Como sexo en el instituto

Alumnos de instituto

Hace mucho tiempo escuché un impactante razonamiento, que por algún motivo esta mañana me ha venido a la mente. No sé exactamente donde lo oí. Sería en alguna película, en algún documental… o quizá lo leí en Internet. La verdad es que me gustaría recordarlo, pero eso ahora da igual.

Sin duda, el instituto coincide con una etapa de lo más estrambóticamente vital en nuestro proceso de desarrollo como seres humanos, la adolescencia. Donde, sobre todo ahora que vivimos en una sociedad bastante más liberada (aunque no libre de paradójicas contradicciones), entre muchas otras cosas, representa el despertar a un nuevo de tipo de relaciones interpersonales. Abrimos lentamente nuestros ojos a un nuevo mundo de… posibilidades.

Pero, como siempre ha pasado desde que el mundo es mundo, los despertares nunca son completamente lúcidos, aún nos debatimos entre el mundo onírico y el ansia por convertir en realidad esas… posibilidades. Dejémoslo así, que andamos por territorio escabroso… Volvamos al razonamiento que me impactó hace años y hoy ha vuelto a mi mente.

Decía tal que así: «La muerte es como el sexo en el instituto. Uno nunca sabe cuantas veces ha tenido la ocasión de hacerlo. Y, lo que es peor, no somos conscientes de que esas oportunidades no se materializaron por un detalle en el último minuto».

Si uno echa la vista atrás, y mira con otros ojos los años de los diecibastantes, se da cuenta que la segunda parte de la frase da en el clavo. No es muy difícil invocar recuerdos que, bajo esta nueva lupa, pueden ser descritos con un “si hubiera sabido jugar mis cartas, no se me escapaba…”. Aunque por aquél entonces quizá ni siquiera sabíamos que existían cartas que jugar.

Placa de un instituto americano
Lo inquietante de la cita es la comparación entre la muerte y despertar interpersonal. No sé vosotros, pero yo esta mañana al recordarla no he podido evitar repasar mentalmente aquellas ocasiones en que, si algo hubiera ido un poquito peor, podrían haber acabado en tragedia.

La clave de esto está en la clausula un poquito peor. Es fácil imaginar situaciones que podrían haberse convertido en fatales si algo hubiera ido un muchito peor. Por ejemplo, podría haber muerto a los pocos días de nacer si la bombona de butano de mi casa hubiera explotado cuando mi madre volvía a casa tras pasar el postparto en la maternidad.

Pero no, no se trata de eso. El paso de explotar o no explotar una bombona de butano es un gran cambio, no un detalle en el último minuto, eso no nos vale. Tiene que ser algo más sutil. No importa que el cambio sea muy improbable, basta con que sea pequeño.

Entonces, me di cuenta una cosa. El tráfico abierto es terreno abonado para este tipo de situaciones. Por poner uno de los infinitos ejemplos posibles, llegar a un cruce cuatro segundos antes o después es un cambio pequeño; pero sin duda puede ser la diferencia entre encontrarse con otro vehículo en la intersección, o tener vía libre porque ya ha pasado.

Por supuesto, las diferentes legislaciones que regulan el tráfico ya advierten que el encuentro de dos vehículos en una intersección presenta un conflicto. Teniendo lo en cuenta, hay preceptos y señalizaciones que todos conocemos, diseñados para permitir discernir de forma automática y segura el orden de paso.

Pero la diferencia entre que un conductor concreto cumpla o no cumpla dichos preceptos es, de nuevo, un detalle del último minuto. Y, lo peor, un detalle que a menudo no depende de nosotros. Porque, como en el caso del sexo en el instituto, la seguridad vial es cosa de todos los que intervienen en el acto.

Foto | Infomatique (I) y (II)

  • escargot

    Qué cosas… eso de haber pasado un segundo antes yo también lo pienso mucho. Será porque me puedo acordar de situaciones concretas en las que sé que actué como tenía que actuar pero, si hubiera sido pasando por ahí unos segundos más tarde, no me habría servido de nada.

    Ejemplo: pasas por un cruce y ves que se acerca otro coche, por lo que sea te hueles que se va a saltar el stop… yo ya venía a 80 por ahí cuando no tenía señal de 80 y me imaginé lo que iba a hacer el otro. Si hubiera pasado unos segundos más tarde no me habría servido de nada llegar ya más despacio por si acaso ni frenar.

    Pero no todo depende de otros, ni de la casualidad… nosotros también podemos hacer algo. Precisamente ayer, justo antes de coger el coche, me puse a revisar la presión de los neumáticos y pensaba: “igual si no hiciera esto hoy me mataría, quién sabe, pero yo por lo menos nunca lo voy a saber”.