Cuando tu vecino se pone violento

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Para cualquier conductor no es difícil recordar una situación en la que haya tenido un “enganchón” con otro usuario de la vía. Más allá de quién tiene la culpa, los bocinazos, la ráfaga de luces, el frenazo sin motivo para asustar o acelerones para no dejarte hueco están a la orden del día. Hay conductores que cuando se ponen tras un volante sufren una transformación similar a doctor Jekyll y míster Hyde.

Aunque no seamos psicólogos, a la hora de ponernos al volante podemos llegar a descubrir a algunos de esos conductores agresivos. Aquellos que conviene que evitemos por lo que pueda pasar. Un golpe tonto no es plato de buen gusto para nadie, pero mucho menos lo es en la carretera.

A un conductor agresivo lo descubrimos con alguna de sus acciones. No mantiene la distancia de seguridad, adelanta con cambios continuos de carril que ponen en riesgo al resto de conductores, circula con exceso de velocidad y es de aquellos que piensan que el naranja e incluso el rojo están más cerca del verde de lo que deberían.

Además y para colmo de males, sufren hiperactividad al volante y a las maniobras anteriormente indicadas se le unen distracciones tales como fumar o hablar por teléfono. Vamos la mezcla perfecta para cruzarse con ellas en la carretera.

Si todo lo anterior no es suficiente, cruzarse en su camino suele ser un atrevimiento. Gesticular, las miradas agresivas o circular pegados a nuestra trasera suelen ser sus maniobras de intimidación. En estos casos lo mejor que podemos hacer es apartarnos de su camino y guardar nuestro orgullo para situaciones que realmente lo necesiten.

¿Y qué podemos hacer para no convertirnos en uno de ellos?. Nos tenemos que tomar la conducción como lo que es, un medio. De nada sirve que nos pongamos nerviosos al volante. Nuestro objetivo siempre será llegar a nuestro destino sanos y salvos por lo que la calma es la mejor recomendación.

Para ello nada mejor que evitar las prisas, planificar nuestros viajes y recorridos, concentrarnos en lo que estamos haciendo y sobre todo tratar de guardar en una caja imaginaria todo aquello que nos puede distraer. Ya tendremos tiempo para “comernos” la cabeza.