Cuando la Seguridad Vial entró en el aula

Formación Vial

Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Ya hacía tiempo que la Seguridad Vial, con las mayúsculas propias de una materia digna de estudio, se había abierto paso entre las intranquilidades de los ciudadanos. Tanto las instituciones como parte de la población, con los medios de comunicación a la cabeza, se habían hecho eco del problema viario. Y la solución pasaba por la educación.

Una educación que debía realizarse a muchos niveles: en el hogar, en los medios, en las aulas… En las aulas. Aquel día el Fiscal de Seguridad Vial que había por entonces, Bartolomé Vargas, habló de incluir la Seguridad Vial como contenido obligatorio en una ley de nombre enrevesado con la que se pretendía, como había ocurrido con tantas otras leyes y reformas, mejorar la educación.

Recuerdo que ni el mismo Fiscal tenía muy claro de qué manera debía entrar la Seguridad Vial en las aulas. Tampoco lo sabía en la DGT María Seguí, por entonces directora general de Tráfico. Corría el verano de 2013 y aunque la petición había sido formulada en numerosas ocasiones, todo seguía en ese mismo nivel: petición. Reivindicación, todo lo más.

Se habló, como siempre, de lo atestados que estaban los horarios lectivos, de las muchas cosas que debían aprender los alumnos para hacerse personas de provecho y el poco hueco que, en consecuencia, quedaría para la Seguridad Vial. Tampoco estaba claro, decían, que la Seguridad Vial diera de sí para una asignatura completa.

Recuerdo que al leer las palabras de unos y otros me entristecí. Que no había tiempo, que para encajar la Seguridad Vial habría que recortar de otros lugares, que quizá la Seguridad Vial no daba para un temario…

Juego y formación

Seguridad Vial, materia vital

En aquel ya lejano verano de 2013 yo estaba convencido de que si había una materia que valiera por sí sola una asignatura, esa era la Seguridad Vial. Sí, porque en aquella época se enseñaba a los niños a resolver problemas que nunca en la vida encontrarían o a memorizar sucesos que quizá nunca representarían nada para ellos. Se les hacía repetir una y otra vez unos contenidos con el afán de que pudieran labrarse un porvenir

Y luego, a los 15 años les llegaba la hora de morir en el asfalto.

En algunas aulas de formación para la conducción, los menos aprendían a toda prisa valores necesarios para la convivencia y de paso factores de riesgo propios de la conducción. Pero aquello era un parche; un parche, sin embargo, necesario, porque en la formación reglada interesaba más hallar una raíz cuadrada o reconocer los rasgos esenciales de los amonites del Mesozoico que aprender claves para no morir de forma absurda.

Se decía que la materia no daba para todo un curso, como ignorando una cuestión básica en Pedagogía, que era –y es– la adquisición de hábitos. Se pretendía que la Seguridad Vial quedase relegada a sesiones especiales, programadas de vez en cuando en las escuelas como un día en el que aprender lo que a algunos les lleva toda una vida aprender… o apenas un último segundo: que en la carretera la Seguridad Vial es una materia vital.

Han pasado años desde aquel verano de 2013, y aunque hoy por hoy la Seguridad Vial es una materia más en los colegios, no puedo evitar pensar en todas las vidas que se habrían salvado si la Formación vial hubiera entrado antes en las aulas y lo hubiera hecho por la puerta grande, como grande es la preocupación que hoy en día merece la materia en nuestra sociedad.