como sociedad elegimos no cumplir. Esto a mi me rompe los esquemas. Como decíamos al principio, se supone que toda norma tiene su lógica. Y podemos buscarla fácilmente, son razonamientos bastante sólidos, en su mayoría.

Además, dichas leyes no están vigentes por capricho, ni por que hayan tocado en un sorteo. Las eligieron nuestros representantes, designados por nosotros mismos, gracias a su supuesta capacidad para decidir lo mejor para el bien común.

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¿Qué falla? Si no confiamos en los representantes, en las siguientes elecciones deberíamos elegir otros más capaces que establezcan las leyes que todos vamos a seguir. Y, entonces sí, las seguimos.

Sin embargo, quizá con la excepción de las figuras máximas de velocidad, me cuesta mucho imaginar que el grueso de conductores realmente quiera cambiar de forma substancial las leyes de tráfico. Yo, personalmente, no he visto ningún foro de Internet donde se reclame que empecemos a circular por la izquierda (o por el centro), que se supriman los intermitentes o que se pueda aparcar en los vados, por poner sólo tres de los muchos ejemplos.

Es decir, en su amplia esencia, tengo la impresión que todos más o menos llegaríamos a la conclusión que las leyes actuales son más o menos las correctas por el bien común. Todos estaríamos de acuerdo que es mejor circular dejando la izquierda libre para quien nos quiera adelantar sin problemas, que es adecuado señalizar nuestras maniobras para no sorprender a los demás, o que es conveniente no impedir la entrada y salida de coches de los aparcamientos.

Quizá, y sólo quizá… lo que ocurre es que al conducir no estamos pensando en el bien común. Sí, las leyes son para el bien común, pero si considero que mi bien personal está por encima, no las cumpliré. En mi opinión, esto carece de toda lógica. Sobre todo en Seguridad vial, porque a veces mi bien personal depende de la actuación de otras personas, que para mi es mejor que piensen en el bien común, ¿verdad?

Por último, me gustaría hacer una reflexión. ¿Por qué es diferente la ley de tráfico al resto de personas en cuanto a su vigilancia? Quiero decir, todos más o menos somos conscientes del resto de leyes. Sabemos que si robamos un banco, lo más seguro es que la policía nos intente llevar a la cárcel.

Y supongo que en su mente criminal, el caco de turno tenía la intención de salir impune. Así que si le pillan, le fastidia. Pero no le extraña que le persigan. ¿Por qué nos extraña tanto que persigan las infracciones de tráfico? Según la definición de la palabra, un delito es quebrantar la ley… Incluso la de seguridad vial.

Fotos | jorgemejia, Mossaiq, Brocco Lee

  • Quizá tiene mucho que ver el hecho de que la persona que maneja un vehículo se puede creer, en un momento dado, con patente de corso para gestionar como le venga en gana el derecho a la conducción que le reconoce esa concesión administrativa que se denomina PERMISO de conducir.

    Siempre que hablo en clase sobre la documentación (un capítulo plúmbeo do los haya) comienzo con esta idea: No conducimos porque hayamos conseguido un carné, que esto no es una biblioteca, sino porque la Administración nos está dando permiso para hacerlo. Es decir, la Administración nos concede un permiso después de revisar que hemos recibido una cierta formación. Y por lo tanto, en cualquier momento nos puede revocar el permiso que nos ha concedido.

    Eso no siempre lo tiene en cuenta el conductor.

    También contribuye al problema que denuncia este post, y contribuye en buena medida, el hecho de que nuestra sociedad está enferma de individualismo. Siempre digo que vivimos en el país de L’Oréal, donde las cosas las hago yo como me sale a de la chistera “porque yo lo valgo”. Y es en ese convencimiento que elijo hacer las cosas como me parece a que van a resultar más convenientes para mí. Es decir, puedo llegar a ser el más severo de los jueces para con los demás, pero conmigo siempre hago excepciones, que no en vano yo controlo perfectamente lo que estoy haciendo.

    Y dentro de este mismo discurso viene a continuación el mensaje-excusa de que las leyes no están bien puestas, porque si lo estuvieran se adaptarían a mi superexcelencia como conductor. Es decir, egoísmo y autocomplacencia ligados a la idea de que conducir no es tan complicado, que te metes en el coche y te lleva adonde le digas que vaya y ya está.

    Claro, el problema de fondo es que a veces nos olvidamos de la diferencia entre conducir y circular. Y entre ambas acciones media un abismo…

    Para quien se haya perdido, “conducir” es llevar un vehículo desde A hasta B. “Circular” es tener presente que entre A y B hay más gente aparte de mí, y que por tanto entre todos tenemos que llegar a un acuerdo de convivencia… y respetarlo.

  • Quizá, Josep, quizá.

    Cuida de tu pelo 😀