Dando ejemplo

Vehículo policial

La verdad es que he estado dudando si escribir este artículo o no. En primer lugar, porque meterse con la autoridad en público a veces no es buena idea, pero por suerte contamos con libertad de prensa y de expresión.

Por otro lado, soy de los (¿pocos?) que piensa que el trabajo de los cuerpos de seguridad es importante y respetable. Aunque a menudo el trato con ellos no sea de lo más agradable, buena parte de nuestro estado del bienestar se lo debemos a ello.

En último lugar, no es de recibo convertir un blog de seguridad vial en una especie de buzón de denuncias personales. No es nuestro estilo. Pero, por una vez, me voy a dar el gustazo; además una de las anécdotas que contaré realmente la actuación policial fue criticable desde el punto de vista de la seguridad vial.

La primera anécdota acaeció hace unos meses, durante las últimas elecciones al Parlament. Resulta que alguna mano inocente, probablemente electrónica, eligió mi nombre para ser presidente de una mesa electoral. Dos policías montados a caballo Por cierto, dicho sea de paso, la notificación me la trajo precisamente un municipal; al ver que un munipa tocaba el timbre y preguntaba por mi casi me da un patatús, ¿es que no quedan funcionarios de correos? En fin.

Al final de la jornada electoral, tras cuadras las cuentas voto arriba voto abajo, los vocales de la mesa se pueden retirar a sus domicilios, pero al presidente le queda un marrón cometido más: llevar los sobres con las actas al juzgado de guardia.

Como medida de gracia, la junta electoral tiene a bien pedir a la policía autonómica que envíe efectivos a los diferentes colegios electorales para acompañar a los presidentes a los juzgados a semejantes horas de la noche. El mosso que se ocuparía de nosotros apareció vestido de paisano, mostrando la placa en una carterita de piel, como en las películas.

Cuando el otro presidente del colegio electoral hubo terminado de preparar los sobres, el buen hombre nos acompaño hasta donde había dejado su coche. Seguramente era personal, por lo menos no se apreciaba ningún distintivo policial ni dentro ni fuera del mismo.

Para mi sorpresa, el vehículo estaba aparcado justo en la esquina de en frente, un poco subido en la acera. Pero no aquello que dejas las dos ruedas de un lado sobre el bordillo para estorbar menos el tráfico, no. Los cuatro neumáticos estaban en el espacio destinado a los peatones. El coche estaba bien centradito en una acera de unos cinco metros de ancho. Para más inri, dificultaba el acceso a dos pasos de cebra diferentes.

No suelo ser un bocazas, pero no me pude resistir. Pregunté al mosso acerca de cómo llevaría a cabo su obligación si fuera un ciudadano quien hubiera depositado su vehículo de tal guisa. El buen hombre no daba crédito. Intentó esbozar una excusa razonable del estilo «si esto lo hago por vosotros, ¿no ves que no hay otro sitio? ¿Donde quieres que aparque?».

Repito, no suelo ser un bocazas, pero no me pude resistir. Añadí algo por el estilo «sólo digo que si un ciudadano le diera exactamente esa respuesta, usted seguiría viéndose obligado a cumplir con su cometido». No hubo respuesta. Por lo menos, no de forma oral. Si alguna ocasión en toda la historia de la humanidad unos ojos han estado a punto de salirse realmente de sus órbitas, ese fue el día.

Coche patrulla mal aparcado

La segunda anécdota que quiero compartir ocurrió hace algunos meses (¿incluso años? difícil de decir) en una pequeña ciudad del interior, cuyo centro histórico estaba algo saturado debido a que se celebraba el típico mercadillo medieval donde uno encuentra paraditas de lo más variopinto.

Debido a la congestión, quedé poco menos que atrapado en un semáforo. Y conmigo, justo por delante, un vehículo patrulla. En cada ciclo verde conseguían pasar a penas dos vehículos. Lo cual, coincidiréis, es de lo más frustrante.

En cierto momento, alguien dijo basta. Uno de los policías del coche patrulla se bajó y se puso en medio de la intersección. Dio el alto a los vehículos que circulaban por la vía transversal e hizo pasar a los cinco o seis coches que había por delante del coche patrulla.

Yo, como buen gregario, si el coche de delante se mueve, le sigo sin más. Eso sí, respetando la distancia de seguridad. Para mi sorpresa, fue pasar el coche patrulla y el policía que dirigía el tráfico hizo la señal para que los que venína por mi calle se detuvieran allí donde estuvieran. Se subió al vehículo y se fue, dejando todo el percal tal cual, valga la rima.

Yo había quedado en bastante mala situación. Ya había sobrepasado el semáforo, que estaba unos docena metros antes del borde de la intersección. Y lo había hecho con todas las de la ley, ya que la señal del agente permitía el paso de los vehículos que accedían a la intersección por aquella calle. Y, por supuesto, la señal de un agente siempre tiene prioridad sobre la luz roja del semáforo.

Los semáforos, inteligentes ellos (o quien los programó, mejor dicho), siempre dejan un cierto margen de tiempo entre que cortan el paso los vehículos de una vía y lo abren a los de otra. Es cuestión de sentido común, lógica pura y seguridad. Durante este tiempo, los conductores pueden recorrer esos metros hasta la intersección, y franquearla tranquilamente, sin temor a ser embestido.

Sin embargo, el policía me dejó allí en medio, tirado. Dio paso a los vehículos de la vía transversal inmediatamente, así que yo me quedé atrapado en una situación de lo más difícil, sin poder pasar ni ver el semáforo que había quedado tras de mi. Realmente me sentí puesto en peligro por la autoridad, cuyo único interés en aquella situación fue salir del embudo lo antes posible, y no la seguridad de la comunidad.

Huelga decir que los casos reflejados en este artículo son meras excepciones puntuales. La gran mayoría de los agentes siempre cumplen con su cometido de la forma más adecuada posible, y hacen un uso responsable de sus atribuciones legales. Incluso estoy seguro que los mismos agentes protagonistas de estas anécdotas suelen comportarse de forma responsable, un mal día lo tiene cualquiera. Porque, al fin y al cabo, están a nuestro servicio, ¿verdad?

Fotos | Alvaro_qc, f10n4, aparcasmal

  • A mi me pasa que tiendo a idealizar la figura de los representantes de la ley, asi como de otro tipo de funcionarios, y siempre pienso que su trabajo esta muy por encima de su condición de persona que, como todos, tiene sus problemas, sus envidias, su orgullo… En fin, luego escuchas historias como las tuyas o te encuentras con amigos que ahora son munipas o ,en mi caso, ertzainas y acabas pensando en que por favor no te pare uno de ellos en uno de sus malos días.

    Historias para no dormir.

    Si que es verdad que han de ser los menos.

  • vturiserra

    Un día mi hermana había quedado con un grupo de personas. Le pilló un atasco causado por la visita del presidente del Gobierno. Cuando hacía más de cinco minutos que el coche no se movía, llamó por el móvil para decir que llegaría tarde por el atasco. En eso que se presenta un guardia civil y le pregunta qué está haciendo. Ella se lo explica, y el la multa por hablar por el móvil “conduciendo”, mientras el compañero del guardia civil ponía cara de pensar “Sí, ya sé que mi compañero es gilipollas, pero no puedo hacer nada, lo siento.”

  • Papapete

    …”y es que vivimos atrapados en azul”…

    …”ellos me defienden de ti,¿de ellos quien me va a defender?”

  • ctwp

    “En primer lugar, porque meterse con la autoridad en público a veces no es buena idea, pero por suerte contamos con libertad de prensa y de expresión.”

    No es meterse con la autoridad y si con x personas que tienen la potestad de ejercerla y no lo hacen bien.

    “Por otro lado, soy de los (¿pocos?) que piensa que el trabajo de los cuerpos de seguridad es importante y respetable.”

    Y lo es, pero la mala profesionalidad y el patente de corso que se han dado, no se puede escudar en lo necesario e importante de su función

    “No suelo ser un bocazas, pero no me pude resistir”.
    Decirle a un funcionario de policía una evidencia como esa, es casi un deber moral.
    Durante muchos años recriminar los actos de la administración y sus funcionarios del “orden público” era peligroso. Cuesta cambiar el xip.

    “Aunque a menudo el trato con ellos no sea de lo más agradable, buena parte de nuestro estado del bienestar se lo debemos a ello.”

    El estado del bienestar es un tema más bien legislativo. La policía se debe al ciudadano y tiene que tener un trato en principio respetuoso y educado.