
Hace tiempo leímos a Jaume contándonos lo que es estar en el meollo de la ciudad, y lo que hay que aguantar en él. Sin duda son situaciones estresantes, exigentes psicológicamente y sobre todo, muy incómodas desde cualquier punto de vista. Siendo novel, las cosas se ven también así, pero si queréis un poco amplificadas: literalmente a mí no me gustaba nada conducir en ciudad, y reconozco que aún hoy lo evito si tengo oportunidad. ¿Miedo? No. Simplemente, si tengo que hacerlo lo hago sin ningún problema, pero solo como medio de llegar a un lugar cómodo y dejar el coche estacionado. Por ejemplo, un parking.
Llamadme cómodo, o inexperto, pero creo que en muchas ocasiones el hecho de conducir a diario y de manera intensiva por ciudad trae más quebraderos de cabeza que otra cosa. Es cierto que existen muchos casos en los que es inevitable, pero también hay otros casos en los que podemos optar por alternativas y no lo hacemos. Hay horarios a los que adaptarse si nos quedamos con el transporte público, hay que caminar (deporte sano como ningún otro), hace calor o frío. Hoy os quiero aburrir con lo que ha cambiado el panorama desde mi punto de vista tras un año como conductor, y claro, novel.











